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A un caballero sólo le interesan las causas perdidas (pero sin exagerar). Nada conforta más un discurso que hablar desde la legitimidad que da el fracaso. Hay una cierta lírica del perdedor. Ni que decir tiene de lo perdido. John Milton tituló su gran poema épico como El Paraíso perdido. No existe proselitismo alguno. Miren a izquierda y a derecha y pregúntense cuántos supervivientes quedan.

Toda ambición se forja en una derrota que duele. Al igual sucede con las cosas hermosas que florecen desde los rescoldos del rencor, de la marginalidad y sus márgenes. De ahí germinan Como el vilano de Vicente Aleixandre o La historia oficial de Luis Puenzo. Obras de fuerte carácter contestario (en el mejor sentido del término "contestario"). El poeta sevillano acabaría ganando el Premio Nobel de Literatura en 1977 y la película argentina se llevaría el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1986.

Empero, en los últimos años se ha perdido la capacidad crítica que tenía tradicionalmente la cultura para cuestionar lo establecido. La cultura ahora es un entretenimiento banal. Hace más de sesenta años, en su ensayo Notas para la definición de la cultura, T.S. Eliot decía que no se podía descartar la posibilidad que en un momento la cultura desaparezca. Hoy, únicamente hace falta pasarse por la Bienal de Venecia o Arco para gritar "¡El rey está desnudo!"

En nuestros días los que practican el bien del ideal de belleza son marginados. Para el débil la moral es un escalón inferior en el pensamiento moderno. Pasolini hizo carrera de ello. Otros ilustres abnegados de la sinvergonzonería pasaron de la apología al vertedero de las ideas. Y no cito a Bukowski.

El adjetivo sádico nos delimita en la idea de poder. Sade era una ácrata total. No tenía intención alguna de erigir un nuevo orden. Su literatura, bastante monótona, por otra parte, es inferior a las expectativas utópicas de muchos de sus lectores con ínfulas de filósofos contestarios.

Por esto, y otras deficiencias más, hemos de acabar con todo malditismo impostado. Masoch y Houellebecq lo agradecerían. 

Personajes rijosos como Bukowski o casposos Emir Kusturica son tan estomagantes como el café con sal. Si bien El sueño de Arizona o Guerra sin cesar son obras estimables, lo único que me interesa de estos tipos son el documental que el director hizo a Maradona (por motivos estrictamente mitómanos) y la canción Polaroid de una locura ordinaria que Fito Páez haría basándose en el relato La chica más guapa de la ciudad.

Está claro que no comulgo con los modernos en sus gustos. Repudio esa pose afectada que les caracteriza. No soporto a sus tótems. ¿Qué decir de ese director pretencioso llamado David Lynch? No hay nada que me interese en esa película enfermiza titulada Terciopelo azul. Me da exactamente igual quién mató a Laura Palmer en esa infumable serie de culto llamada Twin Peaks.

Gustavo Bazterrica (guitarrista argentino de altos vuelos e integrante de bandas míticas como La Máquina de hacer pájaros o Los Abuelos de la nada) le enseñó a un jovencísimo Andrés Calamaro que la única música que merecía la pena ser escuchada era la más linda. Nos consta que el porteño hizo caso y, entre la destrucción o el amor, forjó canciones inmortales que nos salvaron en los peores momentos.

Por eso, a pesar de todas las deficiencias, podremos seguir trasegando porque, como cantara Enrique Bunbury, nos quedan las canciones de Charly García, Fito Páez, Spinetta y Andrés Calamaro.

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