Rescatando del olvido a Amalia Molina: huérfana, pobre, estrella y artista hasta el final

La periodista Ángeles Cruzado, experta en visibilizar el papel de la mujer en las artes, acaba de presentar en la Bienal su trabajo de investigación sobre la genial artista sevillana

Amalia Molina, en el retrato que ilustra la cubierta de la obra biográfica de Ángeles Cruzado.

Escribe José Luis Ortiz Nuevo que Amalia Molina (Sevilla, 1885 – Barcelona, 1956) tenía, como Pericón de Cádiz, el "don del encantamiento" para transitar de manera natural por la miseria y los éxitos. Para salir airosos, ambos, del trance más complejo con apenas una frase escueta repleta de chispa: "Lo que es la vida", le dijo Pericón a Ortiz Nuevo para resumir los avatares de la Molina, según cuenta éste en el prólogo de Amalia Molina. Memoria de una universal artista sevillana (Benilde, 2020). Es el zaguán a las más de 300 páginas que firma la periodista y doctora por la Universidad de Sevilla Ángeles Cruzado Rodríguez (Trigueros, 1976) que sintetizan, tras una ardua investigación de años, una vida y obra que pasó de la nada al todo, y de los más grandes éxitos al más injusto de los olvidos. Una huérfana de padre y madre, pobre de solemnidad, que pasa a ser una estrella de fama internacional "siempre fiel a sí misma", pero que acaba, prologa Ortiz Nuevo, siendo "una desconosía incluso en su cuna que no fue otra que Serva la Barí donde la parió su mare en el Corral del Cristo". 

Cruzado, experta en visibilizar el papel de la mujer en las artes y, especialmente, en el mundo del cine y el flamenco —conviene no perderse su blog flamencas por derecho, creado en 2013—, emprendió hace seis años una labor de arqueología sobre una figura sobre la que primeró oyó campanas y sobre la que luego no pudo parar hasta conocer toda su verdad. Una trayectoria fascinante en el arte que la llevó por escenarios de todo el mundo; a triunfar en 1919 en la Ópera de París, al frente del ballet de Goyescas; a desplazar baúles que no tenían nada que envidiar a los de la Piquer, con telones pintados ex profeso por Zuloaga o Sorolla. A pasear su colección de joyas y mantones de manila por La Habana o México. A encantar serpientes allá por dónde pisaba escenarios.

"Me dedico a investigar a mujeres artistas, más o menos de finales del XIX y principios del XX, y Amalia fue una de las primeras figuras que me llamó mucho la atención. Descubres algo de ella, empiezas a buscar más cosas, y empieza a salir tal cantidad de información que me pareció increíble que esta mujer hubiese hecho tantas cosas y hubiese tenido tanta fama, y que hoy no se conociera o nadie se acordara de ella. Eso fue un poco lo que me impulsó a seguir tirando del hilo... y cada vez me atrapó más", cuenta la autora a lavozdelsur.es al otro lado del teléfono.

Ángeles Cruzado, en un momento de la presentación del libro en la pasada Bienal de Flamenco de Sevilla. Autor: CLAUDIA RUIZ 

Artista precoz y menuda que empieza a probar en los tablaos. Desde principios del siglo pasado, niña prodigio del baile flamenco y la escuela bolera en los cafés sevillanos. Con el salto a Madrid, se convierte en estrella rutilante de los teatros de variedades; y posteriormente, destacó como cupletista, conocedora de los cantes y bailes regionales —hasta del folklore latinoamericano—, y contaba con una visión escénica fuera de serie, sin dejar nada al azar en sus puestas en escena. En el cante flamenco, "practicaba un flamenco refinado, que huía del jipío, y prefería el acompañamiento de orquesta al de la clásica sonanta". "Pocas artistas soñaron siquiera alcanzar la excelencia de una mujer que durante décadas se mantuvo en lo más alto del escalafón, embelesando a los públicos nacionales y europeos con su arte clásico y netamente español", introduce el trabajo de investigación de Cruzado, que ha buceado en hemerotecas internacionales (Estados Unidos, París, Londres...) y españolas (Galicia, Asturias...) para hallar testimonios y documentos sobre la fascinante vida y obra de la Molina, que en los años 20 y 30 conquistó América, desde Canadá hasta el Cono Sur.

