La Crítica de Villamarta. Andrés Peña y Pilar Ogalla estrenan 'De sepia y oro' en el XX Festival de Jerez, baile antiguo para bailaores modernos.

Baile: Andrés Peña y Pilar Ogalla. Dirección escénica: Faustino Nuñez. Guitarra: Rafael Rodríguez. Cante: Miguel Soto 'Londro', David Carpio, Inma Ortega 'Melchora' y May Fernández. Palmas: Diego Montoya y Roberto Jaén. Teatro Villamarta. Día: 23 de febrero. Aforo: algo más de tres cuartos de entrada. (***)

De sepia y oro, estrenada en el marco del XX Festival de Jerez, es una propuesta aseada de baile y cante por derecho aunque sin líneas rectas. Un trabajo renovador en el que se suda a chorros y que se sostiene sin interrupción durante sus 90 minutos de metraje sin caer en lo monótono y lo previsible. Preñado de pequeños respiros para la fotografía congelada que sirve de remate a cada número, las piezas se intercalan sin receso. Unas veces sujetadas por el magnífico póker de voces y otras por los movimientos solistas o a dúo de Pilar Ogalla y Andrés Peña. Todo magistralmente hilado por el pulso superlativo de Rafael Rodríguez. Máster en acompañamiento al cante y perspicaz a la hora de rebuscarse para hallar la falseta sorpresiva, esa que marca las diferencias en la música de un espectáculo. Desde ya sugiero la concesión de un premio al mejor atrás en la vertiente guitarrística, un olvido que debería de ser subsanado y que bien puede recaer en esta edición en el tocaor sevillano.

El flamenco tiene dos concepciones: una contemporánea, vanguardista (detesto un término tan pervertido y demodé), y otra tradicional. Dentro de ellas, solo hay dos posibilidades: buenos o malos trabajos; montajes sinceros o engañifas ideadas para la venta al por mayor. Apuestas por la calidad desde una idea sólida y honesta o artefactos para la masa acrítica. Peña y Ogalla, que tras un paréntesis de cuatro años han vuelto a reunirse bajo un mismo espectáculo, apuestan por lo tradicional, pero sin caer en lo tópico, en lo artificioso y en lo banal. Justo es referirnos a que escenográficamente la propuesta no es un derroche de imaginación, pero la sencilla idea de partida, dentro de un formato clásico o tradicional, no solo está justificada con lo que luego vemos, sino que ayuda a engrandecerlo.

El juego con los propios protagonistas en daguerrotipos refleja que el pasado vive en ellos –ahí están el mantón, el sombrero cordobés, la chaquetilla, el abanico…- pero siempre para impulsarlos al futuro. Como subidos al Delorean, Faustino Núñez, ideólogo de la función, proyecta a la pareja bailaora a través de la música y los cantes, construidos a veces con ramalazos –como en la memorable ronda que asumen los cantaores, donde mezclan fragmentos de pregones de las flores, del uvero, romances, seguiriya…- y otras, a base de silencios. Como el pasaje inicial de la farruca donde un inmenso David Carpio se explaya a capella en el tran-tran-treiro para dar pie al paso a dos por farruca de Peña y Ogalla. Tan viril ella como él: tan sincronizados, tan concisos.Se repiten efectos ya vistos en espectáculos anteriores como A fuego lento, el silueteado para remarcar un par de estampas; y aunque es de agradecer las cesiones al protagonismo de toda la compañía –y cuando decimos toda es toda, incluidos los palmeros-, no hay mucho riesgo ni originalidad en general en la puesta en escena. Algo que no resta un ápice al hecho de que De sepia y oro sea un espectáculo redondo, capaz de no llevarnos al bostezo por su gran calidad artística y, al mismo tiempo, mantenernos expectantes por saber qué revelará la siguiente instantánea.

Andrés Peña está pletórico en toda la función. Desde Órdago a la grande, donde reapareció en solitario, el jerezano parece haber ganado en confianza, reposo y madurez. Arrojado en unos tientos tangos de vértigo –cuando todos le esperábamos en la soleá-, ofrece una auténtica exhibición en el cierre de la obra por bulerías. No es un fin de fiesta sino un rotundo y fibroso homenaje al baile por bulerías de Jerez. Un estilo a menudo maltratado y relegado a mero divertimento como coda final. En cambio, el bailaor lo cocina sabroso y calórico, no apto para hipertensos, y da a la bulería un sitio medular como broche de oro al espectáculo. Zapateo empastado en el sitio, brazos que rugen, puro nervio bailaor. Brutal.

Si Pilar Ogalla es una fiesta en las alegrías, lo suyo en la soleá nos coloca ante una bailaora de raza, capaz de conmover y agitar en cada movimiento. Aunque para conmoción, la rumba que se marca la simpar Melchora Ortega, una suerte de Carmelilla Montoya a la jerezana que canta, baila… y no se la pierdan. Rodríguez hace de Pescaílla, guitarra en mano, y los palmeros –fantásticos toda la noche Diego Montoya y Roberto Jaén- la arropan para que no se resbale con tanta sal derramada por la tabla. Todo forma parte de un reguero de fotografías de un álbum elegante y bien seleccionado, ya sea con los tanguillos de May Fernández precedidos por el eco inmortal de Mariana Cornejo, o con la guajira que un refinado Miguel Londro canta a Ogalla. Un repertorio, en suma, de añejas postales que repasamos como en un hipotético viaje hasta esa especie de selfie final en el que esta pareja de artistas con rabioso presente entran en total simbiosis con el pasado más esencial.  

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