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La chica danesa está basada en la novela homónima escrita por David Ebershoff que narra la vida de los artistas daneses Einar Wegener y su esposa Gerda Waud en el Copenhague de los años 20. 

La chica danesa (The Danish Girl) Reino Unido, 2015. Dirección: Tom Hooper. Guión: Lucinda Coxon (basado en una novela de David Ebershoff). Fotografía: Danny Cohen. Música: Alexander Desplat. Vestuario: Paco Delgado. Intérpretes: Eddie Redmayne, Alicia Vikander, Amber Heard, Ben Whishaw, Matthias Schoenaerts.

La chica danesa está basada en la novela homónima escrita por David Ebershoff que narra la vida de los artistas daneses Einar Wegener y su esposa Gerda Waud en el Copenhague de los años 20. Después de seis años de feliz vida matrimonial un detalle casi fortuito despierta en Einar la sensación de alienación con respecto a su propio cuerpo, acallada pero latente desde la infancia, el progresivo rechazo de su identidad masculina y la aceptación de su condición de lo que entonces aun no se conocía como transgénero.

La película dirigida por Tom Hooper (1972), director de las oscarizadas El discurso del rey y Los Miserables, es un drama biográfico con intención testimonial y, en la línea de otras películas, Boys don't cry (2000), Transamérica (2005) o Tomboy (2012), quiere reivindicar los derechos de un colectivo, el transexual, hasta ahora marginado a entornos de delincuencia o drogadicción. El cine y las series de televisión están incluyendo a miembros de este colectivo en sus historias, sea como protagonistas o como personajes secundarios: Jared Leto en Dallas Buyers Club (2013) o Jeffrey Tambor en la serie Transparent (2014), sin olvidar al José Luis López Vázquez de Mi querida señorita (1971), entre otros. El legítimo deseo de aumentar su visibilidad pública y el oportunismo comercial parecen aunarse en una película preciosista, púdica y con pretensiones de alfombra roja como La chica danesa.

Todo lo que afecta al ser humano es, por supuesto, digno de ser tratado documentalmente y artísticamente, pero como en cualquier otra temática, sea periférica o mayoritaria, la honestidad es esencial. La vida, incluso la de un pintor burgués de éxito en la acomodada Europa, tiene sus márgenes turbios. No todo es limpio y “presentable en sociedad”. Tom Hooper evita esos márgenes, evita pisar el barro y las escenas incómodas en favor de un esteticismo formal y mucha retención en las poses y actitudes de sus criaturas. Solo la escena del peepshow muestra con algo de naturalismo la trastienda de la conciencia de Einar, más allá de su pulsión casi de fashion victim por el raso y la seda. En la puesta en escena abunda el fetichismo y la composición estática; incluso en las secuencias de exterior la cámara permanence anclada al suelo en plano fijo y composición simétrica.

El trabajo de fotografía es muy sensible y preciosista. Copenhague tiene su luz fría, sus interiores desnudos iluminados a la manera de Vermeer, y sus canales somnolientos. París es más sensual, abigarrado y cosmopolita, como corresponde a los locos años veinte. El trabajo de ambientación artística, decorados, exteriores (pocos, pero algunos hay) y vestuario es excelente, de un gusto exquisito y merecedor de gran parte del crédito de La chica danesa. Hay que destacar la labor en vestuario del figurinista canario Paco Delgado, nominado de nuevo a un Oscar en este apartado.

La dirección de Hooper se ve en parte ensombrecida por la dirección artística y la fotografía, pero es sobre todo la interpretación de sus personajes principales la que proporciona calidez humana a la cinta. Es muy posible que el Oscar a la mejor interpretación masculina sea, si DiCaprio no lo impide, para Eddie Redmayne; y no sería inmerecido. Es un actor que explota con contención su aspecto desvalido, su mirada tímida y su fragilidad general para metamorfosearse de Einar en Lili con credibilidad y sin caer en lo cursi.

En definitiva La chica danesa trata de un tema muy actual, controvertido pero aceptado socialmente, al menos en nuestra sociedad occidental, que no arriesga en sus planteamientos argumentales ni formales. Es una historia atractiva, bien intencionada, envuelta en una producción de lujo, aunque algo complaciente para los espectadores, buscando posiblemente una mayor taquilla internacional.

Nuestra desgracia y nuestra bendición es estar escindidos, afirmarnos como seres incompletos en busca de su opuesto. Esta pulsión sexual que puede causar insatisfacción es al mismo tiempo la energía que mueve el mundo, el combustible del artista y lo que nos pone al nivel de los dioses. ¿Quién puede hacer oídos sordos a esa llamada? El artista, menos que nadie.

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