Un joven Karl Marx en una imagen de archivo.
Un joven Karl Marx en una imagen de archivo.

Marx, el joven romántico

fragmentos

De su obra poética,

recopilada en "Cantos para Jenny y otros poemas"

Mi mundo

¡Ah!, cuando tus labios susurraron

tan sólo una tibia palabra.

Entonces me sumergí en loco éxtasis,

desamparado fui barrido a lo lejos.

Desde lo más profundo de mi alma,

en nervio y espíritu fui afligido

como un demonio, cuando el gran mago

atacó con relampagueante empeño y habló.

¿Porqué deberían las palabras intentar forzarse en vano,

siendo sonido y nebuloso cansancio

que es infinito, como el dolor anhelante

como tu mismo y como el todo?

Concluyendo los sonetos a Jenny

Tómalos, toma estos cantos

en donde todo es melodía,

toma este amor que a tus pies humilde se postra.

El alma, libre se aproxima en rayos brillantes.

¡Oh!, si el eco del canto es tan potente:

para moverse alargado con dulces destellos,

para hacer latir el pulso apasionado que

tu orgulloso corazón erguirá sublime.

Entonces de lejos seré testigo

cómo la victoria te conduce a través de la luz.

Entonces más valiente pelearé por todo

y mi música rugirá en lo alto

transformada mi canción sonará más libre

y en un dulce gemido llorará mi lira.

De la tragedia poética “Oulanem”

fragmentos

nota:

el personaje Oulanem no soporta la depravación de los hombres, y los condena a la perdición, con notable furia poética, en la huella y en el espíritu del Mefistófeles de Goethe. Puede apuntarse que quizás un elemento central de la filosofía de Marx sobre la destrucción de clases hunda sus raíces en el drama romántico.

¡Destruido! ¡Destruido! Mi tiempo ha terminado!

El reloj se ha detenido, la casa enana se ha derrumbado,.

Pronto estrecharé a la eternidad en mis brazos,

y pronto proferiré gigantescas maldiciones contra la humanidad.

¡Ah! ¡la eternidad! Es nuestro eterno dolor,

indescriptible e incommensurable muerte,

vil artificialidad concebida para burlarnos,

siendo nosotros la maquinaria del reloj, ciega y mecánica,

que nos convierte en calendarios del Tiempo y el Espacio,

sin otra finalidad que existir y ser destruidos,

pues algo ha de haber susceptible de destrucción.

Era necesario algún defecto en el universo

¡Ah, tengo que atarme a una rueda de llamas

y bailar gozoso en el círculo de la eternidad!

Si esiste Algo que devora,

saltaré a su interior, aunque destruya el mundo…

Destrozaré con permanentes maldiciones

el mundo que se interpone entre mí y el Abismo.

Rodearé con mis brazos su dura realidad:

Al abrazarme, el mundo morirá sin un quejido,

y se hundirá en la nada más absoluta

Los mundos nos arrastran en sus rotaciones,

entonando sus cánticos de muerte, y nosotros…

nosotros somos los simios de un Dios indiferente.

Ahora, deprisa, la suerte está echada, todo está dispuesto,

y cuanto soñó el poema ilusorio, destruido

¡y cuanto empezó con maldiciones se ha cumplido!

De “Reflexiones de un joven al elegir su profesión”

fragmento

El principio esencial que debe guiarnos al elegir una profesión es el bienestar de la humanidad, nuestra propia realización. No hay que dejar que estas dos cosas se enfrenten en una lucha a muerte, la una no debe destruir a la otra. La naturaleza del hombre es tal que no puede alcanzar su objetivo final a menos que trabaje por el bienestar del mundo. Si actúa sólo para sí mismo, tal vez pueda llegar a ser un científico famoso, un gran sabio, un excelente poeta, pero nunca llegará a ser un hombre verdaderamente grande y perfecto.

Si hemos elegido una posición en la vida en la cual podamos trabajar para la humanidad, no desfalleceremos bajo su peso, porque es un sacrificio hecho para todos. La alegría que experimentaremos no es mezquina, pequeña ni egoista. Porque nuestra felicidad pertenece a millones de personas y nuestros actos perdurarán silenciosa per efectivamente a través del tiempo, y nuestras cenizas serán regadas por las lágrimas agradecidas de los hombres nobles.

De "Escorpión y Félix" -novela humorística-

fragmento

Título original: Skorpion und Felix, Humoristischer Roman, Karl Marx, 1837

Capítulo 37

David Hume afirmaba que este capítulo es el locus comunis del anterior y lo afirmaba todavía antes de que yo lo hubiese escrito. Su demostración era la siguiente: si este capítulo existe, el anterior no existe, pero éste ha expulsado al anterior, del que ha nacido, aunque no como causa y efecto, cosa de la que dudaba. Todo gigante, y por tanto todo capítulo de veinte líneas, deja tras sí un enano, todo genio un estúpido filisteo, toda agitación del mar sucio lodo, y apenas desaparecen los primeros comparecen los segundos, ocupan un lugar en la mesa y con decisión extienden sus largas piernas.

Los primeros son demasiado grandes para este mundo, por eso se ven expulsados de él. Por el contrario, los otros echan raíces en él y en él se quedan —como lo demuestran los hechos— ya que el champán deja un gusto duradero y repugnante, el héroe César deja al actor Octaviano, el emperador Napoleón al rey burgués Luis Felipe, el filósofo Kant al caballero Krug, el poeta Schiller al consejero de corte Raupach, el excelso Leibnitz al maestrillo Wolf, el perro Bonifacio este capítulo.

Así las bases se derrumban como residuos mientras el espíritu se evapora.

 

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