Medio centenar de artistas celebran un concierto-homenaje en Barcelona a la memoria de un cantaor eterno y universal, el día en el que se cumplían siete años de su precipitada muerte.

En 1970, siete años antes de que alumbrara su doble disco homenaje a don Antonio Chacón, el primer gran cliché flamenco que derribó —se puede ser gachó y tener pellizco, se puede ser del Albaicín y saber a Plazuela jerezana; se puede ser Chacón y amar a Torre—, Enrique Morente ya contaba con una peña flamenca en su honor en el barrio del Verdum de Barcelona —hoy Nou Barris—. Fue gracias, entre otros, a Lluís Cabrera, un jienense que tendría tiempo, en los estertores de la noche oscura del franquismo, de fundar en el Raval el Taller de Músics, una escuela de música que hoy, casi 40 años después, cuenta con 200 empleados, 600 alumnos y se ha convertido en todo un referente en Cataluña. Es ahora al frente de este emblemático proyecto cultural y formativo cuando Cabrera, junto a la partitura de Joan Díaz y la dirección de Joan Albert Amargós, ha ideado una misa de difuntos, un réquiem en dos actos, para homenajear, siete años después de su muerte, a su admirado “hermano” granaíno. En demasiadas ocasiones los homenajes, los tributos póstumos, partan del ámbito que partan, suelen sonar a excusa barata para hacer caja ‘a costa de’. Esta vez, el pretexto se sintió sincero, a la vista no solo de la estrecha relación histórica de sus promotores con el sumo sacerdote del cante jondo contemporáneo —tras Camarón—, sino a tenor, sobre todo, del resultado artístico de la encomiable empresa. Con hasta medio centenar de intérpretes en escena durante gran parte de la noche, la sala Barts del Paralelo barcelonés se quedaba pequeña, este pasado miércoles noche, para una invocación in situ y en exclusiva del espíritu morentiano en su más amplio concepto: el del flamenco ortodoxo y el del jugueteo libre y universal por otras calles y avenidas dentro y fuera del flamenco. Numeroso público propio y extraño que quiso presenciar cómo el alma del maestro descendía al escenario a través de un hilo del quejío susurrante de su hijo pequeño, ya pequeño gran cantaor; o mediante el halo de luz cenital que martilleaba la cabeza de Arcángel, desangrado el onubense en el macho de la seguiriya, donde encontró el pellizco. Estaba, de un modo o de otro, con mayor o menor intensidad, en la granaína y taranta, en la soleá y en Los saeteros, que se raspaban a dúo Kiki y Arcángel. Pero también se palpaba su presencia en los silencios, ya en la segunda parte, que exigía la batuta de Amargós. En esos silencios que mediaban entre el éxtasis místico de las tonás de los cuatro cantaores entremezclados (a los dos primeros se sumaron aquí Pere Martínez y Paula Domínguez) junto al fantasmagórico coro, y el estallido casi de fuegos artificiales que ofrecía la pieza Graduale, un crescendo de Coplas de la amistad con el ronco del Albaicín que firma en el programa el propio Lluís Cabrera.

Entre los gritos y los susurros, entre la liturgia flamenca, los silencios sepulcrales y el tañido de campanas que jalonaban Los sueños malos de Machado, se iban amalgamando la alegría que desparramaba en escena el multicolor de una composición musical ecléctica y riquísima, muy jazzística —el contexto lo exigía, pues el espectáculo formaba parte del cartel del festival internacional de jazz de Barcelona—, y la explosión de la fiesta, como en esos recitales flamencos en los que la bulería se abre paso a machete tras la desgarrada y lúgubre seguiriya. Luego llegaba la Despedida lorquiana que cerraba el círculo, que era colofón y balcón abierto que queda tras la muerte para que entren la luz y la vida (y el mito) cada vez que quieran.Y Morente estuvo allí, celebrando la música, la vida y la libertad. Observando el rugir de una espectacular banda que aportó, junto a la proverbial guitarra de Juan Gómez Chicuelo en la primera parte, la banda sonora perfecta de una evocación poética (versos de Benedetti, Hernández, Guillén…) a la memoria de Enrique, y a partir de un réquiem que nunca sonó fúnebre. Y estuvo presente en la mirada por momentos perdida de su hijo José Enrique. Entre tinieblas, como una letanía, lloraba Kiki Morente La guitarra, ese Poema de la seguiriya gitana de Lorca que engarza por cantiñas a partir de los versos de Marinero en tierra, de Alberti, tal y como recogiera su padre hace 25 años en su disco Negra, si tú supieras. Es la declaración de principios de un concierto-homenaje en el que al final se acaba imponiendo la celebración de la vida, la presencia antes que la ausencia —"aunque no estaba la fuente, la fuente siempre sonaba / el agua que no corría volvió para darme agua"—, y con el que se hace más evidente, si cabe, que Morente está más vivo que nunca entre los que aman la música y entre aquellos que jamás desligan arte de libertad artística. Porque, como decía el genial artista, "si pones la voz con corazón, va a sonar; si la pones para ser interesante, no va a sonar".

Réquiem a Enrique Morente. In memorian. Sala Barts. Barcelona. 13 de diciembre de 2017. 21 horas. 1a parte – Alegoría: Arcángel, voz; Juan Gómez Chicuelo, guitarra; José Enrique Kiki Morente, voz. 2a parte - Réquiem : Arcángel, voz; Albert Abad, saxo alto; Ramon Cardo, saxo alto; Santi de la Rubia, saxo tenor; Martí Serra, saxo tenor; Julián Sanchez, trompeta; Òscar Latorre, trompeta; Andrea Motis, trompeta; Joan Palacio, trombón; Sergi Vergés, trombón; Miquel Àngel López, fiscorn; Eduard Prats, fiscorn; Fernando Brox, flauta; Pau Roca, oboè; Carola Ortiz, clarinete; Joel Bardolet, violin; Joan Pérez-Villegas, vibrafono; Marc López, guitarra; Joan Díaz, piano i melodica; Toño de Miguel, contrabajo; Marc Miralta, bateria; José Enrique Kiki Morente, voz; Pere Martínez, voz; Paula Domínguez, voz; Cor ArsInNova-Marc Díaz Callau, dirección; Joan Albert Amargós, dirección; Joan Díaz, composición; Manuel Forcano, selección de textos.

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