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'El puente de los espías', una mezcla de película de espías y thriller judicial.

El puente de los espías (Bridge of Spies) Estados Unidos, 2015 (135 min.); Director: Steven Spielberg; Guión: Matt Charman, Ethan Coen, Joel Coen; Música: Thomas Newman; Fotografía: Janusz Kaminski;Reparto: Tom Hanks, Mark Rylance, Amy Ryan, Scott Shepherd, Sebastian Koch, Billy Magnussen, Alan Alda…

Para la comunidad hebrea, a la que pertenece Steven Spielberg (1946), tzadik es el nombre que recibe el hombre justo, bondadoso, generoso, un santo para los cristianos. Oskar Schindler fue un tzadik, un padre protector, para los judíos a los que salvó del holocausto.

El Puente de los espías es, básicamente, la historia de un hombre bueno, un pilar, una referencia sólida frente a la intolerancia, el fanatismo y el miedo a los otros, en una época, la Guerra Fría, en la que norteamericanos y soviéticos mantenían al resto del mundo en vilo.

James Donovan (Tom Hanks), abogado de una firma de seguros de Nueva York, es esa figura paternal, firme e insobornable que ofrece criterio moral, que concilia la letra y el espíritu de la ley, anteponiendo sus principios a su propia seguridad, nadando contra corriente. Es una presencia recurrente en la epopeya norteamericana de frontera (James Stewart en El Hombre que mató a Liberty Valance) cuando alguien tenía que hacer valer la ley sobre el caos, y volvería encarnada en el abogado Atticus Finch de Matar a un ruiseñor (1962), cuando el conflicto racial empezaba a ser insostenible para un país salido de una guerra mundial devastadora.

No es una película de espías, aunque recuerde a veces a Cortina Rasgada de Hitchcock, y tampoco es un thriller judicial basado en hechos reales tipo A sangre fría. Es una mezcla de ambos géneros repartiéndose las dos partes del metraje, por un lado el juicio al agente soviético Rudolf Abel (Mark Rylance) y por otro, las gestiones de tzadik James Donovan para lograr un canje de aquel por prisioneros americanos, en el Berlin dividido ya por el muro del año 1961.

El arranque de la película, la persecución del espía soviético por las cinematográficas calles de Brooklyn, y su juicio tienen un ritmo rápido, que recuerda al mejor Spielberg de Tiburón o Atrápame si puedes; la gestión de Donovan ante soviéticos y autoridades de la Alemania Oriental resulta más compleja, más lenta, a ratos reiterativa pero filmada con la precisión que solo dan más de 45 años de oficio. Los diálogos nunca son obvios ni gratuitos (algo tendrán que ver en esto los hermanos Coen y Matt Charman, guionistas) y la fotografía y recreación del Berlin de los 60 son extraordinariamente realistas.

Tom Hanks y el británico Mark Rylance, en los papeles protagonistas, ofrecen un duelo interpretativo espectacular, con sabor a cine clásico, valga el tópico. El resto del reparto rinden igualmente a gran nivel.

Reconocida su habilidad para el espectáculo, para llegar al corazón de todo tipo de públicos, sus películas “serias” muestran la influencia del cine y la filosofía rooseveltiana de Frank Capra: ese mundo que tiene redención, es el de Spielberg. Su visión del mundo no es tan cínica como la de Scorsese, ni tan ingenua como la de George Lucas, por hablar de algunos compañeros de generación. Individuo y sociedad se enfrentan en El Puente de los Espías y, al menos aparentemente, prevalece el individuo.

La analogía de la situación del espía soviético prisionero con el trato a los presos políticos de Guantánamo, o a los sospechosos de terrorismo, por parte de la administración republicana primero y demócrata después, parece evidente. Spielberg parece decirnos que un estado democrático no puede sacrificar los derechos fundamentales de los individuos en aras de la seguridad.

Para Platón la democracia estaba en peligro cuando sus líderes se dejaban llevar por el subjetivismo, el deseo material o la vanidad. Se necesitaban, no seres creativos y geniales. sino hombre justos, sabios, que no conozcan la avaricia, la vanidad ni el enaltecimiento de los sentidos. En ellos debe primar el bien común y la razón. Esos serían los verdaderos padres de la república. Ese es James Donovan.

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