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Teatro Villamarta, Jerez de la Frontera, 22 de abril de 2017. Concierto de la Orquesta de Filarmónica de Málaga. Director musical: Manuel Hernández Silva: Violín solista: Svetlin Roussev. Lalo: Sinfonía Española en Re menor op. 21; Gershwin: “Un americano en París”; Márquez: Danzón nº 2.

La variada propuesta de la Orquesta Filarmónica de Málaga lleva al oyente a universos que abarcan algo más de un siglo y que se extienden por las dos orillas del Atlántico, con obras que tienen el denominador común de utilizar música popular con el fin de caracterizar las piezas y vincularlas con determinados espacios culturales y geográficos.

El programa se abrió con la Sinfonía española (1874) de Édouard Lalo, que, en contra de lo que su título promete, no se trata de una sinfonía sino de un concierto para violín y orquesta articulado en cinco movimientos (aunque hasta fechas recientes era habitual suprimir el tercero). La obra fue concebida como vehículo de lucimiento del ya entonces célebre violinista navarro Pablo de Sarasate. Aquí radica una de las limitaciones de la composición, que renuncia a la singular inspiración de su creador para ponerse al servicio del intérprete, que encuentra en estas páginas momentos de expansión virtuosística a través de melodías y ritmos de inspiración popular española. El músico búlgaro Svetlin Roussev no desaprovechó las oportunidades que se le brindaban de brillar y ganarse al público con facilidad. Su ejecución logró un sonido limpio, bien articulado y sostenido por una técnica sin fisuras. El fraseo fue cuidadoso en los movimientos dos y cuatro, y los pasajes de mayor dificultad del primero y quinto fueron resueltos de modo resplandeciente. En definitiva, una excelente interpretación.

En el primer movimiento, Allegro non troppo, Manuel Hernández Silva estuvo atento a las necesidades del solista, que expuso una serie de variaciones sobre un tema de ritmo español ya expuesto desde los primeros compases, tras la breve introducción orquestal de aire oriental que también tiene protagonismo en este movimiento. El diálogo entre el violín solista y la orquesta fue marcado por los intérpretes con nitidez en la alternancia de pasajes en los que se suman ambas partes y en los que confrontan, subrayando la variedad temática del movimiento que está más cerca del lenguaje sinfónico de una suite. El más breve Scherzando (Allegro molto) fue interpretado atendiendo al carácter danzable de la pieza (una seguidilla), en la que no es complicado identificar, entre otras, canciones populares como El Vito. La suave conclusión en pianissimo sirve de enlace con el Intermezzo (Allegro non troppo), un movimiento con ritmo de habanera, no especialmente inspirado pero que pone a prueba la destreza del violín solista, al que se le concede una tregua en el melancólico Andante, la pieza más apartada de las servidumbres del pintoresquismo español tan de moda en el París de la época. No obstante, la cadencia vuelve a proporcionar una nueva oportunidad para mostrar la más depurada técnica del instrumentista, que volvió a estar certero en su interpretación, como ya hemos señalado. El último movimiento de la Sinfonía española, Scherzando (Allegro molto), es extrovertido y muy tópico. Tras un pasaje reposado a ritmo de habanera, que sirve para proporcionar un nuevo respiro al solista, Svetlin Roussey tuvo que explorar todos los registros, del grave al agudo, y mostrar complejos recursos técnicos.

En la segunda parte del concierto se interpretó An american in Paris, de George Gershwin, obra estrenada en el Carnegie Hall de Nueva York, bajo la batuta Walter Damrosch, el 13 de diciembre de 1928. Posteriormente, la pieza alcanzaría celebridad mundial cuando fue utilizada en la película del mismo título dirigida por Vicente Minnelli en 1951 para la Metro Goldwyn Mayer.

