Reseña de 'El barón Wenckheim vuelve a casa' de László Krasznahorkai

Es una historia de tiempos pasados y gloriosos, opulentos que contrastan con palacios abandonados, políticos y pandilleros criminales, el recuerdo y la realidad

Laszlo Krasnahorkai, escritor húngaro recientemente galardonado con el Premio Nobel.
Laszlo Krasnahorkai, escritor húngaro recientemente galardonado con el Premio Nobel.
26 de febrero de 2026 a las 18:03h

Admito que no tenía referencias oportunas del escritor húngaro recientemente galardonado con el Premio Nobel. Para resolver dicha carencia, una novela como la que nos ocupa hoy, es el punto de partida. Por cierto, una novela publicada en húngaro en 2016, y, que se traduce a la lengua española el pasado año, con ocasión de la entrega del Premio Formentor de las Letras. La Academia Sueca destacó que era una “obra visionaria y sin concesiones que explora las ruinas espirituales de la modernidad”.

Ciertamente, se caracteriza, al menos en esta novela, El barón Wenckheim vuelve a casa por una prosa densa, ciertamente desafiante y con un rasgo tan singular como es el conformar estructuras narrativas ininterrumpidas o frases extremadamente largas. Una circunstancia que se da no tanto para ensombrecer o extremar la complejidad narradora sino más bien para explorar con absoluta libertad la búsqueda de sentido en esa simbiosis tan europea de experimentación y existencialismo. La historia por sí misma no ofrece grandes obstáculos, pues el barón Béla Wenckheim, ya mayor y habiendo pasado gran parte de su vida exiliado en Argentina, vuelve a su Hungría natal, más que todo para reencontrar su amor de adolescencia. 

Con esa recurrencia acumulativa y casi sin pausa en la narración se logra aunar la atmósfera adecuada para implicar al lector, a veces en aras de melancolía y desesperanza, pero también en pilares de humor, equívocos, y más que un escenario distópico, a buen seguro una decadencia del mundo actual. La novela se ha descrito como una especie de partitura de oraciones que evidencia el ritmo de lectura. No está escrita sobre una partitura musical, pero sí tiene los rasgos determinante de una arquitectura técnica, rítmica y musical, iniciando la novela con un ensayo y un anhelo por conjuntar una orquesta que no va a recibir recompensa, casi en un desdoblamiento entre el novelista y el director de orquesta, acaso “el supervisor, aquel que no genera nada, sino que solamente está presente ante cada nota, soy aquel, Dios lo sabe, que sólo espera el final de todo”.

Ilustración de la portada del libro.
Ilustración de la portada del libro.

De hecho, la novela de 499 páginas se capitula en doble dirección, con pautas musicales “Trrr..., Ram, Pam, Hmmm, Ri, Rom” y señales literarias “Voy a acabar contigo, mandamás”, “Pálido, demasiado pálido”, “Infinitas dificultades”, “A los húngaros”, etc, cerrándose con una colección de partituras, material utilizado, desaparecido y destruido, que en cierto modo, actúan como guías. Su estilo en cierto modo contrasta con las características de un guión, pues algunas de sus novelas han sido llevadas al cine, actuando el novelista como guionista.  Lo que no debería incitar a un sector de la crítica, tan tendente a las clasificaciones, a etiquetar al extraordinario novelista húngaro como un autor difícil. Eso sí, sus parámetros literarios nada tienen que ver con la sucesión de mediocridades, banalidades que parece triunfar hoy en día, no sólo en el ámbito literario.

Laszló Krasznahorkai es un escritor exigente que aborda con cierto tono sombrío, asuntos tan preocupantes como la decadencia social, un mundo cada vez más desintegrado, pero con la presencia de un ironía profunda, sutil y espiritual. Por consiguiente, no es novelista que repita modelos tradicionales, antes bien lo contrario los transforma y logra una novelística reconocible. Desde luego, sus fuentes, Kafka, Beckett, Magda Szabó, Albert Wass, Bernhard, Wodehouse, Sharp, Proust se perciben en su frase de pensamiento contino y tiempo llevado al límite. Antonio Jiménez Morato en su artículo “Electrocución de lo real” en la revista penúltiMa, desentraña con acierto la novela y pone en tela de juicio los  contextos críticos y nos brinda una apasionada defensa de la literatura.

La historia del barón Wenckheim es una historia de tiempos pasados y gloriosos, opulentos que contrastan con palacios abandonados, políticos y pandilleros criminales, el recuerdo y la realidad y sobre todo, una fascinante exploración del tiempo y del espacio como irrefutables componentes que cambian lo real, y a la vez, es un rasgo contructor de su narrativa. El barón, o más bien su aureola de benefactor con gran fortuna no es real, pero el pueblo de provincias con sus concejos, alcalde, comisario y habitantes pretenden sacar partido y beneficios de ello. En la realidad, necesitamos superhéroes o al menos la creencia de mecenas resolviendo todos nuestros problemas.

La ciudad entera a la que pertenece el barón es un espacio y un personaje que genera imágenes de vacío, desolación, miseria. La identidad personal y colectiva es también un espacio sin alma, de permanente conflicto social, con denuncias visibles como el trato a rumanos, gitanos, los pobres. Por tanto, no hay ninguna dificultad, sino el malestar de tener que reflexionar ante tanta injusticia, pasividad y descomposición política. Estamos ante la gran novela europea, donde la condición humana, el paso del tiempo, lo absurdo, el nihilismo evidencia una deshumanización que a lo sumo puede ser esperanzadamente combatida desde la creatividad. El novelista da el primer paso y se ve refrendado por un magistral trabajo de traducción de Adan Kovacsis que la editorial Acantilado ha sabido asumir con visión de futuro.

Sobre el autor

Albert Torés

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