Alfonso X
Alfonso X

Es cierto que se ha abusado de los conceptos de Alfonso X como “rey mudéjar”, de la España de las Tres Culturas y de la convivencia entre cristianos y musulmanes. Se ha hecho en buena medida por motivos ideológicos y proponiendo una burda contraposición con la imagen de una Isabel la Católica, pobre de ella, presuntamente fanática, inquisitorial y terrible que acabaría con la riqueza de nuestro medievo. Pero también es verdad que, en estos tiempos de terrorismo globalizado, islamofobia y radicalización política, algunos se han acomodado en una visión en exceso unilateral de ese fenómeno que habitualmente denominamos Reconquista, quedándose con lo que hubo de conflicto para olvidarse de todo lo demás.

La relación entre la cristiandad y el mundo andalusí fue mucho más compleja que lo que nos quieren hacer creer semejantes simplificaciones. Relación que puede resultar paradójica e incluso contradictoria ante los ojos de quienes insisten en reinterpretar el pasado para dar acomodo a su propia postura ideológica ante el presente; no digamos ya para quienes se empeñan en imaginar a los habitantes de Al-Ándalus, en buena medida descendientes de los antiguos hispanorromanos, como siniestros antecesores de Al-Qaeda o del Estado Islámico, y a los cristianos del norte como primeros luchadores contra la intolerancia islamista.

Lo cierto es que el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada fue el ideólogo de la decisiva Batalla de las Navas de Tolosa (1212) y la primera persona que escribió sobre la necesidad de recuperar la Península Ibérica para los cristianos, pero también el verdadero impulsor de lo que hoy conocemos como Escuela de Traductores de Toledo, promotor de una traducción al latín del mismísimo Corán y responsable de una pionera Historia de España (De Rebus Hispaniae) en la que no solo se considera a Al-Ándalus como parte fundamental de la misma, sino que también se admiran sus logros culturales. Significativamente, se entierra en 1247 con una rica dalmática de seda con preciosas ornamentaciones de roleos, estrellas y atauriques netamente andalusíes e inscripciones en árabe: Rahman, baraka y al-yumn.

Altamente influenciado por Jiménez de Rada, Alfonso X fue incuestionable campeón de la cristiandad, acogió de buena gana el concepto de cruzada, continuó la conquista del Valle del Guadalquivir y comenzó un ambicioso proyecto, a la postre fallido, para extender sus dominios por el norte de África. Pero lo cierto es que su idea para los nuevos territorios era en principio la misma que la de su padre Fernando III: tomar el poder expulsando a los musulmanes tan solo de las urbes más señaladas. ¿Una Andalucía mudéjar? Algo así. Fue la enorme gravedad de la revuelta de 1264, que hoy sabemos duró no varios meses sino dos o tres años, lo que llevó al monarca a tomar la drástica decisión de eliminar a toda la población previa y emprender una repoblación que en muchos puntos de la frontera, entre ellos esa Sharis convertida en Jerez, estaría cogida con alfileres durante décadas.

Por lo demás, Alfonso se mostró visionario a la hora de realizar una profundamente renovadora labor legislativa y administrativa que en buena medida adelantó, con la oposición de buena parte de la nobleza, lo que iba a ser la concepción de la monarquía en siglos posteriores, mientras que sus enormes inquietudes intelectuales le llevaron a recoger a través tanto de Al-Ándalus como de las comunidades hebreas el legado del mundo clásico y del mundo oriental, incluyendo toda la sabiduría de la civilización islámica, y a trasmitir todo ese bagaje de conocimientos a la Europa feudal.

Significativos testimonios de todas estas circunstancias y de otras tan decisivas como sus aspiraciones al trono del Sacro Imperio es el legado artístico de la corte alfonsí, incluso de la de sus antecesores. Alfonso VIII comienza a levantar el Monasterio de las Huelgas de Burgos en estilo románico, pero la cabecera de la primitiva iglesia es una suntuosa qubba almohade. Con Fernando III se terminará un nuevo complejo ya con las depuradas formas del gótico, pero las yeserías del claustro y del locutorio son puro arte mudéjar, como andalusíes son los tejidos en que los monarcas van a ir siendo enterrados en la gran iglesia que servirá de panteón.

La Capilla Real que Alfonso X levanta en la Catedral de Córdoba, antigua aljama, parece que no es una mera reutilización de uno de los lucernarios de la ampliación de al-Hakam II: según las últimas teorías, se trata de un espacio levantado por el Rey Sabio con formas voluntariamente andalusíes. La Capilla Real de Sevilla también se inserta en una aljama previa, pero en este caso no pocos elementos apuntan hacia la corte suaba en el sur de Italia, al menos según las recientes interpretaciones de Laura Molina. Esta misma investigadora quiere ver en la Torre de Don Fadrique un espejo de las realizaciones arquitectónicas que el hermano del rey pudo ver en las posesiones italianas del emperador Federico II Hohenstaufen. El palacio de este infante, hoy embutido en el convento hispalense de Santa Clara, sería para algunos autores el primer ejemplo de arquitectura civil mudéjar en tierras andaluzas. Al mismo tiempo, en el palacio que construye el propio monarca en los Reales Alcázares no solo hay que atender a sus plenamente góticas bóvedas de crucería: la estructura de sus espacios y el concepto de pórtico abierto a un jardín inferior ha sido relacionado por el gran especialista Antonio Almagro con la Dar al-Mulk, residencia privada de Abderramán III, en Medina Azahara.

De esta y otras realizaciones artísticas tendré la oportunidad de hablar el próximo martes 16 de noviembre a las 19:30 horas en la Sala Julián Cuadra del Museo Arqueológico de Jerez, con aforo limitado, dentro del ciclo de conferencias y visitas guiadas que el Centro de Estudios Históricos y el ayuntamiento de esta ciudad dedica al Rey Sabio con motivo del 800 aniversario de su nacimiento. Todo un honor contribuir a poner de relieve la complejidad y riqueza de uno de los reinados más importantes, y más injustamente tratados, de cuantos ha conocido nuestro pasado histórico.

Sobre el autor:

Fernando López Vargas-Machuca

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