'Llumantia ilíquida (The wavering blaze)': poesía para respirar la luz a diario

La poesía de Mónica Velasco es una poesía de recorrido, precisa, escueta, sin sobrecargas estériles y casi siempre llena de los ecos innegables de la tradición clásica, a la que tantos detalles la unen

'Llumantia ilíquida (The wavering blaze)': poesía para respirar la luz a diario.

Dice Mónica Velasco, la autora de este poemario, que este título de sonoridad y reminiscencias latinas, Llumantia ilíquida,  es en sí mismo un poema, una onomatopeya que nace del juego con las palabras, las que ella ha elegido para contarnos que estos versos quisieran tener la “capacidad imprecisa o incontable de (la) luz”. Pero quizás el sentido de este libro, si eso fuese posible, queda resumido en los pocos versos del poema que titula Poética:

Aquí. A la luz del verde intento.

Desafiando el monto

de mí misma. Solo agua soy.

Me aproximo al abismo de la hoja.

Me incide el rayo.

Hecha la aclaración primera, conviene decir que este título, como la de tantos poemarios, no tiene un significado literal, que es lo que ocurre casi siempre con la poesía, y hasta con la literatura, donde las palabras adquieren el valor de la creación, de la sugerencia, del susurro o del crepitar del fuego,  para alcanzar vida por sí mismas y alejarse del significado que se guarda en los diccionarios. Pero continuando con ese mismo juego con el lenguaje, ahora, casi dos años después de su primera edición, editorial Amarante ha publicado una versión bilingüe en inglés bajo el título The wavering blaze, que sin pretensiones me permito traducir como “La luz vacilante”.

'llumantia iliquida'. Ediciónn bilingüe. 'The wavering blaze'

La poesía de Mónica Velasco es una poesía de recorrido, precisa, escueta, sin sobrecargas estériles y casi siempre llena de los ecos innegables de la tradición clásica, a la que tantos detalles la unen. Cada poema es como un peldaño en el viejo camino de la vida, y la correlación de los versos parecen responder a esa necesidad íntima de reconocer la senda que transita la heroína que somos todos siempre. Reflexiva, pausada, dejándose llevar por los pasos del caminante con el que la poetisa se identifica y en cuya existencia se recrea, con la finura de las palabras exactas, cada poema es un pequeño jardín escondido, una habitación secreta en la que a momentos se permite la licencia de la antítesis o del contraste de la sensación y del pensamiento, para hacerlos poesía:

Soy la mujer abierta, el cuerpo abierto, mi sangre.

Soy la noche y la arena, soy la extensión de los desiertos.

Soy canto y hoguera, incendio desmedido.

Agua soy.

Abrir las páginas de Llumantia ilíliquida es dejarse llevar de la mano hacia paisajes y momentos que seguramente formaron parte de la vida de la autora, pero que al tiempo que se hacen versos, se comparten para hacerse piel en nosotros mismos, para construir, habitación a habitación, poema a poema, el gran edificio del libro. Con la agudeza y la sutileza de los pasos dados con sensibilidad y ternura, cruzar por estas páginas es hacerlo por una tierra de gozos y luces en las que persiste la claridad azul --no necesariamente siempre presente, tal como ocurre en la vida-- de los cielos y los mares, los mismos a los que levanta la mirada o en los que navega a la espera de saberse parte del viento y del tiempo: “He buscado tu  nombre/ tallado en la corteza del viento/ y la he sentido respirar”, revive en estos tres versos de intensa emoción esta poeta castellana.

Tiene el poemario además la esperanza del peregrino, la fe de quien espera ver ante sus ojos el final del trayecto, el dulce de las uvas, la rudeza de la encina, la fuerza de las piedras, el canto de los pájaros que no se olvida, el trasiego incesante de los mares vividos… Y todo confluye en el corazón de las palabras, tan levemente acicaladas para la fiesta de su poesía:

Quiero llegar a esos días claros

creyendo en la alegría,

tal vez con pocas certezas

pero con las necesarias.

Haber vivido mucho, amado

hasta la médula.

 

Hoy ya daré las gracias

por el don de la belleza

que duerme a mi costado.

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