El músico sanluqueño Diego Villegas, alumno aventajado de la nueva generación de flamenco-jazzistas, ofrece 'Bajo de Guía' un ramillete de piezas de su álbum debú y una pizca de su enorme potencial.

Diego Villegas entra en el concierto sin hacer mucho ruido y va creciendo conforme desenrolla Bajo de guía, un primer trabajo discográfico que ya tiene recorrido sobre los escenarios (no en vano, lo presentó en la Bienal del pasado 2016) y que, pese a las múltiples colaboraciones que almacena, en la Sala Paúl se ha presentado casi desnudo. Los vientos del músico sanluqueño solo han tenido el respaldo (lo que no ha sido poco en este caso) de la guitarra de David Caro, la percusión de Roberto Jaén y la pincelada bailaora justa y elegante de María Moreno. Y decía que ha ido creciendo como, intuimos, crecerá su música con el paso de los años. Aún se le aprecia cierto reparo tras dar el paso al frente protagónico, pero, así lo evidencia, se vuelve descarado cuando va rompiendo ciertas ataduras de un origen musical que nació una banda de su tierra y en el tablao de su hermana, y fue madurando en el atrás de infinidad de artistas que lo han ido alimentando hasta ser el músico que es hoy.

Porque lo bueno que tiene Diego, con apenas treinta tacos, es precisamente eso: mucho camino por delante y muchas cosas que contar. Como virtuoso de su generación en los vientos que funden lo flamenco con lo jazzístico, como otro gaditano como Antonio Lizana, el músico parte de lo que tiene más a mano, sus vivencias, sus relatos de infancia, los aires flamencos en la desembocadura del Guadalquivir, para ofrecer un discurso global que trasciende fronteras. “Por vosotros soy quien soy y a vosotros os ofrezco desde la raíz al viento de la música a compás que alienta mis sentimientos”. Una declaración de principios que pone en boca de José Luis Ortíz Nuevo y que luego explica con total honestidad acariciando con sus labios la flauta travesera, el saxo soprano o la armónica. Sobrevuela ese barrio marinero de Bajo de Guía al son del mirabrás, pasea como armonicista por la Calzada de la Duquesa ofreciendo un cálido fandango de ida y vuelta, y aborda una dulce y familiar soleá, en Ramillete jazmín, que sabe fresca y melancólica. Pero es en sus arrebatos como de jam session, a golpe coplero de La bien pagá o en la Nana del caballo grande, un antojo de última hora, cuando atrapa y sienta precedente. Humilde y generoso como si no hubiera un mañana —llega a presentar a sus acompañantes hasta en tres ocasiones en hora y cuarto—, tiene un arranque ruibalero en los tanguillos Calle Bretones —provocando los coros del público—, y juega por bulerías donde la imaginación le lleva. Asegura su gurú y fuente de inspiración Jorge Pardo, el más grande en esto que él persigue, que en la música le gusta jugársela en cualquier esquina. Ahí queremos ver a Diego. En esa esquina ya le esperan. Sopla todo a su favor.

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