Petrarca es el principio de la poesía moderna. El estereotipo de la amada que ha impregnado igual la poesía que los modelos cinematográficos o la pintura. El amor de Francesco por Laura, fuera o no real, sea su nombre un senhal (seudónimo o seña poética) o el propio de la dama más hermosa, sensible y adorable que la literatura ha construido es, a todos los efectos, uno de los paradigmas del amor romántico. Su historia proyectó un modelo amoroso, quizás hasta hartamente empalagoso a los ojos de algunas épocas y colectivos, que ungió la lírica occidental como si desde su concepción viviéramos en un permanente renacimiento (p. 27).
Advierte Francisco Martínez Cuadrado, que acaba de publicar en Renacimiento Amor y dolor en el Cancionero de Petrarca, que aunque el cancionero cuenta de manera cronológica la historia de amor de Francesco y Laura, la obra “es lírica, no narrativa, y no contiene, en rigor, un relato amoroso, pues la historia de ese amor se construye sobre los sentimientos del poeta y la actitud de su amada. A lo sumo se adorna con algún detalle factual, alguna anécdota que dé más veracidad al conjunto” (p. 40). ¿Pero no es esta forma de contar, publicada por primera vez en 1342, de una modernidad excepcional? La capacidad para romper la barrera del tiempo, de ser ajena a su época y de colarse en la actualidad, de seguir presente, de rememorarse casi en un continuo, es indudablemente lo que la hace un clásico que pervive entre nuestros móviles y redes sociales.
Este estudio apunta en todo momento a esa modernidad, reflexiona sobre su influencia en la poesía y en la literatura europeas, incluida la española, y en la explícita presencia del modo de decir de Petrarca, apoyando cada afirmación en versos entresacados con precisión del original y de la traducción que hiciera Jacobo Cortines, que es además el prologuista de la edición.

- Portada del libro.
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En algún momento podremos pensar que los perfiles de Laura y Francesco nos podrían parecer manidos, abrumados por su repetición tanto en la poesía de éxito, como en la de ripios condescendientes y entregados al amor imposible o posible, que para todo han dado de sí sus 366 composiciones. Pero la lectura de este ensayo hace comprender que los modernos autores, incluidas las vanguardias, tienen su poso en muchas de las metáforas, comparaciones, oxímoros, paralelismos, etc., que se ponen en la boca de Francesco, quizás alter ego del propio Petrarca, o simplemente un arquetipo para alcanzar los laureles del prestigio y la fama, que no cabe duda estuvieron también en su ánimo. “Que la amada de un poeta obsesionado por el laurel (lauro) se llame precisamente Laura ha parecido una coincidencia demasiado rebuscada a muchos estudiosos de Petrarca” (p. 98), y más para un autor para el que la falsa modestia o desinterés por la fama son el envés de su obsesión por procurarse un lugar eminente entre los suyos y la posteridad.
Es ejemplar la disección que hace Martínez Cuadrado de Laura: el cabello crespo y dorado, el rostro agraciado, los bellos ojos claros y luminosos, la boca grana y la risa, sus dientes perlas o marfil, la voz…, la blanca piel, su forma de vestir, las virtudes: “gentil más que ninguna /santa, sabia, graciosa, hermosa y casta” (p. 86), castidad que triunfa ante la muerte. Pero como en toda historia de amor la amada es también arisca y altiva, caduca y despiadada. Nada nuevo bajo las alas del amor.
El estudio de Francesco no es menor: la fidelidad, su exaltación ante la amada, su entrega , el deseo inmutable ante el paso del tiempo (“Toda su alma ardió de amoroso fuego” (p. 128)), la pasión, la tormenta que lo consume, su deseo sexual (interpretado a la luz de la psiquiatría de los siglos XX y XXI pero también a los ojos de sus contemporáneos), el desasosiego, la cárcel del amor… Los versos correspondientes al soneto 134, en traducción de quien ya dijimos, podrían resumirlo: “No encuentro paz y combatir no puedo; / y espero, y temo; y ardo, y hielo soy / y vuelo sobre el cielo, y yazgo en tierra; y todo el mundo abrazo, y nada aprieto” (p. 140).
El minucioso trabajo del doctor Martínez Cuadrado nos ayudará a comprender lo dicho, pero también los lazos de la obra con la poesía que le sucede. Nos hará visibles los hilos que el propio Cancionero establece con la filosofía y el pensamiento que le precedieron o que le acompañaron en el tiempo de conspiraciones en el que se escribe, pues ninguna obra al fin nace y vive aislada. En el Secretum o Mi secreto, otra obra de Petrarca estrechamente relacionada con el Canzoniere , y al que se recurre necesariamente en este ensayo, recuerda Martínez Cuadrado que el poeta “mira a su interior, reconoce sus contradicciones, sus fracasos, lucha por mejorarse en una batalla llena de recaídas y arrepentimientos, camina inseguro de la mano de sus libros y su conciencia cristiana, es consciente de la brevedad de la vida, de la fragilidad de la voluntad humana y, aunque conoce el recto camino, se aparta a menudo de él, seducido por la irresistible atracción de la belleza de Laura y el laurel de la fama” (p. 35), que son dos de las claves del poemario, de su biografía y de sus misterios.
Al final, como a Martínez Cuadrado, nos queda una duda que es al tiempo la puerta de una afirmación: al “cabo del milenio, cabe preguntarnos si la lectura del Cancionero tiene alguna vigencia o si simplemente nos acercamos a sus versos como el arqueólogo a los rescatados vestigios” (p. 206). Ya hemos dicho que no, que no es arqueología sino modernidad permanente. El ensayista, aunque insista, también responde con amplitud y detalle a la cuestión, seguramente porque sabe que debe hacerlo ante el primoroso mosaico de selecta poesía amorosa, contextualizada con la precisión de una erudición sensible y certera.
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