Detalle de la cubierta de 'Tapar los espejos', de Rosario Troncoso.
Detalle de la cubierta de 'Tapar los espejos', de Rosario Troncoso.

Lo primero que llama la atención del último poemario de Rosario Troncoso es su título: Tapar los espejos. Una antigua tradición que se utilizaba cuando alguien fallecía en una casa. También es símbolo de soledad. En sentido literario se dice que, enamorada de Orfeo, la muerte del poeta se adentraba por el espejo para verlo dormir. Se supone que es por allí por donde entra y sale la muerte.

Descubrí la poesía de Rosario Troncoso con El eje imaginario. Desde entonces, he seguido su trayectoria y he descubierto su evolución.

No sería objetivo decir que es su mejor obra, porque todas tiene una calidad excepcional, pero sí creo que nos hallamos ante su poemario más maduro. Y, en esta madurez, queda reflejado —como nunca antes— un dolor no muy lejano que la poeta exorcisa a través de unos versos cargados de desengaño, vacío, nostalgia... De hecho, si tuviese que describir en una sola voz estos poemas, utilizaría el hermoso vocablo portugués tan habitual en la obra de Pessoa: Saudade.

«No importa si contigo llego al fin del camino con las esquinas rotas», nos dice. En efecto, también existe ese toque de pesimismo en cada una de sus líneas que, por otro lado, no dejan de crear la belleza serena y profunda que todo buen poeta es capaz de engendrar. Y, en este caso, ella consigue que el desengaño y el fracaso amoroso sean definidos con unas palabras elegidas con tal precisión y pulcritud que llegan a mitigar sutilmente algo tan amargo como es el desamor.

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La autora, con su último poemario.

Sí, porque estos versos forman parte de una catarsis que ⎯a veces⎯ y a pesar de su canto doliente, tienen el efecto sanador de los antiguos griegos, quienes purificaban su alma mediante la liberación personal. Como el ave fénix, hay una cierta esperanza en estas frases desgarradoras donde también descubro un atisbo de esa Silvia Plath que ambas admiramos.

En esta obra, además, nos deleita con algunos haikus deliciosos que, aunque en la misma línea de tristeza velada, no dejan de seducirnos a aquellas almas melancólicas que, convertidas en lectores de Rosario Troncoso, amamos su poesía.

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