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La esencia de la ‘casa Mijita’

José Carpio Mijita. ‘La Plazuela en estado puro’ (La Bodega – Instituto Andaluz del Flamenco. 2014)

Es nuevo pero suena a viejo. No sé cómo explicarlo. Este disco es una declaración de intenciones, desde su título hasta todos y cada uno de sus cantes. Hasta el dibujo que ilustra el fondo de la portada, obra del tocaor Antonio Higuero y que decora el escenario de la peña La Bulería, es una síntesis del sonido de barrio antiguo que destila. Sin concesiones, rancio a más no poder. Suena a otro tiempo, suena a cuarto cabal. Y eso, de entrada, ya suena bastante bien en los tiempos que corren, tan dados a lo gratuito y al efectismo facilón. Ya habíamos oído a José Carpio Mijita en la grabación Nueva frontera del cante de Jerez hace seis años o así. Aquella fue una reunión de un notable ramillete de algunas de las de por aquel entonces jóvenes promesas (hoy en muchos casos felices realidades) del cante jerezano. Hasta llegar aquí, su primer trabajo discográfico en solitario, comprobamos una franca evolución. Allí ya se vislumbraba esa voz de joven cantaor que, podría decirse, nació viejo, pero ahora su poso y jondura han alcanzado una nueva dimensión. Un punto más de solera, que, desde luego, tiene que seguir criando y reforzando en el futuro. Tiempo hay por delante.

Curtido en reuniones familiares, recitales y participante de diversos espectáculos desde niño, su voz, con poco más de 30 años, es portadora de genética pero también de una larga cadena transmisora (Tío Chalao, Tío Berenjeno, El Garbanzo) que ha ido curtiendo la garganta y el metal que hoy es. Y que él, por descontado, ha preservado inteligentemente. El título de su primera colección de cantes, como decimos, no es en absoluto gratuito. Su eco es puramente plazuelero y sin rodeos. Rezuma, salvando las lógicas distancias, lo mejor de las sagas y dinastías cantaoras de La Plazuela: desde Torre a Agujetas, pasando por Moneo y Rubichi. Pero también ciertos ecos que prueban la mixtura de unos cromosomas que también transportan a Santiago. Hay verdad, historia y tradición en este trabajo. Diez cortes, dos de ellos por bulerías con denominación de origen y los eternos ecos de Tío Chalao, con el acompañamiento siempre en el sitio de Domingo Rubichi, componen un disco de cante clásico, tradicional si quieren, pero con sabor a caldo gran reserva.

La seguiriya Al rayar el día es probablemente el epicentro de un álbum con escasos altibajos, honesto y directo al meollo de los cantes básicos de la tierra. Pero también arriesgando con una esforzada malagueña y una notable taranta. Imprimiendo siempre un sello claramente marca de la ‘casa Mijita’, José Carpio rinde homenaje a su familia fragüera con toda solemnidad e incluso invita a su padre Alfonso en las bulerías que cierran el disco, donde también mete los pies en sus inicios Carmen Herrera, joven y prometedora bailaora de San Miguel. Producido por el estudio de Josema Pelayo -impagable labor la que está llevando a cabo en la promoción de los jóvenes y efervescentes valores jerezanos-, no tiene pinta de que El Corte Inglés vaya a vender muchos ejemplares de este disco del que brota tanta pureza desde la primera escucha, pero ¿saben qué les digo? Ni falta que hace.

Flamenco espectral y de verdad

Antonio Agujetas y Moraíto Chico. (La Bodega - Instituto Andaluz del Flamenco. 2015)

Desde Canarias nos envía Salvador Román 'Pali' toda una rareza que él mismo ha pergeñado y que viene a poner un gran colofón para el último año vivido por Antonio Agujetas, prácticamente desterrado del cante hasta hace no tanto -salvo cuando su padre le daba el sitio en sus propios recitales- y que tras hacer vibrar a la afición en la peña Los Cernícalos, incluso pudo participar de la última (aunque descafeinada) Fiesta de la Bulería. Junto al toque inmortal de Manuel Moreno Moraíto, estamos ante una remasterización de un disco grabado hace justo 20 años.

Además del paso a digital en los jerezanos estudios de La Bodega, 'El Pali' añade dos cortes más, una seguiriya con sitar hindú y el curioso romance del rey Moro con violín, que el propio Antonio intercala con la narración de una historia de la que chorrea tristeza milenaria. Dos adiciones que aportan un toque aún más étnico, si cabe, a un disco tormentoso, áspero y que suena casi espectral. Abre por toná, rotundas, de ultratumba, y cierra por austeras bulerías. Unos tercios que saben a sangre, con llagas y cicatrices del caballo. Un cante hablado, llorado. Quizás fuera Lou Reed si hablará inglés.

Por medio, dos seguiriyas, un taranto, soleá, carcelera, fandango y soleares. Todas impregnadas del misticismo y la solemnidad al afrontar los cantes heredada de su padre. Su gran mentor y guía, el maestro de un cante que él exhibe de forma casi naïf, tan sincero que duele. Porque como defiende Manuel Agujetas, "el flamenco es mentira". Una mentira, paradójicamente, ronca de verdad. En aquella entrevista que concedió a La Voz del Sur, relataba el viejo Agujetas: "Este muchacho quiere que la gente le diga que es mejor que su padre, ¿entiendes? Un hombre con cerca de 50 años. Chiquillo, ya te lo dirán. De aquí ha salido llorando. Se fue curando de la droga poquito a poco, lo están llamando, lo han llevado a tres o cuatro lados a cantar... Ahora que se está curando yo le digo: Antonio, eso no es así, es así. Y a veces sale llorando. Donde se lo puede decir su pare es aquí". Esa experiencia en primera persona que atesora desde hace décadas se vierte por entero en este disco remasterizado que es casi una reliquia de colección. El flamenco será mentira pero he aquí una gran oportunidad para escuchar cante y toque de verdad. En el más amplio sentido de la palabra.

Ya ven, los chicos, que dirían los Who, están bien.

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