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Paco Bonilla, el veterano churrero de la barriada de La Plata, se despide por jubilación del puesto que ha regentado los últimos 54 años de su vida.

Otro domingo más, Paco Bonilla abría su puesto de churros a las 7 de la mañana. Un buen rato antes, sobre las 5, ya se había levantado para preparar nada menos que 30 kilos de masa. Un madrugón, uno más, como el de todos los domingos que precedieron al de este 20 de diciembre desde hace 54 años. El que viene, el famoso churrero de La Plata podrá seguir calentando un rato más la cama. A punto de cumplir los 68 años, un par de achuchones en los últimos tiempos le han obligado a cerrar de manera definitiva su negocio. Y muy a su pesar. Si por él hubiera sido, habría aguantado un poco más. Pero lo primero es lo primero. “Ya no tengo fuerzas”. Nadie, además, seguirá los pasos de Paco. A pesar de que algunos mostraron su interés por hacerse con el negocio, desde Urbanismo le han informado que el puesto será derribado una vez que desmonte su maquinaria.

Para comer churros y patatas, en La Plata”. El boca a boca y el buen hacer de los Bonilla hizo famoso en todo Jerez este veterano puesto desde que hace casi 70 años lo abrieran Francisco y Juana, los padres de Paco. Aquí nacieron también las más conocidas patatas fritas de Jerez, cuando el puesto aún era de madera, aunque luego sería otro hijo del matrimonio, Juan, el que se haría cargo de ese negocio desde la Hijuela de las Coles. Pero esa es otra historia que aún sigue para adelante de la mano de otros propietarios. La cuestión es que en la mañana de este domingo, el boca a boca había vuelto a traer nuevas noticias: “Paco el de los churros se jubila”.

Y ahí que estaban Paco y su mujer Mari Carmen, esa a la que se cameló con 13 años cuando a la hora del recreo le llevaba un cartuchito de papas, recibiendo elogios, agradecimientos y felicitaciones de todos los vecinos que por allí pasaban para comprar. “Tengo 44 años, aquí venía con mi padre y aquí sigo comprando los churros porque mi hijo me dice que no se come otros que no sean los de aquí”, nos dice una vecina que con sus palabras le pone “los pelos de punta” a Paco. Otro vecino, cámara en mano tras enterarse de la noticia, no quiere dejar pasar la oportunidad de retratar al matrimonio en su última jornada de trabajo. “Paco, jubilación viene de júbilo, de alegría, así que hoy no es un día triste”, le dice.

Pero como es lógico, las lágrimas se le saltan al veterano churrero. “Aquí he atendido a cuatro generaciones y lo mejor que me llevo es el cariño y el respeto que nos han dado. Los vamos a echar de menos”, señala Paco mientras rellena con la última masa del día –y de su vida- la máquina de churros. “Fue la primera que se hizo en Jerez. Me la fabricó Manolín Robles, familia de Nano de Jerez, y me la montó cantando una soleá”.

Una máquina de churros flamenca para un churrero con duende. Porque el arte siempre ha corrido por las venas de Paco. El arte “y el amor y el cariño que le ha puesto a su trabajo”, apunta su mujer cuando le preguntamos por qué han gustado tanto sus churros en Jerez. “Y porque le pongo mucho compás por bulerías”, añade su marido marcándose un bailecito. Será por eso que buscando su inigualable sabor han pasado por aquí a lo largo de los años lo más granado de la vida social, artística y cultural de Jerez. Y porque la noticia de la jubilación de Paco empieza a extenderse, llega para despedirse una leyenda viva del flamenco, Manuel Morao. “En cuanto me lo ha dicho 'El Guapo' me he venido para acá, porque ya no te voy a ver”, señala el artista. “Ya nos veremos por la calle, Manué”, le espeta Mari Carmen.

A las once y cincuenta minutos de la mañana, los churros con arte, como les llama Paco, están ya despachados. El último cliente de la historia del puesto de La Plata se llama Juan Pedro Orellana. Eso sí, al último churro me convida el propio Paco. Feliz jubilación.

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