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La crítica de 'Moonlight', ganadora del Oscar a mejor película.

Moonlight (Estados Unidos, 2016, 111 min.); dirección: Barry Jenkins; guión: Barry Kenkins, basado en una obra de Tarell Alvin McCraney; fotografía: James Laxton; música: Nicholas Britell; reparto: Trevante Rhodes, Naomie Harries, Mahershala Ali, Ashton Sanders, André Holland, Janelle Monáe…

Dice un personaje de Moonlight que a la luz de la luna las pieles negras, pardas o pálidas despiden todas reflejos azules. Todas son bellas. La cuestión central de Moonlight no es simplemente el color de la piel sino el lugar del individuo en la sociedad. 

El tema no es nuevo, casi nada lo es. Desde Quasimodo, el jorobado de Notre Dame, hasta Joseph Merrick, el hombre elefante de David Lynch —sin contar los muchos Lázaros de Tormes o Cenicientas del imaginario literario— el individuo vulnerable, con una tara que lo aparta de lo modélico, busca hacerse un lugar en el grupo.

Chiron, el protagonista de Moonlight, es negro, pobre, sin abrigo familiar y, además, gay. La tormenta perfecta, una historia naturalista y poética a la vez para un alma acosada en un barrio conflictivo de la soleada Miami.

Moonlight cuenta su vida en tres capítulos, infancia, adolescencia y primera edad adulta, que muestran los esfuerzos de Chiron por buscar su sitio y asumir su sexualidad. Empieza como historia de iniciación a los ritos de la masculinidad y deviene en drama de autodescubrimiento.

Brokeback Mountain trataba de derribar el estereotipo varonil del vaquero de vida azarosa, duro, el jinete cuyo caballo entre las piernas es una prolongación de su inobjetable masculinidad. En Moonlight su director y guionista, Barry Jenkins, rompe igualmente con el estereotipo del thug, el proxeneta, matón o camello negro rebosante de testosterona, dientes falsos de oro, andares de chulo y lenguaje desafiante.

Una puesta en escena naturalista permea la historia mostrando la dureza de la vida en esos barrios negros azotados por el crack, la necesidad constante de pelear para hacerse respetar. Sin subrayar lo sórdido la cámara no deja de moverse inquieta y sin concesiones alrededor de los rostros de los personajes impelidos por una banda sonora airada.Por otro lado Jenkins exterioriza la conciencia de Chiron, o su amigo Kevin, sus momentos de extásis, con unas imágenes poéticas en las que predomina el agua y una música conmovedora que recuerda al Malick de El Árbol de la Vida (la sombra de Malick es cada vez más alargada).

Moonlight ha recibido varios Oscars: mejor película, mejor guión adaptado y mejor actor secundario (Mahershala Ali). Todos son merecidos. Su combinación de drama existencial y denuncia social, el excelente trabajo del reparto, la estupenda adaptación de la obra de teatro a guión cinematográfico, hacen de ella una película de espíritu indie sumamente atractiva y sensible.

Desbancar como mejor película a La La Land, un film de gran presupuesto y espíritu optimista, con un reparto enteramente afroamericano y un mensaje poco complaciente tiene mucho mérito. El año pasado los artistas negros no fueron ni siquiera nominados, y puede haber quien piense que los premios de este año serían una compensación. En el caso de Moonlight esa susceptibilidad no tiene fundamento.

En una sociedad platónica, todos tendríamos nuestro rol preasignado y el renunciar a nuestros sueños individuales solo redundaría en el beneficio y la felicidad de la sociedad. Sin embargo Aldous Huxley mostró en Un mundo feliz que, al contrario que en la colonia de hormigas, poner límites a la expresión de la individualidad conduce al infierno, a la enfermedad social.

El drama de Chiron tiene valor universal. Nos ponemos un disfraz para ajustarnos al papel que se espera de nosotros. Sin embargo a veces es necesario nadar en el océano, despojados de ropa y máscara y mostrar nuestros verdaderos colores.

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