¿Cómo ha distribuido su investigación?

Esa ha sido precisamente una de las dificultades del libro, recopilar todo el material. Hasta que no he accedido a todas las hemerotecas y a todos los sitios posibles no he dejado de buscar. Hoy internet facilita mucho las cosas y accedí hasta a la biblioteca australiana. Allí no encontré nada, pero sí en hemerotecas de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña... de cuando estuvo por allí, y luego en España en todos los sitios más recónditos, en hemerotecas regionales de Galicia o Asturias. Casi en todas partes había información sobre ella.

"Es importante que también las mujeres escribamos de flamenco y demos nuestra visión porque a lo mejor nos apetece centrarnos en temas o visiones que son diferentes"

Con todo ese volumen de información, y siendo periodista, habrá sufrido para sintetizar, ¿no?

Sintetizar ha sido super difícil porque quería contarlo todo. Lo primero que hice fue transcribir todo lo que había encontrado, me lo imprimí para seleccionar, me salió un tochaco increíble, y lo que hice fue, porque tengo ya la costumbre, contarlo todo de manera cronológica. Lo dividí en capítulos no muy largos y traté de quedarme con lo que aportaba algo nuevo. Al principio había poca información y luego intenté quedarme con lo que aportaba novedad, sobre sus decorados o cuando empezó a tratar el tema de los cantes y bailes regionales. Saqué varios apartados donde me centro en aspectos especialmente interesantes como las impresiones que trae de América —la parte artística, sus giras y demás, y luego un capítulo donde ella, siempre hablando en primera persona, cuenta qué le pareció aquello, sus vivencias...—, las rivalidades artísticas —era muy respetuosa, intentaba no hablar mal de nadie—, y diferentes temas sobre los que había conseguido más información. 

En este arte casi siempre contando por hombre hasta hace apenas unas décadas, Cruzado defiende que "es importante que también las mujeres escribamos de flamenco y demos nuestra visión porque a lo mejor nos apetece centrarnos en temas o visiones que son diferentes. El que escribe la historia, por muy objetivo que trate de ser, nunca lo va a ser, es imposible". En su caso, la investigadora bromea asegurando que "llevo una doble vida", pues aparte de ser empleada pública en la Junta de Andalucía, tiene otra parte de "trabajo y devoción" donde vuelca sus inquietudes investigadoras y su pasión por el flamenco: lo mismo dando clases en los máster de arte jondo de la Universidad de Cádiz y de la Universidad Pablo de Olavide, que formando parte de la junta directiva de la peña flamenca de esta universidad sevillana. 

Desde que empezó el doctorado hace más de veinte años, Ángeles Cruzado se ha interesado por el papel, a menudo sepultado, de la mujer en las artes. "Antes de investigar en el flamenco había estado estudiando mucho tiempo el papel de las mujeres en el cine. Hay poquísimas directoras de cine y las que hay quedaron olvidadas. Pero pasa también con las escritoras, las escultoras... En el flamenco, además, hay que añadirles el peso de la mala fama añadida a toda mujer que intentase hacer carrera en este ámbito, pues se veía como algo ligado a la mala vida, de los bajos fondos... era un mundo en el que siempre ha estado muy cerca el tema de la prostitución en los cafés cantantes y eso no ayudaba mucho. Luego había machismos propios de la época, y más en un arte tan tradicional como el flamenco".

'Antología de la mujer en el cante', la llave con la que Cruzado aprehendió al flamenco

El flamenco entraba en su casa de Trigueros de forma natural. Oía a su padre, un veterano peñista de la entidad flamenca del pueblo onubense, con sus amigos, entre cantes y guitarras, adorar eso que llamaba arte jondo y que ella veía como una sucesión de rostros desencajados y muy serios. Pero aquello fue calando. Luego llegó, claro, Camarón; Vicente Amigo y, especialmente, la Antología de la mujer en el cante de Carmen Linares. "La afición más fuerte tardó en llegarme, supongo que le ocurre a más gente, y fue con ese disco, muestra muy bien los estilos y es muy didáctico", cuenta Ángeles Cruzado, que reconoce que "tienes que escuchar mucho para ir pillando qué es cada cosa, descubriendo los estilos... se suele empezar por lo más sencillito, lo que llega antes, y cuando llegas a la seguiriya ya llevas un camino detrás". Con el libro de Amalia Molina bajo el brazo, recién presentado en un escaparate tan inmenso como el de la Bienal de Flamenco de Sevilla, no se queja "en absoluto" a su estrella en el año del coronavirus, "pero la verdad que estas cosas te pasan y no sabes cómo ni por qué, te vienen inesperadamente". El libro, que ella misma ha financiado, ha sido "un regalo". "Las cosas se reúnen pero hay que poner de tu parte", cuenta una periodista que nunca sufrió el machismo en el flamenco, pero que sí entiende que haberlo haylo, "aunque no se reconozca". O quizás es que "yo pongo demasiado la lupa", puntualiza una investigadora que tiene la manía de contar cuántas mujeres y cuántos hombres figuran en las programaciones y carteles flamencos. Adivina quiénes ganan siempre en número...

Y en ese andar el tiempo apareció Amalia Molina. En el estudio que ahora ve la luz, la autora onubense confiesa que, finalmente, "me resulta casi tan interesante como persona que como artista, porque fue una mujer luchadora, superviviente, que venía de un ambiente super pobre, se quedó huérfana de padre y madre muy pronto, tuvo que hacerse a sí misma, y todo lo que consiguió fue con su trabajo". ¿Qué enseñanza le deja el personaje? "Es un gran ejemplo, permaneció siempre a fiel a sí misma, creía mucho en lo valioso que era su arte y no quiso renunciar a cantar en español y a vestirse como ella creía que tenía que vestirse. Siempre se mantuvo firme, pese a que en América por ejemplo tuvo muchas proposiciones. En España, en la etapa de las variedades, ella precisamente lo que hizo fue dignificar su arte y ofrecer un tipo de espectáculo mucho más culto y elegante, huyendo de todo eso del deshabillé. Tiene un valor grandísimo".

Grabación de Amalia Molina.

Con tanta dedicación y tanto estudio de su vida y obra, confiesa Cruzado que Molina "ya es casi como si fuera de la familia, he leído todas sus declaraciones y demás, y era tan simpática, tenía tanta chispa…, era una mujer que estaba realmente agradecida a la vida a pesar de lo mal que la trató al principio; y luego, pues la trató bastante mejor pero porque ella se lo trabajó. No le regalaron nada. Y aun así, no mostraba ningún tipo de resentimiento, estaba super feliz, o por lo menos es lo que se trasluce de sus declaraciones. "Ella se fue en busca de fortuna a Madrid en 1904 y la pobrecita mía no tenía donde caerse muerta, pero terminó convirtiéndose en la artista predilecta de las señoras porque era la que vestía más elegancia, con más joyas y lujo, tenía una cantidad impresionante de vestidos y complementos, hechos con su decorado expresamente para cada número". Fue Amalia Molina una sevillana universal que siempre llevó a su tierra por bandera, "la Giralda es más grandiosa que cualquier rascacielos de Nueva York", y siempre dijo que "trabajaría hasta que pudiera ponerse en pie". Y lo cumplió, asevera Cruzado. "Se murió en el año 56 después de un cáncer. Y estaría sin subir a los escenarios algún tiempo desde que se operó y tal, pero sí que trabajó hasta el final. En el año 55, un año antes de morir, celebró sus bodas de oro con el escenario, aunque en realidad se quitaba años y eran más los que llevaba".

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