La maestra bailaora malagueña La Lupi recrea la tormentosa vida y obra de 'La Paula', sobre la que gira un montaje que ha contado con la sorpresa de la aparición estelar del artista catalán.

Y Poveda le cantó a La Paula como si estuvieran en el Chinitas. Y el Villamarta, que era donde estaban en verdad, explotó de júbilo. El artista emergió por sorpresa para interpretar la copla de Miguel de los Reyes dedicada a la gitana malagueña de tez renegrida y magia en sus extremidades. Gitana bohemia de posguerra y dictadura que, tras actuar con grandes como Escudero, Argentinita y Amaya, cambió la bata de cola por la camisa de fuerza del hospital mental donde pasó el final de sus días. Gitana que pudo pero no quiso, que vivió con sus fantasmas hasta terminar siendo piedra que perdió su centro y fue arrojada al mar, como baila, ya al final, La Lupi. En el mundo del baile, por ceñirnos a la materia que aborda la producción, no han parado de llover Paulas. Susana Lupiáñez Pinto, La Lupi, bien lo sabe después de gran parte de sus 46 años dedicada a formar bailaoras que, en muchos casos, quieren y no pueden o pudieron y no quisieron. Juguetes rotos de rímel corrido que conviven por siempre, sea por las causas que sean, con su pasión perdida por el sumidero del inexorable paso del tiempo.

Ella, en cambio, no se va a quedar con esta espina. Porque Poveda le cantó a La Paula, pero sobre todo, Poveda le cantó a La Lupi. Dijo en las horas previas a la presentación de La Paula en Jerez que llevaba toda su vida artística esperando este momento, ser protagonista en el principal escenario del Festival de Jerez. Dijo que llevaba una década y media mascullando un espectáculo que dedicó a esa enigmática bailaora, pero con el que también homenajea a su Málaga natal, a Picasso, La Rempompa, Zambrano y Juan Breva. Más allá del golpe de efecto por cortesía del intérprete de Badalona —con el que Lupi ha solido colaborar en sus conciertos—, la puesta en escena se descubre con un pedazo de cal de la calle de Los Negros, donde nació La Paula —una de sus escasas referencias biográficas—, y una bata de cola verde colgando de la tapia que después será portada en procesión a golpe de tambor y saeta de María Terremoto, otra de las invitadas de lujo de la función.

Aquí arranca, justamente, el punto de inflexión del montaje. Con una primera parte muy centrada en exhibir a esa bailaora histórica de los cafés cantantes, con el contoneo, los golpes de cadera y la ralentización de movimientos que propone La Lupi por tientos-tangos, y las juergas improvisadas en plena calle —lo que probablemente necesitaría tijera—; y otra parte, ya más volcada en relatar la biografía de la malograda bailaora. Hay un juego con las entradas y salidas de los cantaores desde el patio de butacas que no termina de funcionar pero, a cambio, hay otro momento, ya en la segunda mitad, que probablemente alcance la cota trágica más punzante de la propuesta y que, en buena parte, la justifica. Es cuando Chelo Pantoja, casi como una sombra, se retuerce entonando como una plegaria aguardentosa el Adiós, Málaga de Morente. Arena movediza hasta la que se arrastra aquella Paula “apergaminada, menuda y renegría”, según la describiese el flamencólogo Gonzalo Rojo a principios de los 70, que ya encarna. De ahí parte la soleá de cierre que baila La Lupi, en las montañas de la locura, con una escobilla repleta de fuerza y de garra, telúrica y racial, pero con la suficiente contención para regalar al final un rayo de luz cenital que le rompe el pecho y redime a quienes se quedaron por el camino. A esas flechas que nunca más fueron lanzadas.

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