El Pedrín, un bar 'puntero', dos generaciones de Olano, entre Sopranis y San Juan de Dios

Pedro Olano Claret, tercera generación de la familia, hace memoria junto a lavozdelsur.es para recordar una de las tascas más señeras del s.XX en Cádiz

De izquierda a derecha: Pedro Olano (padre), Lucas, camarero de confianza de El Pedrín y José Luis Olano (hijo)
De izquierda a derecha: Pedro Olano (padre), Lucas, camarero de confianza de El Pedrín y José Luis Olano (hijo)

Eran tiempos de camareros con corbata. Aunque la historia comienza a 800 kilómetros de Cádiz en 1898, año de nacimiento de Pedro Olano González, un santanderino o 'montañés' que tras emigrar muy joven a México y Honduras en busca de trabajo, tuvo que dejarlo todo por el estallido de la Revolución mexicana de 1910. El siguiente paradero de Olano se sitúa en la capital gaditana como chicuco de algún que otro bar. 

Su vida la conocemos gracias al relato de su nieto, Pedro Olano Claret (1962), con el que comparte nombre, y quien construye a través de recuerdos y anécdotas, la huella y el recorrido hostelero de su abuelo y su padre entre la calle Sopranis y la plaza San Juan de Dios, con dos legendarios bares del s. XX gaditano: La Perla y El Pedrín, que llegaron a ser regentados simultáneamente por Pedro Olano durante los primeros años de la década de los 30, a fuerza de mucho esfuerzo.

La apertura de La Perla se estima en 1929, ubicada en la cuesta de San Juan de Dios, frente por frente con la actual Residencia de San Juan de Dios. Allí se despachaban cafés y vinos de la Bodega Vélez de Chiclana. Un lugar estratégico entre el barrio de Santa María y la plaza San Juan de Dios, que gozó de una gran acogida, ya que dos años después, Olano compra la finca colindante, donde abriría El Pedrín.

Anuncio del bar 'La Perla' en 1933.
Anuncio del bar 'La Perla' en 1933.

"Mi abuelo tenía un buen corazón, era súper solidario, por lo visto le prestaba dinero a fondo perdido a un montón de gente ", comenta su nieto en conversaciones con lavozdelsur.es. "La finca tenía tres plantas con muchos 'partiditos' con zonas comunes –explica Pedro nieto– era una una manera de ofrecer vivienda a gente humilde por tres perras gordas".

Un bar sin tapas con mucha sed y mucho hombre

La apertura de El Pedrín se estima en el año 1931, esto nos confirma que coexistió con el otro negocio de Pedro Olano. Al igual que La Perla, era un bar sin tapas, solo se vendía vino de Vélez, botellines de cerveza y tinto con sifón de la Alianza. Por la mañana también se servían cafelitos, aunque en sus inicios destacaba, como en tantos bares de la época, la presencia de 'borrachines'. Pedro, como tercera generación, recuerda el saloncito con cuatro mesas donde se jugaba al dominó y a las cartas, que conectaba con la actual calle Cristo de la Sentencia, a través de tres pequeños escalones.

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Pedro Olano a la derecha de la fotografía, durante una partida de cartas en El Pedrín.

La familia Olano cree que el nombre del bar viene del hijo mayor de Pedro, que emigró y murió en Brasil. "De ese tema no se ha hablado mucho", asegura el nieto, que pilló a su abuelo jubilándose en el bar. "Mi abuelo empezó con los típicos achaques de mayor y no se vio con fuerzas para llevar el negocio", comenta. Y entonces, ocurrió el revelo generacional en 1966. Pedro tenía cuatro años y su abuelo 68.

José Luis Olano (1931), hijo del fundador, Pedro Olano, era empleado en una empresa de dragados y construcción. Vivía junto a su familia, mujer y sus dos hijos, entre ellos Pedro, en el norte de España, A Coruña, Aviles... "Lo que me ha trascendido de mi padre es que en 1966, mi abuelo le dice que tiene que volverse a Cádiz para hacerse cargo del bar", comenta. A José Luis le cambió la vida por completo: de una vida estable, con un buen horario y sueldo, a trabajar en un bar con todo lo que esto implica.

Nuevos aires... Y marisquito 

Cuando entra José Luis, el bar se mantiene igual. Su hijo Pedro desconoce cómo, pero "llega por allí una gente que vendía marisquito (erizos, ostiones, quisquillas y cañaillas) y consiguen llegar a un trato por el que se ponían en la puerta del bar y era un complemento a la bebida que se ofrecía", rememora. El negocio también se surtía de papelones procedentes del freidor de Los Gallegos que había en calle Sopranis. "En aquella época estaba totalmente permitido", reconoce Pedro.

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Jose Luis Olano, segunda generación, tras la barra del bar.

De los borrachines se pasa a una clientela de perfil trabajador, que venía del Hospital de San Juan de Dios y del Ayuntamiento de Cádiz, debido su proximidad. "Recuerdo que iban a tomarse una o dos cervecitas, ya no era ese cliente de cuatro a diez vasos de vino”, comenta Pedro, quien todavía no se explica cómo daba el negocio "para alimentar a tantas bocas". 

Puesto de marisquito en la puerta de El Pedrín.

“En El Pedrín se fiaba mucho", afirma el nieto, "se dejaban unas ronchas de venta que a veces no se recuperaban o se recuperaban parcialmente. porque tampoco había mucho dinero en aquella época”, reconoce entre sus recuerdos. El misterio sigue sin resolverse: "El bar ha dado de comer a mi abuelo y a mi tía soltera, que vivía con él, a mi familia entera, que éramos cuatro, y luego estaba contratado Lucas, que era el alma del bar, y que también tenía su familia".

