Reseña de 'En el último valle' de Juan Jorganes Díez

Las imágenes de Luis Ruiz Padrón remiten a esa condición humana capaz de aunar en el mismo espacio, el concepto y su antónimo, el amor y su pérdida

Ilustración de Luis Ruiz Padrón.
Ilustración de Luis Ruiz Padrón.
30 de marzo de 2026 a las 13:20h

Probablemente, por costumbre o deformación profesional, las lecturas de la colección Relatos del desertor del presidio las realizaba, primero con el texto y luego con la imagen, apreciando en su conjunto esa magnífica combinación que sellan las ediciones de Pedro Tabernero. El goce es el mismo, invirtiendo el proceso. Detenerse en las casi cincuenta ilustraciones para imaginar cuál podía ser el relato.

Dibujos que captan luz y movimiento, oscuridad y quietud, paisajes, siluetas humanas, bodegones tan singulares como novedosos (botas camperas y zapatillas deportivas), una paleta de colores que va de lo seductor a lo degradado, de los tonos marrones y azules a los ocres y verdes, que se balancea entre paradojas y escenas amorosas, que refleja la soledad y la desolación, el miedo y ciertas formas de deshumanización, una atmósfera incluso opresiva, resaltada quizá por acuarela y pastel, cuando se desliza por imágenes bélicas, mitológicas o directamente de naturaleza maltrecha y muerte de animales.

Un estilo ciertamente distintivo. Colores cálidos y fríos que contrastan con la calidez, por ejemplo, de la portada que transmite esperanza en el abrazo entre dos figuras femeninas. Otra ilustración representa a unam mujer rubia de espaldas, mirando por una ventana abierta y, con ese sencillez pictórica tan aplastante configura todo un abanico de preguntas y dudas. La luna es un símbolo que encarna a la perfección esos dobles planos.

Las imágenes de Luis Ruiz Padrón remiten a esa condición humana capaz de aunar en el mismo espacio, el concepto y su antónimo, el amor y su pérdida, el agua, los manantiales, las zonas áridas, la guerra, los conflictos de la naturaleza, los encuentros y desencuentros, la belleza y la desolación.

Sin duda, las inquietudes profesionales y vocacionales de Luis Ruiz Padrón facilitan la tarea de interpretación, pues es arquitecto, profesor del Departamento de Arte y Arquitectura de la Universidad de Málaga, conferenciante, colaborador en periódicos como La Opinión de Málaga y Diario Sur, escritor, investigador y también ilustrador, sin olvidar esa pequeña libreta que siempre lleva consigo para captar fugazmente su entorno que subraya su verdadera pasión, tal es el dibujo. El artista nos lo expresa con mayor claridad: “Cuando desenvaino el lápiz, mi intención no es producir imágenes bellas, sino que es mi manera de entender lo que me rodea: el dibujo me ayuda a mirar, y la mirada me ayuda a desentrañar aquello que hay detrás de la superficie de las cosas".

Esencialmente impactante resulta la ilustración de una especie de casco Brodie sobre un fusil con bayoneta calada en el suelo y rodeado de alambradas, con un fondo púrpura y un edificio en blanco indicando daños y vacío, señalando la guerra y la pérdida, enfatizado si cabe, por colores apagados y terrosos.

Un escritor indispensable como Fernando Abascal señala en su prólogo muy acertadamente los rasgos escriturales del narrador Juan Jorganes Díez. "Nos habla de amores y desamores, de pasiones del cuerpo y del alma, de anjanas y ojáncanos vestidos de humanidad... He aquí una fábula,m en el sentido de argumento, construida a partir de contrastes”. En efecto, Juan Jorganes nos lleva por diversos senderos, especialmente el de un viaje de regreso a la luz, el agua como fluyendo entre espacios atemporales y tiempos sin lugares fijos.

Desde luego, la escritura de Jorganes se distingue por una gran versatilidad que va de la narrativa infantil al ensayo político, pasando por la didáctica y la columna de opinión. Recurre a estructuras sencillas no solo para narrar historias cotidianas sino para fabular con un trasfondo de valores, en particular, la necesidad de humanización. En este mismo relato, sobre la guerra dice “muerte y mierda”. Hay desde luego, un tono analític, crítico y comprometido que discurre por las grandes preocupaciones humanas, el amor, la muerte, la pérdida, la memoria, y una prosa muy cuidada que se distingue por su clara voluntad de comunicación, priorizando los valores humanos.

El verbo adquiere categoría superior en ese anhelo de transmitir la perspectiva universal con la inquietud personal, las contradicciones que bien definen a la condición humana y, en efecto, el relato avanza entre contrastes y rituales, así “comen poco, hablan y beben mucho. Salen cuando cierra el bar. En silencio, sin preverlo, llegan al parque, Pasean, se sientan en un banco junto al estanque”. Acción incesante, con los complementos de los vientos y la inserción del lirismo, que se esencializa en algunos finales de capítulos con lemas que condensan esos ideales de acción: “Primero se sometió paciente a las fantasías del deseo, luego se entregaría hendido a la nostalgia de la pérdida...El calor ahuyenta el sueño, lo rompe en retales de vigilia y dormitar, de pesadillas y trasoñar...”

Otro rasgo que confiere carácter a la narración radica en los personajes identificados no por sus nombres sino por sus dedicaciones, seres mitológicos, una mujer, un vecino, el mecánico, el alcalde, el brujo, el maestro y por supuesto, menganita, fulanito, zutanito. Un relato ciertamente cautivador, que recoge también la figura del desertor, y el ámbito de la poesía señalada en el amor, en concreto, el soneto de Góngora “La dulce boca que a gustar convida”, cuyo último verso irradia el texto “Y sólo del amor queda el veneno”.

Una combinación natural y armónica entre el texto de Juan Jorganes y el dibujo de Luis Ruiz, pues ambos sugieren lo visible y lo transgresivo, un territorio de evidencias e invisibilidades, sueños y realidades, en definitiva, un volumen que merece ser leído y recreado, apreciado y disfrutado.

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Albert Torés

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