'No pausa', el nuevo trabajo de Daniel Doña, encierra en apenas 60 minutos de contención y minimalismo un universo musical y dancístico que funciona con precisión relojera.

Daniel Doña es uno de esos virtuosos y geniecillos en la penúltima generación de renovadores de la danza española y el baile flamenco. Junto a otros colegas de oficio de su misma quinta y con los que ha ido madurando y creando, como Olga Pericet, Manuel Liñán y Marco Flores —este último ha colaborado en un par de movimientos del trabajo que ha presentado en el XXII Festival de Jerez—, el bailarín y coreógrafo granadino convierte los apenas sesenta minutos de No pausa en una maquinaria perfecta al servicio único y exclusivo de la danza. Un ejercicio de estilo, contención y sobriedad donde todas las piezas al final encajan. Plegado a su poder expresivo y a un mestizaje gracias al que lo mismo lo bolero suena a rondeña-fandangos abandolaos, lo barroco se despoja de artificio, y la petenera es un lamento morentiano y posmoderno, la viveza y exquisitez de los movimientos coregráficos se bastan y se sobran para demostrar que, una vez más, menos es mucho más.

Con una escena desnuda, solo jugando con la heterogénea partitura musical —gracias, especialmente, al espacio sonoro que edifica Héctor González, y a la solvente guitarra en directo de Francisco Vinuesa— que sustenta el discurso dancístico y con unas luces muy bien puestas por Olga García —sobresaliente el juego de daguerrotipos que van inmortalizando la panda de verdiales del final, con su puntito folk contemporáneo, sin exceso de tópicos—, Doña consigue convertirse junto a su trío de bailarines clásicontemporáneos en bestias que aran la tierra al son del cante de trilla, o en manecilla con crótalos de un reloj perpetuo que simbolizan los palillos de Cristián Martín. Éste, junto a Cristina Gómez, borda un zorongo diseñado por Flores y que David Vázquez, a veces al límite de lo imposible, acompaña al cante.

Hay pasajes más conceptuales en los que uno piensa que la propuesta puede naufragar, incluso al principio hay un fundido a negro que se eterniza sin saber muy bien por qué, pero conforme va creciendo la danza coral del trabajo orquestado por Daniel Doña la sensación es de que no solo todo está medido sino de que la maquinaria tiene los pies y los brazos tan firmes que no necesita mucho más para convencer. Con limpieza y sin rodeos, las figuras clásicas más académicas se entremezclan con los sonidos más jondos hasta el punto de que, aunque los artistas bailen clásico español o danza estilizada, provocan un efecto óptico que hace que sus mudanzas y replantes se sientan flamencos. Un gran ejemplo de esto es Soujung Youn, llena de gracia al bailar descalza un número de escuela bolera con rondeña-abandolaos al fondo.

Sin prisa pero sin pausa, este nuevo espectáculo de Daniel Doña va calando gracias a una imaginería tan sencilla como efectiva. Una hora de contención y minimalismo que, en cambio, aglutina con naturalidad un universo musical y dancístico que funciona con precisión relojera. Una sofisticada máquina de movimiento perpetuo de apariencia simple que no se frena una vez recibe la correspondiente ovación y cae el telón. En ese momento ya es tarde para borrar de tu cabeza este espectáculo para los sentidos que con apenas nada, tiene todo. 

Sobre el autor:

Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, experto en Urbanismo en el Instituto de Práctica Empresarial (IPE). Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y he coordinado la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Asociación de la Prensa de Cádiz (APC) y de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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