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Manuel Agujetas. Teatro Villamarta. 8 de octubre 2014. Aforo: media entrada. Cante: Manuel Agujetas, Antonio Agujetas. Guitarra: Antonio Soto. Baile: Kanako

Dice una vetusta sor María, de 104 años, a Jep Gambardella en la impresionante La gran belleza: “¿Sabes por qué solo como raíces? Porque las raíces siempre son importantes. No creo que Manuel Agujetas se acuerde de nadie cuando canta, ni tampoco que recree conscientemente a nadie. Ni del Torre, ni de José Cepero, ni de Tío José, ni de El Nitri. Manuel no se acuerda de nadie porque no come de nadie más que de la tierra. Quizás escuchaba conscientemente a Agujetas el Viejo, su padre, pero éste murió y aquello se cerró para siempre. Su voz no canta ni recrea la fragua cuando enmudece al Villamarta por martinetes. Inquietante, sobrenatural. El momento más sobrecogedor de la noche. Es sencillamente el vapor del fuego de Vulcano. Es mitología cantaora con 200 años de historia documentada hecha carne, hecha tierra.

Recibe el testigo de su hijo Antonio, que deja el listón de la saga en buena situación por fandangos. Pero como queriendo dar el triple salto mortal, Agujetas comienza por el mismo palo. Aleccionador. Este es el jodido listón a superar, viene a decir en plan borde. Un palo en los huesos te pega con un vozarrón como salido del más allá. A sus 70 y muchos. Cualquiera sabe. Aparentemente bien conservado, aunque tose una y otra vez con un pañuelo pegado a la boca. Y escupe violento girando la cara a la derecha. Nos recuerda a aquel Clint Eastwood de Gran Torino: como queriendo ser Harry el sucio pero ya instalado incómodamente en un papel de jubilado de larga duración. Como suplicando una tregua. Aun así, Agujetas te aplasta contra la butaca por fandangos (alguna letra incluso de raíz republicana y obrera) y sientes que nadie puede rebuscar tan hondo con el metal de su voz. Ahí empieza el recital de la anarquía. El medium Agujetas hace un ejercicio de espiritismo para conectar directamente con el más allá y traer al más acá el mineral más puro del flamenco. No es su cuerpo, él no recuerda, él lo mastica cada día en su finca chipionera. Es el alma el que sale de su esqueleto y destroza las entrañas del cante.

Por soleá se viene un poco abajo. Está debilitado, como una casa señorial apuntalada. Crepuscular como en un western de Peckinpah. Agujetas puede ser Riquelme o el palacio de Montegil. Joyas del patrimonio local que pasan desapercibidas o que directamente están ruinosas sin que nadie haga nada. Pero que también alardean de un lustre que ya perdieron aunque sigan exhibiendo con orgullo los restos de lo que un día fueron. “Aquí estoy yo”, exclama altanero nada más aparecer en escena. Llega como dando saltitos, con el pelo negro brillando a juego con sus zapatos de charol. El traje negro y la camisa de mangas cortas blancas. Junto a él, una botella de agua. Y al otro lado, el toque de Antonio Soto, ya eterno perseguidor de su cante. Milagroso con unas manos que nunca saben que giro va a dar Agujetas a la vuelta de la esquina y que, en cambio, siempre llegan a tiempo para hacer como si no pasara nada.

Ese cante de volantazos se intercala con un Manuel comunicativo a más no poder. No está desabrido y arisco como otras veces. El monumento vivo del cante casi prehistórico solo avisa a quienes quieran inmortalizarle, pero lo hace con buen humor: “Qué me voy a tener que poner a robar gallinas”. Incluso bromea con un espectador que le pide que se acuerde de Pepe Pinto. Y Manuel incluso cantiñea a capella. No sin aparcar la soberbia despreciativa: “Hombre, yo conozco todos los cantes, pero eso lo hago yo para hacer voz”. No se puede juzgar lo que es de verdad. Y Agujetas es tan sincero que parece de verdad. Y la verdad duele.

Agujetas, acompañado de Soto al toque, el pasado 8 de octubre de Villamarta. Fotos: Esteban Abión.

“Voy a cantar dedicao pa' to el que esté peleao conmigo”, regala por si hay algún detractor entre el público y pisa a fondo por seguiriyas. Los ayeos iniciales vuelven a invocar a los muertos del cante. “Eran tan grandes mis penas que no caben más”, se retuerce por Manuel Torre. Pinacoteca negra del cante jondo. Remata pronto por cabal, como una exhalación se levanta para recibir el aplauso de los incondicionales. Llama a Kanako, que baila con bastón a compás, por soleá y por romeras. Agujetas ya no da para mucho más aunque tire de autoestima: “Dios me dio esta voz con 18 años y todavía la conservo”. Ya pide la hora. A los lienzos antiguos hay que protegerlos. Nadie concebiría exhibir a Saturno devorando a su hijo a  la intemperie, lejos del cálido refugio de El Prado. Y Manuel atesora las cualidades de una pintura caravaggiesca, que merecería ser bien protegida y conservada en formol si es necesario. Su cante vive en un cuarto oscuro, unido a la humedad de la bodega que custodia las madres del oloroso. Cante de sacristía en el panorama flamenco actual, tan contaminado a veces, tan de mentira tantas otras. Tan dulcificado y estéril en su competitiva comercialidad.

Pese a todo, medio aforo. Como se ha podido leer en algún foro de internet, ya se nota el ‘efecto Bulería’. De lo gratis total al PPV media un abismo. Pero la realidad también es que Jerez está muy tieso como para permitirse pagar 25 euros por una entrada (de ella, el 21% para Montoro). Pero en el escenario está la esencia. Está Manuel de los Santos Pastor. Están las raíces del cante embrionario. Y a las raíces hay que ir a visitarlas a menudo. Porque no hay otra manera de aprender, de crecer. Como cuando uno va a casa de su abuela sabiendo que quizás no vaya a escucharle, que solo le cuente historietas o cotidianeidades que interrumpen una vida a la velocidad de la luz. Sin tiempo para perderse en los paisajes y casi ni saborear los instantes. Pero ves los surcos porosos de su piel, ves su mirada plena de rabia, dolor, soledades y alegrías, sus manchas de acercarse al siglo, y entiendes que ahí está gran parte de lo que eres.

El misterio mismo del ser que fluye de generación en generación. Una cadena genética que sigue eternamente viva de una manera o de otra en el tiempo. Lo viejo siempre es mejor que lo nuevo, pero uno no existe sin lo otro. La raíz, las raíces, son las que nos anclan a la tierra para no salir volando o caer por el precipicio. Ahí queda la cornada mortal que nos arrea este morlaco que de nuevo perseguido por la seguiriya derrama un cante esotérico. Una visión fantasmagórica y ancestral. Como de estar asistiendo a algo de otra época, a algo que ya no queda, a algo que se escurre entre los huecos de las butacas. Al final de La gran belleza el escritor concluye: “Hay cosas mejores en otros lugares. A mí no me importan otros lugares”. Hay que volver y quedarse en la raíz.

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