La Crítica de Villamarta. Manuel Liñán presenta 'Reversible', un nuevo trabajo donde vuelve hacer gala de su enorme fondo de armario artístico y de su inusitada destreza para domar la bata y el mantón.

'Reversible'. Dirección: Manuel Liñán. Ayudante de dirección: José Maldonado. Baile y coreografía: Lucía Álvarez La Piñona, José Maldonado y Manuel Liñán. Artistas invitados: José Maldonado y Manuel Liñán. Colaboración especial: El Torombo. Cante: Miguel Ortega y David Carpio.Guitarra: Francisco Vinuesa y Pino Losada. Percusión: Miguel Cheyenne. Música: Francisco Vinuesa, Pino, Miguel Cheyenne, Miguel Ortega, David Carpio y popular. Diseño de vestuario y pintura: José Maldonado. Realización de vestuario: Pili Cordero, Eva Pedraza, Lola Jabonero y Gabriel Besa. Mantones: Artesanía textil. Sonido: Kike Cabañas. Espacio Sonoro: Víctor Guadiana. Diseño iluminación: David Pérez Día: 28 de febrero. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno. (***)        

Manuel Liñán aparece en lo más alto desde el segundo uno. Efervescente en su cénit, con negra cola y mantón. La marca de la casa. Baile trepidante por bulerías para retomar el buen sabor de boca que dejaba aquel número final de su último trabajo, Nómada. Reversible empieza precisamente donde acababa aquel: desplegando sin tapujos la que se ha convertido en la seña de identidad más característica de este bailaor granadino que despacha arrolladora personalidad a cada paso y mudanza. Sin pretenderlo, Liñán ha hecho del uso de la bata y el mantón su imagen de marca. Su destreza es única en el baile masculino pero es que también su nivel al dominar la técnica está al alcance de muy pocas bailaoras actuales. En esta función quizás peque por exceso y haga que la utilización de estos elementos pierda su efecto sorpresivo en el espectador, pero no deja de ser asombroso cómo maneja con inusitada solvencia y categoría una suerte tradicionalmente reservada para la mujer.

Si Matilde Coral, la gran maestra en este terreno, reeditara su Tratado sobre la bata de cola tendría que hacer mención aparte a este menudo coreógrafo capaz de domar esta indumentaria como si fuera parte de su propio cuerpo. Era la propia bailaora trianera la que explicaba que la bata estuvo en peligro de extinción ante el empuje en los 90 del gusto de las mujeres por el baile en hombre, con pantalón. Quién sabe si Liñán ha marcado la senda para que, de forma reversible, suceda justo lo contrario unas dos décadas después. Es en el número por cantiñas y alegrías, un pas de deux irresistible entre el bailaor y Lucía La Piñona, donde no solo se explicita aquella reflexión de Coral sino donde el montaje hace honor a su título. Convertido el espacio central del proscenio en una especie de ring, con cuerdas para saltar la comba, ambos intérpretes intercambian sus vestuarios: ella con cola y él con pantalón y, luego, justo al revés, dentro de un bonito y etéreo juego que constituye la pieza conceptual más lograda del espectáculo. Esa donde se habla de las múltiples y reconocibles identidades y donde se supera el concepto de género para escenificar ese combate de lucha libre en pos de la igualdad entre hombres y mujeres, en la vida y en el arte.El bailaor asegura en la previa que el montaje pretende derribar prejuicios, recuperar la inocencia perdida y aquella memoria iniciática simbolizada especialmente en el mundo de los juegos infantiles. Reversible apunta ideas, revela hallazgos interesantes y despliega a tres bailaores-bailarines estupendos como el propio Liñán y sus invitados, José Maldonado y La Piñona. En cambio, el discurso narrativo flaquea y el concepto escénico no termina de entenderse bien, salvo en la reseñada secuencia. La función va de más a menos. Si el folklórico paso a dos entre el granadino y Maldonado es un sugerente flirteo con una soga dentro de una coreografía muy trabajada y diversa -muy presente el espíritu de Mario Maya-, a medida que avanza el trabajo la intensidad va decayendo.

Unas letras populares romanceadas por las solventes gargantas de Miguel Ortega y David Carpio, y un solo con una composición del guitarrista Francisco Vinuesa, sirven para las transiciones del espectáculo, que también incluye un número a dos de La Piñona y Maldonado por una guajira casi íntegramente instrumental que es a ratos deliciosa. Con exquisito vestuario, destellos que recuerdan al juego de la lima y preñada de candidez y delicadeza. Punto y aparte merecen los tientos-tangos de Liñán. Núcleo central del espectáculo y un número en el que el granadino lo hace todo bien, se gusta y nos hace vibrar del paseíllo a la escobilla. Con el cante a capella de Ortega, el artista se revela como bailaor total. Si con mantón y bata de cola es un maestro, su reversibilidad le permite bailar en hombre -que diría don Vicente Escudero- como si de un macho alfa se tratase. Acentuado, plástico, armónico en pies y brazos, pero también procaz y seductor con hombros y caderas. Imposible adivinar los pasos de este enorme bailaor con un profundo fondo de armario y un repertorio prácticamente inabarcable.

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