Seis horas con un lazo morado en la Feria del Caballo

Detalle de una joven con un brazalete morado en el parque junto al Real de la Feria del Caballo. FOTO: MANU GARCÍA.
Detalle de una joven con un brazalete morado en el parque junto al Real de la Feria del Caballo. FOTO: MANU GARCÍA.

Son casi las nueve de la noche. Me dirijo al parque donde todos los jóvenes beben fino con 7 Up, ese que ya no es La Rosaleda y que tan solo tiene una entrada al Real de la Feria. Llevo una blusa negra, unos vaqueros y unas zapatillas blancas. En el bolso: el móvil, pañuelos de papel, varios pintalabios, las llaves del coche, un monedero con forma de manzana donde solo llevo unas monedas y el carné de conducir, y un brazalete morado que conseguí el primer día de Feria en la caseta La Morá, de Podemos. Parece que es temprano para empezar con el 'lote' y encuentro fácilmente a mis amigos. Y después de saludarlos, le digo a una del grupo que me coloque el lazo en el brazo. "¿Esto para qué es?", me pregunta. "Sororidad", es la primera palabra que me sale.

Las fiestas populares que implican conglomeraciones son zonas donde hay que estar alerta. Después de casos como 'La Manada', donde cinco hombres violaron a una mujer en los Sanfermines de 2016, o el más reciente que adelantó lavozdelsur.es en exclusiva, la denuncia de una joven de Zahara de los Atunes ante la Guardia Civil de haber sido violada por dos hombres en la pasada Feria de Vejer, los colectivos feministas se han movilizado más que nunca —fruto también de la histórica huelga feminista del 8M de este año— para reivindicar una Feria del Caballo libre de agresiones y abusos sexuales, a través de la campaña, No es No, organizada por La Faraona, Marea Violeta Jerez y Jerelesgay.

"Esto es para que nos sintamos seguras aquí, en la Feria. Para que si, alguna se siente intimidada, acosada o agredida, acuda a mí, o a la que tenga este identificativo. Es como: tranquila, yo estoy aquí contigo, yo te ayudo, ¿sabes?", le intento explicar a mi amiga. Ella asiente. Pero a los pocos minutos, debido al bullicio, otro amigo vuelve a preguntarme: "¿Y esto?". Cuando le explico la campaña, se sorprende y veo en su cara que le encanta la idea. "Debería tener más difusión, le deberían dar más bombo a estas cosas", me dice. "Sí, este lazo se debería repartir en la puerta del Real", le devuelvo.

Entrada desde el Real al parque donde beben los jóvenes durante la Feria del Caballo. FOTO: MANU GARCÍA.

El brazalete morado no solo despierta la curiosidad de mis compañeros, sino que también hace que una amiga comparta algunas situaciones incómodas que vivió en el primer día de Feria. "Anoche iba con varios amigos, eran las cuatro de la tarde, y en mitad del Real una tía estaba fatal, con un morao mortal... Y vimos cómo un tío estaba tirando de ella y nos asustamos. Uno de mis amigos quiso actuar y preguntar, para saber cuáles eran las intenciones de aquel hombre, porque se veía cómo la estaba forzando a caminar. Menos mal que llegó la Policía  Local y ellos intervinieron. Pero fue todo muy violento. Algunos de mis amigos no quisieron meterse, pero hubo uno que sí, y aquello me hizo sentir muy bien". Al acabar con su relato, también señala que antes veía que dar un cachete en el culo a una mujer estaba normalizado, pero que desde hace un par de años estos abusos, asimilados como algo común y legal, están siendo erradicados.

Son las diez y el parque empieza a poblarse cada vez más. El sol cae y con él aumentan las ganas de ir al baño. Mientras mis amigas van en parejas, con su respectivo "tened cuidado", mis amigos van desapareciendo uno a uno para ir a orinar de manera individual. Ir acompañadas al baño no es una tradición de mujeres, es un ritual de acompañamiento para protegernos entre nosotras. Porque si somos dos, hay menos probabilidades de que nos "pase algo", aunque jamás olvidaremos el caso de las dos mochileras asesinadas que "viajaban solas" por Ecuador.

La Feria del Caballo en la noche del domingo 6 de mayo. FOTO: MANU GARCÍA.

Una vez todos juntos, nos dirigimos a los puestos de kebabs y papas que hay alrededor del recinto ferial. Ya con el estómago lleno, decidimos irnos a bailar a varias casetas. En una de ellas, un antiguo compañero de instituto, nada más verme me suelta: "Sí es sí". Al parecer no vio mi brazalete, y en cuanto se lo muestro, se ríe a carcajadas y me lo pide. "Es que me lo quiero poner para que las tías me miren y digan, mira, por ahí va un violador", termina. Se lo toma a risa, pero aquellos que lo consiguen escuchar no entienden lo que acaba de decir y nadie dibuja una sonrisa. A la media hora aquel triste episodio, veo a otro colega de clase. Hacía mucho que nos nos veíamos y sin que se fije en mi lazo morado, me comenta que no cree que la chica de 'La Manada' fuese violada. Le cuento la última denuncia por violación en la Feria de Vejer y se queda callado. "Vale, eso sí será violación", consigue pronunciar.

Al poco, me marcho, me despido de mis amigos y acerco en coche a una a su casa. Bien. No nos ha pasado nada. Pero parece que es algo para celebrar: estamos bien, seguimos vivas. En Feria tengo la sensación de que hay un aura de permisividad de "puedo hacer lo que quiera", ¿por qué? El contexto de la Feria y la dosis de alcohol en sangre parecen ser justificación suficiente. Y hace tiempo, a correlación del caso de 'La Manada', le pregunté a un conocido que si realmente tendría relaciones sexuales con una mujer borracha que ni tan siquiera se pudiese mantener en pie. Estuvo varios minutos pensándoselo. Y su respuesta fue: "Yo no, pero tengo amigos que sí". A su alrededor, un chaval se rió y pronunció el cliché más rancio y machista con el que crecen los adolescentes desde hace generaciones: "Hombre, para entrarle a una tía, cuanto más bebía esté, mejor".

Hermanas, el brazalete morado no es mágico, no tiene superpoderes que nos protejan de miradas, intimidaciones y acosadores. Pero juntas, unidas, nosotras somos la manada. Con él, creamos conciencia y nos sentimos, simbólicamente seguras.

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