La obra es producto de la fusión del jazz y de la música de compositores como Maurice Ravel o Igor Stravinsky, a los que conoció durante su estancia en París con el fin de completar su formación. La combinación de estos dos universos musicales dio como resultado una atractiva mezcla en la que las esencias de populares norteamericanas se contraponían a las vanguardias europeas del momento. El propósito no es inocuo ya que Gershwin pensaba que el jazz era un poderoso elemento que estaba en el corazón de cualquier estadounidense más que ningún otro estilo de la música popular. Es decir, que podía constituir un sólido rasgo identitario de la nación. Por otra parte, como muchos creadores de la época, admiraba el aperturismo y el lenguaje avanzado de los autores que tenían en París su centro de operaciones. De algunos de ellos intentó, sin éxito, ser discípulo, como de Stravinsky, que le preguntó: "¿Cuánto dinero ganó usted el año pasado?”. “200.000 dólares”, respondió Gershwin. “Entonces yo debería tomar clases con usted”, replicó el compositor ruso.

Sobre An american in Paris su autor afirmó que su propósito era el de “retratar las impresiones de un estadounidense que visita París; mientras pasea por la ciudad, escucha varios ruidos callejeros y absorbe el ambiente francés”. Con el fin de alcanzar este objetivo, se introducen citas del contemporáneo Concierto para piano de Ravel, y se muestran influencias estilísticas de Claude Debussy y del Grupo de los Seis, especialmente en la primera parte de la obra, en la páginas en las que se ilustra un paseo por los Campos Elíseos, una riña con un taxista, el caminar indolente del turista y el cruce a la orilla izquierda del río Sena. Estamos, pues, ante una música programática bien servida por la Orquesta Filarmónica de Málaga. Especialmente notables fueron las intervenciones de las trompetas, el trombón y el clarinete. Asimismo, del violín que interviene en la evocadora escena de amor nocturna, momento en el que aparece el blues, a través trompetas con sordina que pretenden recordar los Estados Unidos, como también el tema de ragtime tan característico de la década de 1920. El siguiente pasaje narra el encuentro con otro estadounidense, y mezclado con recuerdos musicales de las vivencias anteriores, se oye un ritmo próximo al swing perfectamente interpretado por los músicos. Al final, la pieza retorna al punto de partida, el paseo, cerrándose con un tema de blues más estadounidense que parisino, subrayado de modo preciso por la batuta de Manuel Hernández Silva. Su dirección resaltó la gran riqueza armónica de la partitura, fue intensa y resaltó los múltiples cambios en las dinámicas. En resumen, una gran versión en la que, incluso, la expresión corporal de Hernández Silva fue generosa y comunicativa.

El Danzón No. 2 (1994), del compositor mexicano Arturo Márquez Navarro, es una de las obras más célebres de su autor, gracias a que la Orquesta Juvenil Simón Bolívar de Venezuela, bajo la dirección de Gustavo Dudamel, lo incluyó en su programa para su gira europea y americana de 2007. Asimismo, la pieza ha sido utilizada en la segunda temporada de la exitosa serie Mozart in the Jungle en 2015, protagonizada por Gael García Bernal.

El Danzón es un estilo de baile que tiene su origen en Cuba pero que, con el tiempo, se ha convertido en un elemento fundamental de la literatura musical mexicana contemporánea, particularmente asociable a Veracruz. En definitiva, al igual que el jazz estilizado de Gershwin para los Estados Unidos, aquí también encontramos una construcción identitaria de la nación mexicana.

La Orquesta Filarmónica de Málaga y Manuel Hernández Silva ofrecieron una muy elocuente, desbordante y extrovertida interpretación, en la que se puso en evidencia la riqueza rítmica de la composición, controlando los variados acentos y tempi. Los pasajes solistas de instrumentos como el clarinete, el oboe, el piano, el violín o la trompeta fueron resueltos con eficacia, coronándose así, de modo expresivo, un interesante programa de concierto en el que todo funcionó a la perfección.

Sobre el autor:

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Joaquín Piñeiro Blanca

Profesor Titular de la Universidad de Cádiz. Departamento de Historia Moderna, Contemporánea, de América y del Arte.

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