De Cadi Cadi, la tienda-museo que Francisco Javier Benítez Muñoz (Cádiz, 1972) abrió junto a su compañera Almudena el 5 de enero de 2012 en la calle José del Toro, ha echado el cierre definitivo. Lo que nació como un proyecto de diseño local comprometido con la identidad gaditana —postales retro de calidad artística, camisetas con el dialecto de la tierra, láminas de Hollywood ambientadas en Cádiz, zombis saliendo de yacimientos arqueológicos, recuerdos que huían de lo manido— no ha podido llegar a las tres décadas que sí ha alcanzado su empresa hermana, la pionera compañía de visitas teatralizadas Animarte.
El establecimiento era, en palabras de su propio creador, "un lince ibérico en peligro de extinción": un comercio local pensado para el turismo pero sin caer jamás en el souvenir genérico, anclado en la historia, la mitología, el anecdotario y el habla de Cádiz, con ese punto de cachondeo gaditano —"las pamplinas", decía Benítez— que lo hacía absolutamente inconfundible. Un lugar que, desde el primer día, llevaba escrito en las losas del suelo su propio origen: el propietario las trajo de casa de su abuelo.
Un arranque sin hoja de ruta
La historia de De Cadi Cadi no fue un éxito inmediato. Benítez y Almudena reconocían sin pudor que al abrir aquel 5 de enero —"ese día en que la gente va desesperada a por los regalos de última hora"— no tenían "ni puta idea, ni de comercio ni de nada". El proyecto nació del instinto creativo de su fundador y de una convicción clara: que en Cádiz no existía ningún comercio que ofreciera lo que él mismo buscaba cuando viajaba. No la calle más turística, no lo de siempre, sino "la calle de atrás, esa distinta, un poco más lejos", el sitio que da valor al diseño y al atrevimiento.
Durante los primeros cinco años, la tienda subsistió con más voluntad que resultados. Fue a partir de 2017 cuando los primeros diseños verdaderamente propios empezaron a llamar la atención y la clientela se multiplicó. Desde entonces, De Cadi Cadi fue ganando reconocimiento dentro y fuera de la provincia, hasta convertirse en lo que el propio Benítez definía como "un comercio imprescindible": uno de los poquísimos establecimientos del comercio gaditano —e incluso andaluz— con los que podía compararse.
"Quería ofrecer lo mismo que buscaba cuando voy de viaje: algo alternativo, en la calle de atrás, que le diera valor al diseño y a la locura. Quería hacer un comercio local para el turismo, algo que apenas queda y necesita apoyo. Somos pocos"
EusCádiz, zombis y "sal para sosos"
El catálogo de De Cadi Cadi era tan difícil de resumir como la ciudad que lo inspiraba. Sudaderas que cruzaban el verbo chirigotero con la asombrosa historia de Cádiz. Delantales y gorros con zombis emergiendo de yacimientos arqueológicos. Imanes de nevera con los churros de La Guapa. Láminas y cuadros con escenas clásicas del Hollywood dorado ambientadas entre las calles y playas de la capital. Una pizarra en la entrada que se anunciaba como "único punto de venta oficial del amigo invisible".
Pero si hay una línea que resume el espíritu de la tienda, esa es EusCádiz: camisetas, gorras, bolsas, sudaderas, pegatinas e imanes con el mapa de la provincia encuadrado dentro de una ikurriña y los nombres de los municipios gaditanos transliterados al euskera —Barbateoak, Txiklana, Kaños de Meka—, con la tipografía característica del País Vasco. Una ocurrencia que se convirtió en uno de sus mayores éxitos de ventas.
Con el cierre de la tienda de la calle José del Toro, Cádiz pierde un eslabón más de ese pequeño comercio independiente, creativo y con carácter propio que cada vez cuesta más encontrar en los centros históricos españoles. Un tipo de establecimiento que, como bien sabía su fundador, necesita apoyo y del que, admitía sin dramatismo, "somos pocos".
