EL RENACIDO (The Revenant, Estados Unidos, 2015. 156 min). Dirección: Alejandro González Iñárritu. Guión: Alejandro González Iñárritu, Mark L. Smith. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Música: Ryüichi Sakamoto, Alva Noto. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Forrest Goodluck, Will Poulter, Arthur Redcloud.

Alejandro González Iñárritu es sin duda el director del momento. El año pasado su Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, cosechó un buen puñado de premios Oscar y reconocimientos en Venecia o Berlín. El renacido parece seguir su exitosa estela. Ya ha sido premiada con varios Globos de Oro y en un par de semanas es más que probable que veamos a su equipo técnico y actor principal acaparar estatuillas en el Dolby Theatre de Los Angeles. Iñárritu califica su película como prewestern en el sentido de que comparte escenarios geográficos y personajes del western de frontera, pero está ambientada en un momento fundacional de los Estados Unidos, antes incluso de la cartografía completa de sus inmensos territorios del Oeste y el Norte.

El guión está basado en la novela de Michael Punke, The Revenant, sobre el caso real del trampero Hugh Glass, gravemente malherido por un oso y dado por muerto por sus compañeros de partida, que sobrevive milagrosamente para buscar venganza. Siguiendo esa línea argumental de supervivencia y venganza la película presenta con gran intensidad y sin remilgos esa predación de territorios y presas entre grupos venidos del viejo continente y nativos americanos. Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) es el explorador de una expedición de tramperos mandada por el capitan Henry (Domhnall Gleeson) que, navegando por el curso de los grandes ríos en los territorios septentrionales, aún no vendidos por Francia a los Estados Unidos, se dedica al lucrativo comercio de pieles.

No es una historia demasiado novedosa. El abandono en medio de una naturaleza extrema, la supervivencia más allá de lo verosímil o la venganza como motor de la vida han sido lugares comunes en el western clásico o el más moderno western revisionista de los 70. Películas como Las aventuras de Jeremiah Johnson, de Sidney Pollack, o el clásico de John Ford Centauros del desierto, han visitado las planicies nevadas y los bosques majestuosos con más profundidad psicológica que El renacido, pero no necesariamente con mayor intensidad plástica.

El tratamiento monumental del paisaje natural -fue rodada parte en Cánada y Estados Unidos, parte en Argentina- recuerda al cine de John Ford; enfatiza el papel de la naturaleza en el drama y lo convierte en argumento a falta de una exploración psicológica matizada de los personajes. Hugh Glass no tiene un discurso muy elaborado, mucho más rico parece el constante goteo de la lluvia, el rugido de la ventisca, el vahear de los animales y, sobre todo, los diferentes registros de las corrientes de agua, desde los enormes arterias fluviales del continente americano hasta los bosques anegados por el deshielo.
Leonardo DiCaprio hace un trabajo esforzado, muy convincente y expuesto. Desprovisto de palabras, la cámara se centra en primeros planos de su mirada que resultan muy conmovedores. En el mismo plano-secuencia la cámara vuela con una libertad inaudita –gracias a los espectaculares efectos digitales- desde su mirada al valle que hay debajo sobrevolando árboles y nieve virginal. Iñárritu ya hizo uso en Birdman de esta tecnología para rodar planos-secuencias no vistos hasta ahora.

La sensación de tener 360 grados de visión e inmersión en la escena es de un realismo brutal. Es cierto que no hay sorpresas argumentales o dramáticas, la historia es bastante lineal, sin embargo sí la narra con emotiva intensidad, con gran fuerza expresiva. La escasa espiritualidad de la historia se concentra en algunos flashbacks aislados y en los fugaces sueños del protagonista – referencias al cine de Terrence Malick-, que ejercen a modo de descompresión entre el torrente de planos-secuencia deslumbradores.

El renacido es una estupenda película de aventuras, un golpe de efecto demoledor que apela a lo más visceral y primario. No se ocupa de las zonas de penumbra del ser humano, de aquello que nos separa intelectualmente de los demás inquilinos de este mundo sino justamente de lo que nos emparenta con osos, caribús, búfalos o lobos. El hombre en un entorno tan áspero, blanco o indio, debe cuidar de su prole, como la osa con sus cachorros. Su mensaje, si lo tiene, no es ecologista como el de Jeremiah Johnson, tampoco es antirracista al modo de Pequeño Gran Hombre o Un hombre llamado Caballo. El mundo de Hugh Glass es egoísta, despiadado y brutal, pero también espectacularmente hermoso.

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