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"La gente me señala, me apuntan con el dedo, susurra a mis espaldas y a mí me importa un bledo.

Qué más me da si soy distinta a ellos, no soy de nadie, no tengo dueño".

"¿A quién le importa?" de Alaska y Dinarama. Año 1986. Para muchos, el himno de la Movida madrileña. La expresión más sincera de la incomprensión generacional que sufrían los jóvenes españoles de los años ochenta. ¿Sólo ellos? En honor a la verdad, Alaska era la última en subirse al carro del gran tema recurrente del pop-rock español: la soledad del joven rebelde  frente a una sociedad enferma, una sociedad que acababa de reponerse de cuatro décadas de fatiga. Sí, los británicos también tenían su "My Generation" o su "Rebel Rebel", pero seamos sinceros: el corte de pelo que en Londres escandalizaba dos semanas y pico, aquí podía llevarse durante años sin dejar de ser (literalmente) el último grito. Lo más peculiar de la rebeldía made in Spain era el tono melancólico que podía llegar a adoptar. Mientras ellos se jactaban de su insubordinación, dispuestos a comerse a quien se les pusiera por delante, nosotros no podíamos dar más pena.

"Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír.

Yo soy rebelde porque siempre sin razón me negaron todo aquello que pedí y me dieron solamente incomprensión".

(Jeanette, 1971)

El psicoanálisis de los rebeldes españoles tendía al masoquismo, como vemos, cuando no a una amarga recriminación. Mientras en Europa sentían el frío viento de la libertad y se involucraban hasta el fondo en sus subculturas juveniles, aquí aquello se llevaba como una cruz, hasta el punto de que saltábamos en lágrimas a la primera oportunidad, cuando no en un arrebato de furia. Dos caras de una misma moneda: mientras Los Salvajes aderezan con mil exageraciones "Mi bigote" y el Dúo Dinámico presume de "Mi guitarra eléctrica",  Seres y Sueños exigen (o suplican) "No te metas en mi forma de vestir" y Olé Olé parecen demasiado seguros de que van por el buen camino:

"No controles mi forma de vestir porque es total y a todo el mundo gusto No controles mi forma de pensar porque es total y todos les encanta".

(Olé Olé, 1983)

Las palabras mágicas, como siempre que alguien se molesta por algo: No, si "a mí me da igual".

"Todos ríen de mí por ser como soy y por ir como voy. A mí me da igual."

"Yo nunca seré un hombre así como tantos, por ser feliz con mi canto, por renunciar a vivir de forma vulgar, como los demás. A mí me da igual."

(Agamenón, 1975)

Los mártires de la nueva religión no sólo nos proveían de innovaciones musicales y una estética rompedora, sino que también, como todo santo que se precie, nos prometían un mundo nuevo y mejor. Pero aquí todo el bosque era caspa, y por eso no sorprende que las canciones adopten la forma de una terapia por parte del que canta.

"Hoy te he visto por televisión, se quejaron de tu educación, mis viejos me miraron con cara de preocupación.

Sid, Sid, Sid, voy a teñir mi pelo, te recordaré en mi cazadora de cuero".

(Farmacia de Guardia, 1982)

Las coloridas imágenes de aquel mundo libre y apasionante más allá del cinturón de castidad de los Pirineos nos servían de consuelo en los momentos más amargos, cuando todo parecía perder el sentido. Aparte de eso, sólo nos quedaba mirarnos ante el espejo y darnos un par de palabras de aliento.

"Por una calle camina un hombre, cabello largo, un hombre joven. A sus espaldas murmura el mundo. Él sigue andando, va muy seguro.

Lucha por tu vida, gente joven que me escuchas. Lucha por tus sueños, por ser libre, por tu música.

El tiempo pasa, el odio muere y las costumbres son diferentes. Los niños crecen, serán distintos porque los padres no son los mismos."

(Lone Star, 1972)

En el último verso tal vez se equivocaba. Porque muchos de esos padres reprobadores y severos, los que tanto hacían sufrir a los sensibles rockeros de la Movida, se habían formado en guateques y fiestas yeyé donde el tema de la incomprensión de los mayores aparecía en toda su novedad. Esos viejos que miraban con preocupación al punkie de su hijo a la hora del almuerzo seguramente corearon, en sus años mozos y cubata en mano, versos como los siguientes:

"La gente en general no se preocupa en comprendernos, son los no conformes los que pueden dar motivo entre nosotros de lucha y odio".

"Eso no me agrada en absoluto."

(Micky y Los Tonys, 1966)

"Nadie me entiende, no sé por qué será... Pero soy feliz cantando así, hablo abiertamente sin temor, con mis pensamientos creo en el amor"

(Los Pasos, 1968)

Puede que, precisamente por haber estado allí, esos padres hipócritas quisieran ahorrarles los mismos peligros y desengaños a sus retoños. Puede que un porrito no fuera lo mismo que una raya y supieran que la Movida nos deparó el mayor número de caídos en combate desde la Guerra Civil. O puede que, simplemente, hubieran perdido la lucidez de tener quince años.  

Sobre el autor:

Óscar Carrera

Estudió filosofía y estética en las universidades de Sevilla, París y Leiden. Autor de 'El dios sin nombre: símbolos y leyendas del Camino de Santiago' (2018), 'El Palmar de Troya: historia del cisma español' (2019), 'Mitología humana' (2019) y la novela 'Los ecos de la luz' (2020). [email protected]

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