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Nueva sección en Cultura, 'Negro sobre blanco', de la mano del poeta Daniel Vila.

George Orwell amaba el Londres anterior a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial (el socialismo idealizado antes del advenimiento del estalinismo, la ginebra y el café previos al mercado negro y al racionamiento de la posguerra) como Arthur Miller deseaba en Marilyn su lúbrica bestialidad: extrañas razones guían el alma.

A Gil de Biedma le obsesionaba alcanzar en su obra la perfección formal de Verlaine o Guillén. Para ello, el poeta nadó contra la corriente de las modas hasta hallar la perfecta conjugación entre vanguardia y realismo racional. Tras las personas del verbo decide que todo lo que tenía que decir fue ya dicho, que su verso es moneda corriente al fin y que es hora de poner punto y final a su obra.

No es de extrañar que tras dar la vuelta al mundo por dos veces, sacudir la historia del rock a golpe de inspiración y sonido de mercurio, el propio Dylan necesitara volver a casa, fundar un hogar y cortarse el pelo. En 1967 se desmarcaría de la pirotecnia de la sicodelia con John Wesley Harding, un disco adusto de raíces folclóricas y narraciones bíblicas. De nuevo el bardo judío viraba de dirección ante una atónita industria pop acostumbrada a coleccionar juguetes rotos.

Algunos pasan por la vida como Goethe por Italia: sin escribir una línea. Otros son dados a inhalar hasta la tangente de las hipotenusas. Yo, más humilde, soy y aspiro únicamente a tener algo qué escribir todos los domingos.

Al fin y al cabo, queridos lectores, si algo está claro es que nadie sale vivo de aquí.

 

Daniel Vila se define como poeta y animal radiofónico. Autor de El Yugo Eléctrico de Alicia y los poemarios Todo lo peor y Metrópolis.

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