Siempre dije que no a las drogas. Desde que entramos (por el bottom, todo sea dicho) en el top Billboard, empezaron a brotar por todos lados. No había noche en la que no me ofrecieran un tripi, una raya o algo peor. Cosas de la fama, pensaba. Ahora entiendo mejor el porqué de todo aquello...

Mantuve la mente más o menos despejada durante la desoladora década de los ochenta. Amigos, colaboradores, socios e incluso una amante no oficial (las oficiales eran otras) sucumbieron a la suma de estrellato, lujos, vanidad, drogas y serviles carroñeros que volaban en círculos sobre ese cóctel letal y sus víctimas. Algunas de esas estrellas son héroes y mártires hoy. Claro... Bastaba que algún critico dijera que apuntabas maneras para que una muerte por sobredosis fuera el camino más recto y seguro para el Olimpo del rock. Pero otros aguantamos con dignidad el tirón, y hoy sólo nos rememoran las emisoras vintage.

Lo de las drogas lo llevaba bien. Otro asunto eran los largos tours, recorriéndonos países y países de arriba a abajo en los incómodos autobuses de gira de aquel entonces. Cuántas veces se oía que el conductor del tal o cual grupo se había quedado dormido (tal vez por efecto de las sustancias que circulaban sin aduanas por el vehículo) y sus integrantes habían fallecido en alguna remota carretera de montaña. Y cuántos accidentes de coche... Yo tenía, lo confieso, cierto pánico a estas cosas, y trataba de viajar lo menos posible: planear bien las rutas, cubrir distancias cortas... No siempre era posible, pero siempre me permitía elegir a alguien de confianza como conductor.

Se supone que estas eran decisiones propias del mánager y otros hombres grises de las discográficas, pero yo me resistía a que ellos eligieran por mí. Me involucraba a fondo para planear giras y seleccionar al personal. Y siempre gente "limpia". A la menor sospecha de excesos, los ponía de patitas en la calle. Era así de prepotente.

Mi obsesión, si se la puede llamar así, llegaba al extremo de cuidar en detalle mi alimentación, especialmente cuando estaba de gira. No se puede estar comiendo todos los días la porquería que los músicos jóvenes engullen entre concierto y concierto: comida basura, grasienta, hipercalórica, interrumpida, eso sí, por pantagruélicos festines regados en buen vino, que son tanto o más insanos que la hamburguesa con patatas del día a día. Nada, nada. Que los otros se cebaran a base de fritos y comida enlatada: yo me cocinaba a mí mismo con verduras frescas y productos de la zona que adquiría en cada uno de nuestros destinos.

Con este estilo de vida, no tan inaudito como parece (muchos otros nombres, más célebres que el mío, se preocuparon por estas minucias), me encontraba en plena forma para dar lo mejor de mí en concierto; sospecho que he prolongado considerablemente mi tiempo de vida. Conservo bien la voz, no me tiemblan las piernas… Lo único que no retengo de aquellos años es el éxito de ventas. A finales de los ochenta parece que se me fue la mano con  la poesía y los sonidos de fusión, como a tantos otros, y mi núcleo de fans se molestó conmigo de la noche a la mañana.

En este negocio, si no te repites estás muerto.

No me importaba demasiado, a esas alturas. Yo mismo era consciente de que había dicho casi todo lo que tenía que decir. La década siguiente lancé un par de álbumes, separados por largos hiatos en los que me enfrasqué en el mayor reto de mi vida: llegar al top 10 de los mejores papás. Mis últimos discos tuvieron tan poco eco, y los primeros se me hacían tan lejanos, que empecé a considerarme el autor de sólo dos obras maestras: Martha y John. Desafortunadamente, así como a las canciones hay que entregarlas, más tarde o más temprano, a las avariciosas disqueras, Martha y John vivían con su madre.

Seguí tirando de las rentas. Invertí parte de mis ahorros en una casa en la costa, donde me dediqué a redactar mis memorias, escribir versillos, descubrir la acuarela y, en general, a repetirme como un obseso que me merecía el descanso. Corté todo vínculo con discográficas y productores: no quería verlos mientras no estuviera grabando o promocionando explícitamente un álbum. Me evadí de aquel mundillo de celos, vanidades y puñadas traperas... Ahora lo sentía tan lejos que me costaba creer que existió una vez. Fue entonces cuando empecé a reflexionar sobre algunos acontecimientos de mis años en ruta. Una seria sospecha medró en mi interior, la sospecha de que durante años había sido utilizado, manipulado de una forma nebulosa que se me escapaba...

