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La vida es precaria y transitoria. La vida pone cuernos y te traiciona vilmente.

Todas las mañanas mi madre era la primera en salir. Entraba muy temprano a trabajar y nosotros aún dormíamos. A las 8 la casa aún estaba caliente de la noche anterior y las luces de la cocina permanecían encendidas. Recuerdo desayunar con la voz de Iñaki Gabilondo siempre de fondo. Era una rutina placentera. El camino de casa hasta el colegio en el cuatro latas era una fiesta: cintas de Física y Química, Esta boca es mía o Juez y parte. El problema empezaba de puertas para dentro, una vez que entraba a la escuela. Jamás me gustó ir a clase. Nunca fui un alumno modélico. Disfrutaba aprendiendo asignaturas contadas y corriendo detrás de bolitas de pino con mis correligionarios. Sí, nos prohibían llevar balones de fútbol al recreo. Estas medidas tan progresistas poseen grandes ventajas: los chavales se agobian, no se les deja acalorarse y, luego, necesitan competir a ver quién da más la lata. Cada vez hay más diagnósticos de TDAH, cada vez hay más fracaso escolar, cada vez se abren más gimnasios.

Hay escenas estelares en la vida de todos nosotros que nos cambian para siempre. Una mañana de noviembre la escharcha de la mañana jerezana calaba los huesos. Hasta y media no podía entrar dentro del recinto escolar. Siempre era el primero en llegar por motivos estrictamente laborales de mis padres. Pues bien, mientras tanto, mi padre hacía el esfuerzo de dejarme escuchar a Sabina con voracidad. Necesitaba de esa dosis matinal para que no se me hiciese tan insoportable todo. Memorizar sus canciones era mi mayor entretenimiento. Este ejercicio era sumamente útil para recordarlas (y cantármelas) si alguna materia me aburría. Recurría a ese imaginario y cualquier dificultad parecía más llevadera. Aún hoy, muchos años después, sigue siendo así. Bien, aquella mañana de neblina espesa sonaba Siete crisantemos y al llegar a la cuarta estrofa, sentí, por vez primera, cómo el fantasma de la electricidad del que hablaba Dylan en Visions of Johanna aullaba inmisericorde. Tardaría en sucederme pero esa mañana comprendí aterrorizado que el amor, los celos y la pasión pueden condenarte a arder en el infierno sin Virgilio ni Beatriz. 

"Lo bueno de los años es que curan heridas,
lo malo de los besos es que crean adicción;
ayer quiso matarme la mujer de mi vida,
apretaba el gatillo… cuando se despertó."

Contra el insomnio torvo poco puedes hacer. Si aprieta el frío y amenazan con llevarnos a elecciones, asegúrate que tienes la cartera en tu sitio. Con los dientes apretados hay que seguir hacia delante. La vida es este ir y venir del carajo. Y, al fin y al cabo, nunca es para tanto: nadie sale vivo de aquí. Heinrich Heine tiene unos versos al respecto:

"Sólo la muerte habitaba.
Vi una esfinge misteriosa
ante la puerta parada,
cuyo aspecto a un tiempo mismo
atraía y espantaba:
de león era su cuerpo,
de león eran sus garras,
y de mujer su cabeza,
sus flancos y sus espaldas."

La vida no es eso que creemos que es la vida. De niños pensamos que de mayores vamos a comer todo el rato helado de vainilla y ver en bucle Hook. Y no, no es así. La vida es precaria y transitoria. La vida pone cuernos y te traiciona vilmente.

Algunos no nos resignamos. Los cursis (y los estudiantes de sicología) llaman a ese posicionamiento vital Síndrome de Peter Pan. Digan lo que digan, ni yo ni otros ilustres seguidores del dios Pan vamos a dimitir de nada. Vi suficientemente Hook para saber qué me espera a la vuelta de la esquina. Hay que admitir que si nacimos para correr tendremos que pasar largas temporadas en boxes. Mi hermano (o Bruce Wayne) me enseñó que nos caemos para aprender a levantarnos.  

Sobre el autor:

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Daniel Vila

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