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Pepi Claret, esposa de José Luis Olano, junto a su hija Esperanza Olano Claret, hermana de Pedro.

Destacaba su buena clientela, con predominancia masculina, y el buen ambiente. "A mí me cuidaban mucho", reconoce Pedro, que algunos veranos le echaba una mano a su padre en el bar por una propinilla. Todavía se acuerda del dolor de pies al final de la jornada. "Me encantaba ponerme la tiza detrás de la oreja para hacer las cuentas en la barra, que era de pizarra. También aprendí a coger tres y cuatro vasos para escanciarlos", recuerda. 

Su padre y su abuelo compartían un dicho: “Bienvenidos a Cádiz, donde todas sus calles conducen a El Pedrín”, revela risueño. Al bar también iba gente del muelle, incluso algún que otro turista y trabajador del J.J. Sister, barco que hacía el trayecto Cádiz-Tenerife. El Pedrín era, al fin y al cabo, un lugar de encuentro del barrio Santa María, donde todo el mundo era bienvenido.

“Había una cosa muy curiosa, a la que llamábamos la trastienda, que era una estancia muy cutre muy cutre detrás del mostrador con unas estanterías, una mesa y cuatro sillas, para gente especial o invitados especiales", comenta Pedro con el gesto del entrecomillado en las manos. Por dicha estancia han pasado los últimos alcaldes de Cádiz anteriores a 'Kichi': "Sobre todo Carlos Díaz, que fue muy amigo de mi padre. Teófila Martínez también estuvo en esa trastienda", expone Pedro. E incluso se ha sentado el mismísmo Lute.

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José Luis Olano, junto al Lute en la trastiend de El Pedrín.

La Semana Santa era una fecha "muy bonita" para El Pedrín, asegura Pedro. "Por allí pasaba el Nazareno cuando bajaba de Jabonería y había un par de clientes que le cantaban saetas, no demasiado bien, pero bueno, hacían el papel", cuenta entre risas. El Jueves Santo era tradicional que fuera Carlos Díaz acompañado de su mujer y su séquito, entre ellos Antonio Cabrera, su secretario personal. Estaban un buen rato antes de que pasara el Nazareno, echaban sus copitas en la trastienda del bar y cuando llegaba el paso, se ponían en la puerta para verlo pasar", revela Pedro, en conversaciones con lavozdelsur.es.

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Los Cholos del Altiplano cantando en unos carnavales dentro de El Pedrín.

Los carnavales también se vivían intensamente. Incluso Pedro, nieto y narrador de esta historia, hacía el ensayo general de su chirigota callejera el sábado de Carnaval, mientras el bar estaba abierto. La presencia de mujeres también fue aumentando, sobre todo en los últimos años de apertura, principio de los 90. "Solían ser las parejas de los habituales del bar", matiza. Con José Luis en edad de jubilarse, El Pedrín cierra sus puertas entre 1995 y 1996 sin relevo. "Aquello podía haber seguido, pero mi padre decidió dejarlo", aclara su hijo, que guarda un bonito recuerdo del lugar. Cabe señalar que la tercera generación de Olano –Pedro y Esperanza– no continuó gracias a que las dos primeras trabajaron duro para que pudieran estudiar y ganarse la vida de otra manera.

Hoy, como ha pasado con muchos establecimientos antiguos, El Pedrín es un Carrefour Express, situado en la esquina de Sopranis con San Juan de Dios. “Mi madre compra mucho allí cuando va a ver a mi padre a la residencia”, comenta Pedro, que reconoce que a veces entra e intenta ubicar el antiguo inmueble, las estancias, la trastienda, pero le resulta difícil porque tiraron bastantes paredes. "Está más diáfano que entonces", señala. 

El Pedrín fue Pedro Olano y sentenció la esencia su hijo José Luis. "El hecho de tener un bar de esa tipología tuvo mucho que ver el carácter de mi padre”, asegura Pedro. Entonces, la vida era eso que pasaba entre Sopranis y San Juan de Dios, al menos, la de José Luis Olano, hoy con demencia senil e ingresado en la residencia de San Juan de Dios, justo en frente del que fue su bar durante décadas. Su hijo revela hoy un detalle nostálgico a la par que entrañable: "Cada vez que sale a pasear, dice señalando la ubicación de El Pedrín: Allí había un bar más bueno que ná". Y es que los buenos recuerdos, como las buenas personas, permanecen.

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor:

Carmen Marchena

Carmen Marchena

Gaditana. Periodista feminista por vocación y compromiso. Empecé en las redacciones de Ideal Granada y Granada Hoy. He pasado por eldiario.es/Andalucía. Parte de El Salto Andalucía desde sus inicios. Tengo dos ídolas: mis abuelas Carmeluchi y Anita. Defensora de los Derechos Humanos y la Memoria. Sin más dilación, papas con choco o barbarie.

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Comentarios (1)

José Hace 2 meses
Hermoso artículo que hace la semblanza de uno de los bares más paradigmáticos de un Cádiz irrepetible. Gracias a los Olano, una familia de origen montañés pero de pura cepa de la ciudad, honrada, abnegada y trabajadora, por haber servido y alegrar durante tantas décadas, la sociabilidad y la cultura de muchos gaditanos en aquellos inolvidables estíos, corpus, semanas santas y carnavales y cuantas manifestaciones de la cotidianeidad hizo falta atender. Vida de un barrio y de una ciudad, e
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