angelacremonte_israelelejalde
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Me doy cuenta de que la cosa funciona con cirujana precisión cuando de repente siento repugnancia por lo depravado de los personajes, por el espejo deforme pero cruelmente real que devuelve una escena biliar.

Me doy cuenta de que la cosa funciona con cirujana precisión cuando de repente siento repugnancia por lo depravado de los personajes, por el espejo deforme pero cruelmente real que devuelve una escena biliar. Mientras Alcestes aparece como convidado de piedra, ensimismado en su odio eterno al mundo moderno, el resto de íntimos y conocidos montan una orgía de hipocresía y vomitiva vanidad en un callejón hediondo y pestilente, justo en la puerta trasera de emergencia de una discoteca. No es tanto el pasonazo en las formas sino la corrupción moral que despliegan, las toneladas de cinismo que se tiran a la cara, en el fondo. Esos halagos hipócritas que chorrean como la mierda.

Los intérpretes, salvo altibajos, están a un nivel más que notable, haciendo posible que prácticamente la hora y cuarenta y cinco minutos de función se monte como un ‘crescendo’ que acaba anclándote en la butaca. La acción sucede en tiempo real, apenas dos horas de trasnoche, y, aunque la versión es inteligentemente libre, Vive Dios que Miguel del Arco, uno de los directores de moda (parece que no pasajera) en la escena ibérica, no habría necesitado casi ni modificar una coma del original de Molière. Todo vale hoy. Sustituyan sala de fiestas por salón de la aristocracia parisina, políticos y élites dominantes (poderosos empresarios, jueces…) por aristocracia parisina, y coro de chismosos y petulantes cortesanos por muro de Facebook, y tienen la revisión rabiosamente contemporánea y posmoderna del clásico que se marcan Del Arco y la compañía Kamikaze.

Fue el comediógrafo y dramaturgo galo un visionario que ya se olía allá por el 1666 lo que iba a significar en nuestras vidas tres siglos y medio más tarde cosas como eso que llaman redes sociales. El enorme patio de vecinos del tercer milenio donde el voyeurismo y el exhibicionismo gratuito ofrecen en comunión una visión sesgada de la realidad donde solo median las apariencias, el ego insano, lo superficial y los más bajos instintos. Podría decirse que Facebook ha sido la madre del cordero. Donde la imagen de casi nadie en la vida real tiene algo que ver con su rebuscada foto de perfil y donde se busca dar la mejor cara aun a riesgo de que sea irreal. Donde una gran mayoría publican sus fotos de viajes y borracheras imprudentemente y donde el borreguismo alcanza límites insospechados. Donde llega un momento, a lo Black mirror, en el que esa red te permite desterrar de por vida a alguien y a todos sus recuerdos materiales de un plumazo.

En realidad, es la condición humana, atávica, atemporal, y sus más bajos instintos de supervivencia lo que preside la escena. Por eso todo funciona tan bien en este Misántropo revisitado siglos después.

Yo lo hago, ¿no crees que tú también? Piénsalo Alcestes, le inquiere el amigo Filinto. Y este Alcestes, como muchos de nosotros, mantiene que está por encima del bien y el mal frente a esa sociedad que nos empapa y nos cala, y nos modula. Esa sociedad donde pedir amistad a alguien no significa que le tengas estima y/o que ni tan siquiera hayas intercambiado un ‘hola’ por la calle. “La amistad exige un poco más de misterio y es ciertamente profanar su nombre, querer ubicarlo en toda ocasión”, escribe Molière en el siglo XVII. “Tal unión quiere nacer con conocimiento y gusto; antes de ligarnos, preciso es conocernos mejor; podríamos tener temperamentos que nos hicieran arrepentirnos a ambos del negocio”, viene a decir Alcestes a Oronte (el vulgar poeta de la obra de Molière) cuando éste, por puro interés posicional, quiere estrechar lazos como rampa de lanzamiento de su patética y superflua carrera ¿musical? 

En realidad, el demonio ahora no es la red de Zuckerberg. Todo eso ya viene de lejos: de Hollywood, de la publicidad, de los mass media, de la telebasura. En realidad, es la condición humana, atávica, atemporal, y sus más bajos instintos de supervivencia lo que preside la escena. Por eso todo funciona tan bien en este Misántropo revisitado siglos después. ¿No hablaba ya de corrupción política Maquiavelo en el siglo XVI? Este Alcestes-Israel Elejalde, que pese a su academicismo nos acaba rindiendo, es Jep Gambardella de La gran belleza de Sorrentino. Colérico, impertinentemente sincero, impotente ante el desfile de grotescas caricaturas de humanidad. Reflexivo ante el arte vilmente mercantilizado, hueco y sin alma. Y es también el Marcello de La dolce vita que busca amparo en su recurrente amigo Steiner para soltar vapor frente a la olla a presión en la que se ha convertido.

Ese tipo arrogante, peleado con el mundo cuando éste no le devuelve lo que quiere oír o ver -que es siempre-, pero ese defensor de la honestidad por encima de todo , ha sucumbido ante lo que más detesta, todo que eso que encarna Celimena. Esa mujer que juega a subir a la planta más alta posible en el ascensor social con “las mismas reglas que los hombres”, así de grandes tengan que ser sus tragaderas. Nos perdimos en Villamarta a la Lennie, encumbrada al estrellato gracias a su impagable papel en Magical Girl –pronto tenemos que comentarla-, pero nos llevamos el papelón de Ángela Cremonte, probablemente la menos sobreactuada de una función cuyos personajes a veces pecan de trazo grueso, entendemos que exigidos por el revitalizado guión.

La escenografía se entrega en los brazos del hiperrealismo y acaba siendo plana, si bien no deja de funcionar en su contexto (la simbología de la puerta trasera como puerta del infierno dantesca, de lo mejor) y al menos no estorba demasiado. Se abusa de la videoproyección con cierto aire de vanguardia demodé, pues muchas veces los pasajes oníricos o etilícos que se proyectan, se evocan a la perfección sin más recursos que los propios personajes. Por ejemplo, con esa ralentización que hacen mientras brincan por la compleja psique del atrabiliario Alcestes.

Las cañerías corrompidas de la sociedad políticamente correcta; las puñaladas por la espalda de quienes piensan y dicen una cosa y hacen otra; los eufemismos de la asepsia enfermiza de nuestro tiempo; el narcisismo onanista; y, en general, esa animadversión a rasgos comunes de la humanidad, al menos de esta parte occidental de la humanidad, forman parte del amplio debate metatextual que pone en cuestión la dramaturgia de este Misántropo de Del Arco. Donde el antihéroe Alcestes, que al final te acaba ganando para su causa, se rebela contra la mediocridad imperante, contra el juego de las apariencias, contra el ser y parecer aunque todo sea falso y contra la desconfianza revestida de normas de convivencia en una sociedad donde el hombre (o la mujer) es un lobo para el hombre. Un idealista calderoniano que nos coloca un espejo delante de las narices para que tiremos la primera piedra si estamos libres de pecado. Un hombre que odia y desconfía de todo el mundo porque en el fondo su gran problema es que desconfía y se odia a sí mismo.

'Misántropo'. Basado libremente en el original de Molière. Adaptación y dirección: Miguel del Arco. Intérpretes: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, Raúl Prieto, Manuela Paso, Miriam Montilla, Cristóbal Suárez y José Luis Martínez. Teatro Villamarta. 20 de marzo de 2015. Aforo: media entrada (***).

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