Se acalla el runrún de un público que se avista y reencuentra, se levanta el telón y aparece una novia con un séquito de tipos quietos mirando cada uno a un lado, cual moáis desorientados. Una instantánea que amenaza con un arranque conceptual para el primer show de esta trigésima edición del Festival de Jerez, a cargo de la Compañía de Manuela Carpio… amenaza que quedó en finta. Raíces del alma se llama el espectáculo que tuvo su première anoche, cuyo único hilo conductor parece ser la exhibición de un talento principalmente jerezano, joven y de mediana edad. Los moáis se van reorientando, estalla el movimiento y empiezan las alegrías (de Cádiz). De ahí para abajo, todo raíz.
La bailaora principal, la jerezana Manuela Carpio, de los Moneo y los Carpio, dejó bastante espacio a sus compañeros de Compañía. Nada de esto le impidió horadar las tablas del teatro, derramando flores desde el pelo y girando tanto –en el primer cuadro– que la cola del traje hacía como espuma. Para ella se reservó algo así como la mitad de los números.
Para el resto, escenas como un trinado solo del guitarrista Juan Requena, un tablaíllo de estos en los que las señoras bailan sentadas (hasta que se levantan) o una ronda de martinetes también con su coz. Estos martinetes, con su mención directa al ya proverbial Tío Juane y escenificación de yunque, martillo y un madero que llevaron rodando con el pie, recordaban a los espectáculos de Manuel Morao donde se inició la joven Manuela (La fragua de Tío Juane, Esa forma de vivir, etc.). La ‘raíz’ que da nombre al espectáculo era, probablemente, aquel madero: “Viva la fragua de Jerez de la Frontera, vivan los gitanos, fragua, yunque y martillo”.
En el cante se desempeñaron Miguel Lavi, a quien tendremos ocasión de escuchar el 6 de marzo, Manuel de Tañé y Enrique el Extremeño, afectuoso trío pródigo en abrazos y gestos mutuos. La sensación era la de estar en familia, sensación que se acrecentaba conforme nos adentrábamos en esos finales buleriescos donde se trastocan todos los roles: el palmero baila –todos bailan, en realidad–, el niño Juanito Carpio se pone gallardo e incluso la bailaora principal se lía a cantar, no mucho después del número donde le quitaba la guitarra al maestro José Gálvez (que por cierto estaba cantando). El telón de cierre descendió en plena verbena, ellos seguían, subió el telón, volvió a bajar, un poco más de Macanita, hasta que finalmente ya nos sentíamos impúdicos de tanto espiar el fin de fiesta o su after.
Algunos somos de la creencia de que la ‘raíz’ del flamenco, ese género obsesionado con los orígenes, especialista en genealogías y heráldicas, es precisamente esto: la fiesta encauzada hacia el espectáculo profesional; el constante intercambio entre los géneros musicales de éxito escénico y el sarao del arrabal.
Yo nunca he vislumbrado una “etapa hermética”, ni vampiros ni dragones; para mí resultan de lo más natural estas reconstrucciones de tablaos en un escenario teatral. O esa mesa salerosa de artistas invitados, con brocado de rosa gitana, donde enaltecían el tango Tomasa La Macanita y las no menos tremendas Angelita Montoya y Anabel Valencia, sobre rasgados de guitarra endiablados. El cantaor Antonio Peña Carpio El Tolo brama el Romance de Flores y Blancaflor, que hace santiguarse a Manuel Moneo Barullo, este último maquinando ya una soleá particularmente estremecía. José Valencia canta de pie, como en su casa, poco después de que hubiéramos escuchado: “A mí m’an dicho que viene’ del mono… A mí m’an dicho que viene’ del mono…”. De dónde será que venimos.


