El autor
Hoy recibimos en la sección Palabras Mayores a Santiago Sánchez Moreno, aventajado alumno del AUM de la sede de Cádiz, y un talentoso escritor que comparte con nosotros un trocito de su obra. Está en mi Taller de Escritura Creativa, y aprendo de él como de muchos otros alumnos, aunque yo sea la profesora. Lo más bonito de esto es que enseñar es la forma más eficaz de aprender.
Aún recordaba con claridad ese día. Y eso que habían pasado muchos años. Era un sábado por la mañana, no tenía colegio y estaba aburrido. ¡Qué malo era el aburrimiento! Fue a buscar a su madre, la pobre estaba tan ocupada como siempre. Aún así, sacando tiempo de su instinto maternal, se sentó con su hijo en su cuarto y sacó un paquete de plastilina que le había comprado el día anterior. Al principio, no le hizo ninguna ilusión, parecía un rollo, pero su madre se quedó con él un buen rato y jugaron juntos, moldeando la blanda pasta hasta que consiguieron construir algo parecido a una casita de campo con sus animalillos y todo.
Pronto descubrió que era muy poco hábil para formar figuras mínimamente parecidas a la realidad y empezó a frustrarse un poco. Pensando y pensando, se dijo que, en verdad, lo que más le gustaba era inventarse historias que luego intentaba desarrollar con ayuda de la plastilina. Una vez, lo llevaron a un espectáculo de marionetas y disfrutó tanto que, de vuelta a su cuarto, ideó un cuento con ayuda de las figurillas que torpemente modelaba. Era un cuento de amor, basado en esa niña rubia por la que sentía algo que no podía explicar, sentimientos complejos que excedían, con mucho, su pericia con la plastilina. Entonces decidió escribir sus ideas, reflejar en papel lo que hasta ahora sólo existía en su imaginación.
Así concibió su primera obra de teatro. Acto seguido, edificó un pequeño escenario en su mesa de estudio y colocó y movió a sus monigotes con entusiasmo, hasta que se sintió satisfecho con el resultado final. Poseído por un espíritu creativo del que no era consciente, inventó montones de absurdos cuentos, de mundos extraños, de curiosos enredos. Todos tenían algo en común, lo divertido que resultaba escribirlos y luego representarlos con su teatrillo de plastilina. Una mañana, casi por casualidad, habló con su maestro de Lengua de su afición y éste le insistió para que le permitiera leer alguna de sus obritas. Quedó tan impresionado que le propuso representarla en la fiesta de fin de curso. Él se mostró reacio, era muy tímido pero finalmente aceptó y esa obra se convirtió en su primera función con público. Al acabar, entre grandes aplausos, lo empujaron a saludar y la pequeña actriz que interpretaba el papel principal, ¡ay, aquella niña rubia!, le dio un efusivo beso. Su primer beso.
Rememoraba todo esto el día que le entregaban el premio a toda una carrera dedicada al teatro. Evocaba estos recuerdos, no con nostalgia, sino con un cierto pesar por los tiempos actuales, tan poco propicios para la imaginación, tan acelerados para todo, sin espacio para el aburrimiento: un estado mental que él consideraba un auténtico motor de creación. Sin embargo, el fácil entretenimiento que se ofertaba a la sociedad moderna, especialmente a los más jóvenes, pensaba que reducía la creatividad y el ingenio, al ofrecer todo o casi todo en el mundo virtual y nada o casi nada en la vida real. Pero claro, era ya muy mayor y podía estar equivocado.
