La onubense Rocío Márquez presenta 'Firmamento' en el XXII Festival de Jerez, un recital basado en las composiciones de su cuarto disco, donde colorea el cante en blanco y negro con poesía, mística y denuncia social.

Mucho ha llovido desde que la onubense Rocío Márquez se alzara con la Lámpara Minera hace diez años. En el ínterin, entre millones de cosas, ha tenido tiempo de publicar cuatro discos, elaborar una tesis doctoral sobre la técnica vocal en el flamenco tras graduarse en Educación Musical, ser portada de revistas (El País Semanal, Rockdeluxe...), saltarse los circuitos jondos para recalar en festivales alternativos como Primavera Sound o Monkey Week, debutar como solista en el Shakespeare’s Globe Theatre, viajar a Lesbos a vivir en primera persona el drama de la inmigración, bajar a una mina en Asturias... Otra cosa no sé, pero cuando Rocío Márquez salta al escenario, con esa mirada azul, limpia y radiante, deja claro desde el minuto menos uno que sabe muy bien lo que se trae entre manos. Todo está meditado, medido y no hay nada gratuito. Y esto, desde luego, está ya lejos de los formatos más tradicionales, del sota, caballo y rey de aquellos inicios por las peñas flamencas. De alguna manera, prosigue con la labor de coloreado que muchos artistas jondos han dado a un retrato que en el imaginario del aficionado siempre se tenía en blanco y negro, como de otra época en la que, para bien y para mal, también había duquelas y fatigas dobles sin que existieran cosas como Instagram.

Sin ningún tipo de cadenas que la condicionen, ni prejuicio alguno, pues no proviene de estirpe flamenca que presione y los puristas para ella ya pasaron, la cantaora acude a presentar en el Festival de Jerez un nuevo periplo musical, Firmamento. Sin acompañamiento de guitarra flamenca —toda una declaración de intenciones—, su voz laína y mineral recibe los influjos alucinados y a veces sucios de Proyecto Lorca, un trío que forman el saxo de Juan Jiménez, la percusión de Antonio Moreno y el piano de Dani B. Marente. Son ellos los que componen las melodías flamencas clásicas en una amalgama de texturas que entra de lleno en el folk y el jazz. Todo eso se funde sin complejos y con mucha naturalidad en la garganta y en los ecos de Márquez, que son eminentemente flamencos. Producido por Raúl Refree, el mismo rey Midas que ha iluminado a Rosalía y Silvia Pérez Cruz, y con el asesoramiento artístico de Pedro G. Romero, el mismo que controla el ‘aparato’ escénico de Israel Galván, el disco cuenta con una fuerte carga de denuncia social y política revestida de un lirismo bucólico —a la manera de Gerena, El Cabrero o el Menese que dirigía Moreno Galván— y con un innegable poso flamenco, aunque difuminado por sonoridades de otra dimensión. Pellizcan, pero de otra manera. El fandango Son flúor tus ojos, con letra de María Salgado, es un buen ejemplo de cómo afrontar una denuncia, medioambiental en este caso, sin caer en la consigna, para mostrar, a su vez, cómo renovar y volver a sacar brillo al estilo por excelencia de Huelva. 
El recital empieza con la suite Nana de Sevilla, donde un apunte de la cabal de Silverio se transforma en una plegaria que le sale del alma. Rocío empieza a escarbar en la tierra hasta descender muchos metros bajo el suelo. Con esta letanía, nos lleva al trance y nos acuna envolviéndonos en un manto negro y hondo. No abandona la vía mística cuando en Destierros funde Las coplas del Alma de San Juan de la Cruz con las que llama bamberas de Santa Teresa. Un "vivo sin vivir en mí" tenso, un crescendo que "muere por que no muere". Porque su eco se nos graba a fuego en la atmósfera mágica de la bodega y ya no se olvida. Dialoga la cantaora con sus músicos en unas neobulerías con un puntito cofradiero, Alegrías y pesares, y adapta un romance firmado por la rockera Christina Rosenvinge, Almendrita, donde no solo demuestra su condición marchenera sino también el hecho de ser heredera de otras mujeres a la vanguardia jonda como Linares y Martín.

La marimba y la iluminación violeta nos transportan a un Levante desconocido en el flamenco actual. La minera Tierra y centro parece claustrofóbica pero rompe con un contraste folk —mucho más acusado en la Suite Asturias, que va de las cántigas y las coplas populares asturianas hasta Albéniz— que es un candil fosforescente que da luz a las sombras. Hay un texto de Isabel Escudero, Si yo me duelo, que reinventa los caracoles para hablar de la gran tragedia humanitaria del Mediterráneo, "herida abierta de guerra antigua". Con texto de su puño y letra, Márquez, que antes ha cantado una milonga que no es milonga en Gritos sordos, pasa una jornada de campo en El primer rayo de luz, y de ahí, vuelve a huir de los lugares comunes y las quejas anacrónicas en la seguiriya que da título a su último álbum y a un directo que, con la exquisitez de esta artista, poco dada a la grandilocuencia y lo epidérmico, tiene algo de épico, de efervescente insurgencia, de bendita desobediencia y contestación a todo lo que huela a involución e inmovilismo. Lo peor de las condenas es cogerle el gusto a las cadenas. Lo canta Rocío.

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