No vivía aislado del todo. Leía las noticias, y sabía por ellas que la mayoría de mis compañeros de juerga y de profesión se encontraban en situación delicada. De vez en cuando, alguien fallecía y todos decían haberlo visto venir ("las drogas", "las drogas", era la causa más frecuente). A otros parecía faltarles poco -a juzgar por su aspecto- o bien tomaban más pastillas de las recetadas o se estrellaban ebrios contra una farola. Qué horrible aquella década de los ochenta y lo que hicieron con nosotros... En aquel entonces triunfar requería meter un pie en el ojo del huracán. Todo se volvían ofertas de dudosa moralidad y peor salubridad. La Industria, a la que todos singularizábamos pero que no tenía rostro ni responsable, se había convertido en una máquina de crear adictos terminales a partir de pobres jóvenes irreflexivos. Eso sí, con cada nuevo obituario un fracasado olvidado por el mundo era convertido, tras una farisea campaña comercial de lavado de cara, en un mártir del rocanrol que volvía a las superventas, al menos durante algunos meses.

Pensé mucho en ellos, y en estas cuestiones, antes de que Joe viniera a visitarme. Íbamos a hablar de mi libro de poesía y la posibilidad de musicalizar algunos de los poemas para hacer un disco-álbum. Yo no estaba por la labor porque me parecía una forma atroz de comercialismo discográfico; prefería publicarlo en un sello de literatura. Tenía ya el contacto. Se lo repetí infinidad de veces, pero Joe tenía mucha parla y consiguió calentarme los cascos lo suficiente como para admitir que viniese a verme para "ponernos al día de lo que ha pasado en todo este tiempo...”

Vi venir a Joe a lo lejos, desde la hamaca. Iba vestido, como siempre, de negro. Bromeó sobre mi forma física y le aseguré que no daba un salto desde el último bis. Pronto volvió a embestir con la idea del libro-disco, y yo le volví a dejar clarísima mi opinión. Nos sulfuramos un poco. Le hablé de mis hijos y del último fin de semana que había pasado con ellos. Noté una nota fría en su cordialidad, como si se hubiera preparado un papel o como si quisiera marcharse ya, al no haber obtenido lo que venía buscando.  Cuando volvía de la cocina con dos copas de champagne, sacó una pistola de su gabardina y me disparó.

No volví a ver a Joe desde que salió corriendo del salón. Lo único claro es que erró el tiro, quién sabe si por inexperiencia o porque en el último segundo se apiadó de mí y desvió el objetivo. El tipo había actuado como un autómata durante toda la velada. No supe interpretar si el disparo fue un ataque de furia real o el remate de su "papel".

Aquel incidente fue sólo la primera señal. Dos semanas más tarde por poco me atropellaba una lancha acuática, cuyos tripulantes no alcancé a ver, a escasos kilómetros de la playa. No había pasado una semana de aquello y un camión se abalanzó sobre mí: salté a un lado de la carretera y me preocupé por protegerme la cabeza más que por identificar su número de matrícula. Pero bastó para descubrir un logotipo siniestramente familiar en el lado trasero...

Supe entonces que iban a por mí. Lo que no podía dejar de preguntarme era por qué. ¿Por negarme a firmar el contrato del dichoso disco-libro? No tenía sentido, pues ni siquiera mis últimos discos propiamente dichos, de tenue acogida comercial, se merecerían tal esfuerzo. Tenía que ser algo más retorcido, algo más complejo y siniestro. Sé que Phil Spector amenazaba a sus protegidos con armas de fuego , pero ahora lo veo más como una víctima pudriéndose en su celda que como un sádico verdugo, donde quiera que esté. Quizá a él también le hicieron una jugarreta... No conozco muchos más casos de violencia sistémica hacia los artistas, y ni siquiera del mío estoy seguro.

Cuando ya había resuelto blindar mi casa y no salir de ella salvo en caso de emergencia, alguien le prendió fuego. Tumbado en el jardín, seguía con la mirada las vueltas y revueltas de un pequeño helicóptero que se aproximaba cada vez más, peligrosamente. Me incorporé y lo vi caer en picado, estrellándose contra el techo. Dos segundos escasos después, una explosión por medio de alguna sustancia altamente inflamable contenida en el vehículo. El fuego tardó más en llegar al jardín, donde estaba mi bendita hamaca, que yo en abandonar para siempre el único hogar que tenía.

Ahora me encuentro no muy lejos de allí, en una cueva en los acantilados, escribiendo estas líneas mientras espero el momento decisivo, pues sé que saben dónde estoy. Hiervo conchas y cangrejos con un mechero (¿qué haré cuando se me estropee?) y aguardo la hora de enfrentarme a mi oponente, sea cual sea su forma final. Sé lo que dirán los periódicos, y no me agrada la idea de quedarme en el mundo pasado el día de mi obituario. "Vieja gloria retirada…" "Esquivo y celoso de su privacidad…" "Problemas con su ex mujer…" "Símbolo generacional de los locos ochenta..." Un tributo emotivo en la próxima gala de premios... Luego, subasta de reliquias y el merchandising de la muerte durante una década. La Industria, ese ente anónimo pero con rostro, llenándose los bolsillos. Estaba todo planeado...

Escribo estas palabras para que mis compañeros, especialmente los más jóvenes, vean la trampa a la que están expuestos y se alejen cuanto antes de ese fuego que primero nos calienta y después nos quema. Y nunca olvidéis decir que no a las drogas.

Por favor, decid que no a las drogas.

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído