Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” (familias históricamente  poderosas, que en el pasado eligieron reyes o nombraron papas de la Iglesia Católica), han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales en los países del Primer Mundo. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, para lograr sus objetivos, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra, más incluso que ellos mismos.

La Conspiración de los cocodrilos desvela que la actualidad que muestran los medios de comunicación es, en la inmensa mayoría de las veces, un reflejo distorsionado de una realidad sórdida y compleja urdida en despachos de grandes cristaleras y materializada en las alcantarillas de la sociedad.

La Conspiración de los cocodrilos pone en evidencia que el poder ha sido, es y será siempre de unos pocos; que la democracia vivida en el siglo XX fue una ilusión que se desmorona poco a poco, desplazándose los centros de poder hacia instituciones dirigidas por quienes nunca pasaron por la urnas; y que la sociedad actual camina hacia un punto en el que será distópica.

1

Jackson Ruthchildren dormitaba sentado en un cómodo y cálido sillón con orejeras situado junto a la chimenea en la que se consumían dos gruesos troncos. Muy cerca, recostado en un sofá, su primo René hojeaba The Economist sin demasiado interés, en parte porque la escasa luz de la habitación, un amplísimo despacho ubicado en la planta baja de la casa, se lo impedía y, en parte, porque conocía la información como si la hubiera escrito él mismo, no en vano ofrecía datos que algunos de sus colaboradores habían filtrado días atrás.

La tarde se había metido en agua, por lo que, pese a lo temprano de la hora, la luz en la calle era escasa, siendo insuficiente para una cómoda lectura la que ofrecía la única lamparita encendida. No obstante, sí facilitaba la improvisada siesta de la que el octogenario anfitrión disfrutaba en ese momento.

René,  solo un lustro más joven que Jackson,  había accedido a quedarse un par de días en su casa para tratar juntos detalles de la última reunión del club al que ambos pertenecían y, de paso, recibir al joven Richard, el único de los americanos que parecía tener interés en seguir los pasos de su bisabuelo David.

Jackson le había dicho decenas de veces a René que aquella familia norteamericana estaba perdiendo el interés por desarrollar el plan que durante tantos años había liderado.

—Hay demasiadas mujeres en esa familia, demasiadas. Le dije muchas veces a David que solo dos hijos varones eran pocos, que las mujeres no seguirían la tradición, y siempre me respondió lo mismo «algún nieto tendrá mi carácter, alguno seguirá la saga». Y no ha sido un nieto, porque la mayoría tampoco fueron varones, sino un biznieto el que tiene las agallas que hay que tener para continuar esta cruzada. Bueno, pues el chaval llegará en pocas horas. He mandado el avión a por él y viene de camino. Tienes que quedarte, René. Tienes que conocerlo y decirme qué opinas de él.

Y René Ruthchildren accedió a posponer su marcha a París.

Sonaron dos golpecitos en la puerta, suaves, temerosos de molestar.

Jackson se incorporó en el sillón y René dejó la revista encima de la mesa.

—Pasa Austin —dijo Jackson.

—Perdone señor —respondió, asomándose a la habitación, un tipo enjuto vestido con un impecable traje gris —el coche está entrando. Le acabo de abrir la puerta y Craig y Conrad han salido a recibirle.

—Gracias Austin. Entra y enciende más luces. En cuanto llegue el joven Richard hazle pasar aquí mismo.

Jackson se levantó del sillón no sin cierta dificultad. Su primo pudo ayudarle, pero se abstuvo de hacerlo. Conocía cuánto le desagradaba que le tendieran una mano en esas o parecidas circunstancias, sabía de sus desaires y evitó el exabrupto.

Ayudado por un bastón de haya acabado en una empuñadura de bronce con forma de pato, que solo usaba en casa, se desplazó con torpeza hasta el ventanal desde el que se veía el cuidado jardín que se extendía entre la puerta principal y la verja de acceso a la finca.

Desde hacía años le costaba dar esos primeros pasos, secuela de una vieja lesión en la rodilla, fruto de una caída del caballo en Birdingbury, durante las protestas de los Hunt Saboteurs contra la caza del zorro.

Jackson contempló, no sin cierta envidia, como el joven Richard salió con suma habilidad del coche y se apresuró, bajo el paraguas que sostenía Conrad, uno de sus hombres de seguridad, a subir los pocos peldaños que separaban el asfalto empapado de la puerta de acceso a la casona.

René siguió sus movimientos sin inmutarse, apurando el último sorbo de su copa de Lepanto, un brandy solera gran reserva, de las bodegas jerezanas González Byass. Un caldo de color caoba, envejecido un mínimo de doce años en viejas barricas de roble americano, que contuvieron el mítico vino Tío Pepe. Era el broche a una agradable sobremesa.

Un instante después, Austin golpeó la puerta con sus nudillos tal y como tenía por costumbre, con notable delicadeza, para que la llamada de atención que tal gesto debía significar tuviese el mínimo volumen imprescindible.

El joven Richard accedió al despacho ligeramente intimidado por la imagen que se abrió ante sus ojos, semejante a algunos de los lienzos que colgaban en casa de su abuela. La figura de Jackson Ruthchildren sonriéndole desde la ventana, encajaba perfectamente en aquella decoración que una iluminación que juzgó insuficiente, a pesar de que Austin hubiera encendido la lámpara principal que colgaba del techo, ayudaba a resaltar.

—Pasa Richard, pasa —le dijo el anciano sin moverse del ventanal.

—Buenas tardes señor Ruthchildren. Es un honor...

—Déjate de formalidades. Estamos en familia. No olvides que aunque no tengamos lazos de sangre somos una gran familia. ¿Conoces a mi primo René? ¿No?  —añadió señalando con un leve gesto la dirección en la que el aludido observaba con detenimiento al recién llegado.

Richard Martin era apenas un muchacho.

«Puede que no haya cumplido los veinticinco aún»  pensó René.

Vestido con un elegante traje azul marino, camisa blanca y corbata a juego con el traje, intentaba aparentar algo más de edad con una cuidada barba de quince días, atributo que, sin género de dudas, se había dejado exprofeso para ese viaje, pues no lo tenía el día en el que Jackson conversó con él brevemente por videoconferencia para cerrar el encuentro que en ese momento se estaba produciendo.

Con estudios de economía y derecho, cursados en la Universidad de Yale, Richard había trabajado dos años en Manhattan, en GS, uno de los grupos de banca de inversión y de valores más importantes del mundo. Pero transcurrido ese período, que su familia y él mismo consideró de formación, regresó a Maryland para sumarse a la gestión de la división aeroespacial de la multinacional armamentística en la que tenían intereses.

—Bienvenido. ¿Qué tal el viaje? —se interesó amablemente René Ruthchildren.

—Muy bien, muchas gracias señor. Muchas horas de vuelo, pero el avión que me envió es muy cómodo.

—Lo es, lo es. Pese a mi edad sigo viajando mucho,  más de la cuenta a veces, y necesitaba algo como ese Gulfstream. Para cruzar el Atlántico dos y hasta tres veces al mes, como he hecho en este último año, hace falta algo así —apostilló Jackson.

El anciano, seguro ya de que su rodilla no le daría un disgusto, cogió el bastón a modo de vara de mando e indicando un rincón en el que había una gruesa puerta les conminó a dirigirse a ella.

—Abajo están los documentos que tienes que llevarte. Quiero que los conozcas y comentarte algunos detalles y, como tú ya debes saber, la seguridad es lo primero. De modo que mejor hablamos en mi otro despacho, como yo lo llamo.

Jackson tecleó una serie de números y letras en un minúsculo panel digital y la puerta se abrió con un chasquido dejando a la vista una corta escalera, perfectamente iluminada, que descendía una planta por debajo de la vivienda. Los tres hombres bajaron por ella mientras la puerta, automáticamente, se cerró tras ellos.

La habitación a la que accedieron resultó ser una réplica en tamaño y forma, del salón que acababan de dejar, si bien el mobiliario era mucho más moderno y funcional. Casi parecía el despacho de un banco.

Presidía la estancia una mesa ovalada con dieciséis cómodos sillones a su alrededor. En tres de las paredes había muebles con puertas y en la última, la del fondo según se entraba, una gran pantalla de televisión.

Jackson les invitó a sentarse en una esquina, reservándose para él el sillón que presidía la mesa.

De uno de los muebles ubicados a su espalda sacó un portafolios de piel de color marrón y una carpeta, de igual color y material. Depositó el maletín en la mesa, algo retirado de ellos y la carpeta delante de sí.

—Bien Richard, como sabes, estos documentos que tengo delante, que tú has de hacer llegar a tu padre, contienen los acuerdos a los que hemos llegado los miembros del club. Voy a ser muy sincero contigo. A ninguno de nosotros nos ha parecido bien que tu padre se haya ausentado de la reunión celebrada este mes. La familia a la que él representa, aunque vosotros no conservéis el apellido, ha sido una de las más importantes en este proyecto a lo largo de todo el siglo pasado y el hecho de que, en la actualidad, haya perdido cierto interés por él, nos causa una profunda tristeza. Sé, por mis colaboradores, que tú coincides plenamente con muchos de nuestros objetivos, motivo por el que, tras constatar que tu padre no iba a venir, propuse al grupo que, celebrada la reunión, te eligiéramos, de momento, como intermediario entre nosotros y tu padre. Por eso estás aquí.

—Muchas gracias, yo...

—Espera Richard, quiero decir alguna cosa más antes de que digas los que creas oportuno.

El muchacho asintió y guardó silencio.

René, que al comenzar la explicación se había retirado un poco del joven, lo observaba tal y como le había pedido Jackson minutos antes y, en un pequeño cuaderno apaisado, garabateaba dibujos, entre los cuales, disimuladamente, de vez en cuando, añadía alguna palabra que resumía alguna observación referida a sus manos, gestos, postura de los pies...

—Como te decía, soy de la opinión de que compartes principios con nosotros. Por eso, desde este mismo momento, yo, personalmente, te voy a considerar un miembro más del club a los efectos, al menos, de poder conocer la información de lo tratado en la última reunión. Conoces nuestros principios, conoces nuestras ideas, y conoces, tengo entendido, nuestro proyecto. Por tanto, tengo que preguntarte solemnemente si estás de acuerdo en conocer esta información que guardo en esta carpeta y que vas a trasladar a los Estados Unidos. Has de saber que su conocimiento te compromete no solo a guardar su secreto, sino a trabajar, desde tu posición, por su consecución.

—Completamente de acuerdo señor Ruthchildren.

—Me alegro mucho por ello. Bien. Voy a informarte someramente de lo tratado y después podrás leer los documentos completos. Leerás los de esta carpeta que tengo delante. Los del portafolios son los mismos, pero a esos solo tiene acceso tu padre. El motivo es muy simple. Solo él conoce la clave para abrirla con seguridad. Es una medida frente a un improbable robo mientras que está en tu poder. Y digo improbable, porque esta noche la vas a pasar en esta casa y mañana por la tarde, cuando hayas descansado, te trasladaremos al aeropuerto. Pero hay que tenerlo todo previsto. Hampstead Lane es el lugar más seguro de Londres, detrás del Buckingham Palace —bromeó— pero estamos a casi 30 millas de Luton Airport y puede suceder cualquier imprevisto en la carretera. Y una vez en Estados Unidos, ¿dónde aterrizas?, en Teterboro, ¿no? Pues eso, que por motivos de seguridad el portafolios está cerrado, solo tu padre conoce la clave y, no sé si lo sabes, su sistema de seguridad destruiría los documentos si alguien lo abriese sin teclear antes el número correcto... ¿No lo sabías? —dijo al ver la mueca del joven— Te explico brevemente, en el interior de la cartera hay tres tubos metálicos, uno encima de otro, unidos entre sí por el centro. En el de en medio están los documentos enrollados, en los otros hay ácido. El portafolios puede abrirse, no tiene clave alguna puesta en el sistema de cierre. Pero si se hiciese sin teclear la que tu padre conoce, un pequeño sistema eléctrico abriría la conexión de los tubos permitiendo que el ácido pasase al de los documentos y los destruyese. Al ser tres tubos, da igual cómo se coloque el maletín, porque el ácido siempre entrará en el tubo central. Ingenioso, ¿verdad?

—Desde luego que lo es señor Ruthchildren. Algo así protege unos documentos en El Código Da Vinci.

—¿En el código qué?

—En el Código Da Vinci, el libro de Dan Brown.

—No lo he leído. En cualquier caso es un sistema que mi familia ha utilizado desde siempre para proteger documentos. Antes de existir la electrónica, el sistema era otro, puramente mecánico... siempre ha sido algo poco sofisticado pero efectivo. Y yo no suelo cambiar las cosas que funcionan, aunque puedan parecer rudimentarias y desfasadas.

Jackson Ruthchildren se detuvo un instante. Parecía pensar. El silencio invadió la habitación durante unos incómodos segundos en los que el joven Richard se limitó a observarle. Acabada esa breve meditación, Jackson abrió la carpeta que tenía ante sí y sacó media docena de folios.

—He dicho antes que iba a ser absolutamente sincero contigo y a partir de este momento vas a poder constatarlo. Como sabes, ese economista francés que ha escrito el dichoso libro ha desvelado en él nuestros planes para los próximos años vendiéndolos como si fuesen fruto de su trabajo de análisis de la situación mundial. ¡Valiente idiota, como si de lo que pasa hoy en día se pudiese deducir lo que sucederá en cinco minutos sin contar con nosotros...! En fin, la ignorancia que es atrevida. De todas formas, este asunto, aunque se nos haya escapado de las manos, porque nunca debió escribir el libro y, una vez escrito, nunca debió publicarse y menos difundirse, no es lo que nos preocupa. Lo verdaderamente inquietante es que aquel desgraciado fallo de seguridad le permitió hacerse también con documentación que para nosotros es muy sensible porque nos relaciona con hechos con los que no podemos vincularnos de ninguna manera. Esas circunstancias son las que obligaron a la reunión extraordinaria a la que no ha acudido tu padre. Bien, enseguida te paso los documentos. En los primeros está un esbozo de la campaña de desprestigio que ha de iniciarse inmediatamente contra este indeseable, con quién hay que vincularle y en qué medios vamos a hacerlo; en los siguientes cómo vamos a proceder a la búsqueda de los documentos robados, a qué personas vamos a exigirles que colaboren y todo lo demás... y al final, se contempla cómo y de qué manera hay que proceder a eliminar el problema sin dejar cabo suelto alguno.

El joven cogió sin temor los documentos que Jackson le tendió, los hojeó por encima, los cuadró dándoles unos golpecitos y comenzó a leer.

Mientras lo hizo, la habitación permaneció en silencio, un silencio roto solo por el suave zumbido provocado por el aire cálido que penetraba a través de unas rejillas ubicadas en el techo y el ruido que Richard provocaba al pasar las páginas leídas del principio hasta el final del documento con el consiguiente golpecito para cuadrar los folios.

En aquel sótano, tres metros bajo el palacete, con las paredes recubiertas de planchas metálicas, ningún sonido penetraba desde el exterior. Tampoco nada de lo que sucedía  dentro escapaba al resto de la casa.

Jackson permaneció con los codos en la mesa, la cabeza apoyada sobre los dedos de la mano y los párpados cerrados. René mantuvo su atención en la cara del joven, pendiente de cualquier leve gesto de sus ojos o de sus músculos faciales.

Cuando Richard hubo acabado, entregó los folios con la misma solemnidad con la que los había recibido y Jackson los introdujo en la carpeta de piel.

—¿Enterado? —le preguntó.

—Y entendido —respondió el joven.

—Bien, pues supongo que te apetecerá asearte y descansar un rato... Tienes una habitación preparada. Austin te presentará al personal de servicio que te atenderá las horas que estés con nosotros. Creo que la cena será hoy a las siete y media, para dejarte tiempo para que descanses. Austin te lo confirmará.

—Muchas gracias.

—El portafolios que has de llevarte permanecerá en esta habitación hasta el último momento. Y otra cosa, este asunto que hemos tratado dejará de existir en cuanto salgamos de esta sala, de modo que si tienes alguna pregunta, alguna duda, algo que te preocupe... ahora es el momento de plantearlo.

Richard negó con la cabeza.

Salieron del sótano en silencio, regresando al despacho, de nuevo insuficientemente iluminado.

—¿Qué tal tu abuela la entrañable señora Goodgold?   —preguntó Jackson cogiendo por el brazo al joven Richard

—Muy bien señor Jackson.

—¿Sigue queriendo unir en santo matrimonio economía y ecología?

—Sí señor, como siempre. En estos días está escribiendo un nuevo libro. Eso fue lo que me dijo la última vez que hable con ella; de esto hace ya algunas semanas. Puede, incluso, que lo haya acabado ya.

Jackson soltó una carcajada.

—Seguro. Es una mujer muy trabajadora, ¡y eficiente! Lástima que tenga esas ideas tan peculiares. Por cierto, ¿conoces a mi hijo Alfred?, ¿no? En esta ocasión no será posible, porque está fuera, pero en tu próxima visita os procuraré un encuentro.

El anciano señaló con una mano el sofá donde René se había sentado, invitándole a hacer lo mismo

—Austin vendrá en seguida —dijo, y dirigiéndose a su mesa de despacho, descolgó el teléfono.

2

Alfred Ruthchildren contempló durante unos instantes, desde el balcón de la suite Luis II en el hotel Beau Rivage de Ginebra, la preciosa cortina que una ligera brisa había formado con el monumental chorro de agua que salía de la Jet D´Eau, fuente de ciento cuarenta metros de altura, convertida en uno de los más famosos monumentos de la ciudad suiza.

Hijo de Jackson y heredero de su fortuna y su filosofía, Alfred se hospedaba en el lujoso hotel ubicado en el número 13 del muelle de Mont Blanc, frente al lago Ginebra, en la desembocadura del Ródano.

Tras cerrar las puertas de la balconada, cogió su reloj de una preciosa mesa lacada en blanco con motivos de marquetería dorados, consultó la hora, se lo ajustó en su muñeca y dejó la habitación.

En cinco minutos tenía una cita en la planta baja del mismo edificio, en el restaurante Le Chat Botté (El Gato con Botas), con Philibert Darah, una de las mayores fortunas de Francia, propietario de un consorcio de empresas entre las que destacaban la segunda más importante compañía de telecomunicaciones galas, el diario L´Independance y las revistas Le Rapid, L´Elargissement, Le Tactique o Avoir des Critéres, así como Le Newradio TV, cadena propietaria del canal de noticias 24 horas FRT.

Alfred tenía reservado un salón privado con una mesa dispuesta para solo dos comensales y su intención era estar ya en él cuando llegase su invitado. De su padre, además de la fortuna, había heredado una especial preocupación por la seguridad, motivo por el cual procuraba llegar siempre el primero a las citas para tener tiempo de observar el ambiente alrededor del espacio que iba a ocupar, caso de un lugar abierto a la presencia de terceros, o para, como sucedía en esta ocasión, asegurarse de que su partenaire no colocase ningún dispositivo de grabación durante los instantes previos.

No tuvo que esperar. Su invitado llegó a la hora exacta.

Tras saludarse amistosamente, ambos habían sido presentados por su padre durante una recepción en la embajada de Israel, en París, celebrada un par de años atrás, se sentaron a la mesa dispuestos a degustar uno de los menús que había preparado especialmente para ellos el chef Dominique Gauthier y que le había proporcionado una Estrella Michelín el año anterior: un menú sorpresa en nueve servicios, con vinos excepcionales, algo reservado para mesas a partir de seis comensales. Esta vez haría una excepción, dada la personalidad de ambos.

Tras unos minutos en los que la conversación fue intrascendente, fundamentalmente centrada en la vieja amistad de su padre con él y alguno de los miembros del consejo de dirección del grupo empresarial francés, Alfred abordó el asunto que había propiciado el encuentro.

—Hablemos de negocios. ¿Te apetece? —sugirió.

—Naturalmente, siempre es un buen momento para hacer tratos con vosotros —le respondió Darah, un hombre moreno, delgado, de algo más de cincuenta años, de pelo corto, ligeramente encrespado y amplias entradas en la frente, anuncio quizás de una alopecia abortada a tiempo.

—Bien Philibert, te adelanto que tenemos intención, en los próximos días, de iniciar una campaña de imagen de varios de nuestros negocios, especialmente el financiero y, como en otras ocasiones, queremos contar con tu grupo de forma prioritaria.

El magnate de la prensa y las telecomunicaciones francés no se inmutó, siguió degustando la verdurita que acompañaba uno de los servicios cuyo elemento principal era un langostino. Sabía que el motivo del encuentro iba mucho más allá del anuncio del deseo de contratar una campaña publicitaria. Para algo tan simple, aunque su presupuesto fuera millonario, Alfred Ruthchildren no se hubiera desplazado desde Londres, ni le hubiera molestado a él con una invitación ciertamente precipitada, pues se había producido con apenas setenta y dos horas de adelanto. Alfred era aún joven y tenía cierta tendencia a dar un rodeo antes de decir lo que realmente importaba. No le importunaría exigiendo concreción. La diplomacia y el tacto eran rasgos en su carácter de los que se sentía especialmente orgulloso y, a menudo, como en ese momento, hacía gala de ellos.

Alfred depositó con delicadeza los cubiertos en el plato y bebió un ligero sorbo de vino.

—Claro que si estamos aquí es porque nos gustaría contar con tu colaboración en una operación más compleja...

El francés lo miró a los ojos. El asunto de la campaña publicitaria había sobrado. Jackson Ruthchildren hubiera abordado el tema sin rodeos y, sobre todo, sin mencionar compensación alguna, dado que estaría implícita en la propuesta y se llevaría a cabo cuando fuese oportuno, aunque mediasen muchos meses entre una y otra. Eso sí, el lenguaje hubiera sido el mismo “nos gustaría contar con tu colaboración” eufemismo con el que disimular  “nos gustaría pedirte un favor”. ¡En según qué ambientes era tan difícil oír una palabra como aquella...!

—...el libro de tu compatriota nos ha hecho algún daño, a nosotros y a toda la banca de inversión —se apresuró a decir Alfred— y queremos contrarrestar sus efectos —añadió el joven empresario.

—¿Y lo pretendéis hacer con una campaña de lavado de imagen? —preguntó incrédulo Philibert Darah.

—No exactamente. Hay una campaña de imagen, es cierto, pero de forma simultánea queremos que algunos amigos nos ayuden a desacreditar la teoría que el libro defiende. Para ello contamos con economistas de prestigio internacional que están en completo desacuerdo con semejantes majaderías, y dispuestos a defender posturas completamente contradictorias.

—Entiendo.

—Va a ser necesaria cierta insistencia.   Sabes que las teorías conspirativas calan siempre profundamente entre la gente...

—No hay problema.

A estas alturas de la conversación, el francés ya sabía que había algo más detrás de aquel asunto que su interlocutor no iba a revelar, probablemente vinculado a los desacuerdos de la familia Ruthchildren, de sobra conocidos en los ambientes financieros de Europa y Estados Unidos. Quizás hubiesen surgido nuevas desavenencias entre los primos suizos y franceses en relación al banco de inversiones que compartían y por eso Alfred estaba en Ginebra. En cualquier caso, lo que le estaba pidiendo era que levantase el teléfono y pusiese al corriente del asunto a su hombre de confianza en los medios del grupo, para que éste llamase a los directores de los periódicos y revistas transmitiéndoles una orden por la que no se iba a interesar lo más mínimo. No perdía el tiempo en esas cuestiones; pero si los Ruthchildren habían acudido hasta él, el asunto debía ser grave. De todas formas escucharía lo que Alfred tuviese que decir, si es que añadía algo más, pues aún quedaban algunos servicios por llegar a su mesa.

—Los detalles los negocian nuestra gente, si te parece...  —dijo entonces el inglés.

—Carta blanca para lo que necesitéis. Ya sabéis con quien contactar. Mañana a primera hora le pongo al corriente y todo arreglado. Por cierto, ¿vas a hablar con los demás?

—Se ha hablado con algunos ya, pero no he sido yo quien lo ha hecho.

—Gracias por la deferencia.

—Con Mathis Taureaugues, perdona que lo mencione, ha hablado Nicolás.

—¿El expresidente?

—Sí, son muy amigos.

—Eso ya lo sé,  Sarkozy  y él son íntimos, pero no pensé que Nicolás estuviera en estos momentos en Francia.

—No, no lo está. Pasa unos días en Italia, pero eso no ha sido problema.

—Ya.

—Y con Pierre, Xavier y Matthieu está prevista una cena en París mañana.

—¿De modo que ya lo sabe todo el mundo? Por cierto —dijo sin esperar la respuesta— no me molesta que se mencione a Mathis. Es él quien tiene diferencias conmigo. Mi oferta por la compañía telefónica que estaba en venta fue mejor y no termina de aceptarlo. Va diciendo por ahí que hubo juego sucio... en fin.

La llegada de nuevos servicios interrumpió la conversación.

Cuando la retomaron, el asunto había quedado muy atrás, tanto que solo se volvió a él durante la despedida, y fue el francés quien lo hizo sencillamente para recordarle a Alfred que llamaría a su hombre de confianza en el grupo de comunicación a la mañana siguiente.

Alfred subió a su suite nada más despedirse. Buscó en el cajón de la mesita de noche sus dos teléfonos móviles, para comprobar si durante su ausencia había tenido alguna llamada en el que usaba de manera habitual y que, por seguridad, no había bajado al restaurante. Nada de interés. Después colocó la batería al segundo aparato, esperó a que se iniciara y telefoneó a Londres para advertir que hasta el día siguiente por la tarde no se hiciese ninguna gestión con el hombre de confianza de Philibert Darah en su grupo de medios de comunicación.

Aflojada la corbata y despojado de su chaqueta, se sentó en la cama. De buena gana hubiese bajado de nuevo, esta vez al coqueto pub del hotel, y se hubiese tomado un par de copas para relajarse. Quizás, incluso, encontrase alguna dama interesante con la que conversar amigablemente antes de compartir lecho. Centenares de noches pasadas en hoteles como aquel, le habían hecho conocedor de que glamour y dinero en exceso no estaban reñidos con las eternas pasiones del ser humano, todo lo contrario, en aquellos ambientes era muy fácil encontrar a desinhibidas ejecutivas de multinacionales que, con o sin pareja estable, no desaprovechaban una noche de placer lejos de su entorno.

Pero Alfred era consciente de que, en solo unas horas, iba a necesitar estar en pleno uso de todas sus facultades para mediar, eficazmente, en el problema interno que seguía latente en el banco que llevaba el nombre de su familia. Suizos y franceses, descendientes todos del mismo linaje,  se habían enzarzado en un pleito inútil por el uso de la marca comercial, sin entender que, en vez de competir, lo que debían hacer era sumar fuerzas para intentar hacerse con todo el mercado de inversión.

El acuerdo extrajudicial alcanzado meses atrás estaba de nuevo en peligro por la terquedad de la consejera delegada del grupo suizo (la esposa de su primo) quien, quizás por no llevar en sus venas la sangre Ruthchildren, seguía adoptando decisiones que, en breve, supondrían el renacer de la guerra interbancos.

Alfred llevaba la misión de hacer saber a su primo Bertrand junior, y a su mujer Annette, que la familia Ruthchildren había decidido poner punto y final al conflicto interno por las buenas o por las malas. De modo que, o cesaban en su      actitud de ir por libre, perjudicando los intereses de los demás, o perderían el control sobre la banca que gestionaban con una oferta de adquisición de las acciones que no controlaban a un precio muy por encima del real.

Alfred aún no se desenvolvía con total soltura en esos ambientes hostiles, por lo que necesitaba tener sus cinco sentidos disponibles para que esa cierta inseguridad en la negociación, ni se notase, ni le hiciese cometer error alguno, de modo que decidió poner una luz y música relajante y acostarse.

Antes, programó la alarma del móvil e hizo una breve llamada a su casa de Kensington para hablar con su mujer y dar las buenas noches a sus dos hijas.

3

La rue du Faubourg Saint - Martin es una ruidosa calle que atraviesa el distrito X de París, que soporta durante todo el día un intenso tráfico, parte del cual se dirige hacia la Estación del Este, a la que bordea por uno de sus laterales.

De calzada amplia y aceras igualmente anchas, los bajos de  sus  edificios,  en los  que  se mezclan modernas construcciones con otras centenarias, están ocupados por todo tipo de comercios, bares y pequeños negocios, muchos de ellos con decenas de años, otros de reciente implantación, generalmente bazares regentados por ciudadanos de origen argelino.

En el número 237, un edificio de cierta edad, con fachada de piedra, con adornos encima de sus ventanas y cuyo bajo ocupa un restaurante, Odette Ferrière retiraba los platos de la cena mientras su hija Dafnèe, en su habitación, preparaba los libros que llevaría a la escuela a la mañana siguiente.

Odette, vestida con ropa deportiva, se apresuraba a despejar la mesa para poder sentarse en el sofá, frente al televisor. Su marido, Colin Byrne, sería el protagonista de la tertulia del programa 19 Horas, que presentaba la popular Malika Mansour en el canal FRC TV.

Esa noche, Malika había invitado al economista más popular de Francia en esos momentos, autor del libro Dystopie Économique, en el que ofrecía una visión apocalíptica del mundo en un plazo relativamente breve de tiempo, como consecuencia de la manipulación de los mercados por la reducida élite que, según él, estaba dirigiendo los destinos de la economía y la política global.

Colin se resistió en las primeras semanas a aparecer en tertulias y programas de debate para preservar su imagen, pero desbordado por el éxito —el libro se vendía por millares y ya había sido traducido al inglés y al español— terminó acudiendo a las redacciones de los periódicos y a los platós de televisión más populares.

Aquella noche iba a ser entrevistado por la señora Mansour, una periodista con fama de ser muy exigente en las respuestas a sus preguntas, quien estaría acompañada por Denis Aillard, profesor de la Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París; Jacques Bievelet, colaborador en materia de economía de la revista económica L´Elarguissement y Henri Treguiere, director del semanario Avoir des Critères.

Odette se recostó en el sofá, poniéndose cómoda, justo en el momento en el que Malika Mansour anunciaba el nombre del personaje del día, su próximo entrevistado: Colin Byrne.

—¡Dafnèe! ¡Corre, ven! que papá va a salir ya —le gritó a su hija mientras subía el volumen del televisor.

Dafnèe apareció corriendo al instante y se semitumbó junto a su madre, tapándose ambas las piernas con una mantita. En la pantalla, la periodista, sonriente, se dirigía a Colin dándole las buenas noches y presentándole al resto de invitados. La chaqueta roja de Malika Mansour destacaba sobremanera sobre un decorado en el que un impoluto color blanco (de la mesa, del suelo y de la enorme pantalla que detrás de ella anunciaba el nombre del programa), combinaba con los tonos celestes que desprendían las paredes retroiluminadas que envolvían su zona y la ocupada por sus invitados.

—Buenas noches señor Colin.

—Buenas noches.

—¿Por qué ese título para su libro Dystopie Économique?

—Porque creo que es un nombre revolucionario y mi libro pretende serlo. Dystopie Économique está escrito para despertar la conciencia del pueblo, de unos ciudadanos acomodados y acobardados que estamos permitiendo que nos roben, no solo la cartera, cosa que vienen haciendo desde siempre, sino también la democracia, algo en lo que llevan trabajando muy poco tiempo pero a ritmo acelerado.

—¿Quién nos roba señor Colin?

—Un reducido grupo de personas, una élite económica que está escribiendo la historia a su antojo gracias a sus inmensas fortunas. Son los dueños de grandes corporaciones multinacionales que manejan presupuestos muy por encima de los de muchos estados, con fortunas que ponen y quitan gobiernos en África, en Sudamérica, en Asia y, por qué no decirlo, en Europa también. Con capacidad para declarar guerras, ordenar revoluciones, dirigir golpes de estado... esos son los que nos roban.

—¿Tienen nombres y apellidos esos personajes?

—Por supuesto que los tienen. Corresponden a las familias que desde hace centenares de años han gobernado esta tierra, las que, antes, decidían Papas de la Iglesia Católica; las que eligieron reyes y gobernaron en la sombra las cortes más importantes de este viejo continente. He dicho en la sombra, y he dicho bien, porque, aunque algunos apellidos son conocidos de la gente, la mayoría no. Se mantienen detrás de bastidores, poniendo a algunos de los suyos en puestos claves, pero permaneciendo fuera del interés mediático actual. Hay excepciones, hay familias cuyo nombre suena a dinero, desde siempre. Pero son casos aislados muy mediatizados. Los más pasan desapercibidos.

—¿No son, entonces, quienes apareen en la revista Forbes, por ejemplo?

—No, no, no. Vamos a ver, los Jeff Bezos, Bill Gates, Warren Buffett, Carlos Slim, Amancio Ortega, Mark Zuckerberg y compañía, por citar algunos de los que siempre aparecen en los diez primeros puestos, son personas con muchísimo dinero, probablemente, incluso, quienes tienen declaradas las mayores fortunas del planeta. Pero, aun siendo influyentes, que lo son, no tienen peso histórico. Son, voy a permitirme decirlo así, perdonen la expresión, nuevos ricos. Tienen mucho dinero, mucha fama, pero poco poder, porque carecen de la infraestructura mafiosa necesaria para controlar las cloacas de los estados. Todos ellos, o la mayoría, se han hecho a sí mismos; no hay clan familiar centenario detrás. No tienen cardenales en el Vaticano, no tienen presidentes americanos entre sus antepasados... no pertenecen a órdenes centenarias, o milenarias, su sangre no se derramó en las Cruzadas, en Tierra Santa.

—Muy interesante. ¿Y podemos saber sus nombres? ¿Sabemos a qué se dedican?

—¡Claro! Sus nombres están en internet. Hay centenares de vídeos de Youtube y páginas web donde se denuncia la actividad de algunos de ellos.

—Ya. Pero muchos de esos vídeos o webs están elaborados por personas de dudosa o nula credibilidad y sus contenidos carecen del más mínimo rigor económico.

—Cierto. Usted me ha preguntado si se conocen sus nombres. Yo le he respondido que sí, que están en internet. Pero para poder escribir un libro como ese que tiene usted presidiendo la mesa, como comprenderá, no me he basado en esos vídeos...

—Eso suponía... —dijo ella interrumpiéndole.

—... Han sido dos años de investigación, de análisis de lo que se viene publicando de manera oficial en algunos medios económicos que controlan, y de lo que viene sucediendo en la política mundial. Los nombres están en la red. Unos son acertados, otros no tanto. Hay, a partir de esos nombres, los de la red y los que yo conozco por mi actividad profesional durante muchos años en la banca privada de inversión, hay, como decía, que hacer un profundo y lento trabajo de investigación, de seguimiento de sus actividades económicas y políticas para predecir sus comportamientos a corto plazo. Y cuando esas predicciones son acertadas, entonces es fácil hacer una proyección de sus intereses a futuro. Eso es mi libro. Una proyección de los intereses de estos personajes a diez, veinte, quizás treinta años vista.

—A treinta años vista no vivirán muchos de ellos...

—Por supuesto. Pero no olvide que no son nuevos ricos, señora Mansour. Son familias que vienen de cientos de años atrás y que trabajan para el futuro, para seguir conservando esa posición de dominio. Y pueden hacerlo sin problema. Pueden trabajar para sus nietos y biznietos porque ellos, desde que nacieron, han tenido su presente resuelto, un presente multimillonario, por cierto. ¡Ah! Una cuestión que no se puede pasar por alto. Sí tienen una preocupación en el presente. Sería muy aburrido para sus vidas no tener algo por lo que luchar que marque su reinado... intentan destruir a los competidores. Intentan ser cada vez menos, cada vez más ricos. Se agrupan y desagrupan en clubes exclusivos, se reúnen cada año para marcar estrategias... pero, en el fondo, tienen sus guerras entre ellos. Se traicionan, sonriendo, regalando empresas... pero con un objetivo final. Engañar al más débil de entre ellos para acabar destruyéndolo y apropiarse de su riqueza y, lo más importante, su influencia.

—Muy interesante lo que nos cuenta. Supongo que nuestros economistas contertulios estarán deseando hacerle preguntas. Vamos a dar paso a la publicidad y en unos segundos estamos de nuevo con nuestro invitado, el señor Colin Byrne, autor de Dystopie Économique, el libro que tenemos aquí delante —dijo cogiéndolo y mostrándolo a la cámara.

Dafnèe, era una niña muy despierta para su edad, ocho años, y muchas veces acompañaba a su madre durante la emisión de programas de televisión, quien procuraba enseñarle a ser crítica con aquello que dijesen otros, especialmente si esos «otros» eran políticos que hablaban en la pequeña pantalla. Odette intentaba que se acostumbrase a pensar con criterio propio y que analizase, desde sus propios conocimientos y experiencia, si lo que decía el personaje de turno era aceptable desde su personal punto de vista.

«Debes de cuestionarte siempre todo lo que te digan y plantearte si es posible o imposible, si es lógico o ilógico, si es honesto o deshonesto», le repetía con frecuencia.

Odette intentaba educar a su hija tal y como sus padres la educaron a ella, aunque las circunstancias fueran radicalmente distintas a las que vivió cuando su familia se vio obligada a abandonar Chile en las navidades de 1973.

Odette Ferrière, que nació Odette Ferrero, vino al mundo un mes de enero de 1974 en Iquique y con solo unos días de vida abandonó su tierra por el paso fronterizo de Visviri entre Chile y Bolivia que conecta la comuna chilena de General Lagos, en la región de Arica y Parinacota, con la provincia boliviana de Pacajes, en el Departamento de La Paz. Visviri es una pequeña ciudad que vive hoy del enorme tránsito de camiones que circulan en uno y otro sentido, pero que en aquella época no dejaba de ser más que una aldea que comerciaba con figuritas trabajadas en piedra pómez y la confección de algunas vistosas prendas de colores.

Hasta aquel remoto lugar, ubicado a más de cuatro mil metros de altura, llegó la familia en una vieja camioneta Ford desde Iquique, después de recorrer más de 500 kilómetros. Hacía solo tres meses que el general Pinochet había derrocado con un golpe de Estado al presidente Salvador Allende y huían del régimen de represión que acababa de iniciarse.

Odette llegó a Suiza en marzo de 1974, con solo dos meses y medio de edad.

Los Ferrero era la sexta generación descendiente de aquellos 119 aventureros suizos que en 1876 llegaron a Chile como parte de un acuerdo de colonización entre los gobiernos de ambos países.

Los padres de su tatarabuelo llegaron a Punta Arenas poco después de que esta ciudad austral dejara de ser un penal, y se convirtiera en la tierra prometida para un variopinto grupo de extranjeros suizos, franceses, españoles, británicos y alemanes.

El Gobierno chileno pretendía la repoblación de aquella zona apartada del mundo y no encontró mejor fórmula que ofrecer tierras a colonos europeos, algunos de los cuales llegaron con sus esposas y críos de corta edad. Ese era el caso de los padres del tatarabuelo de Odette, que llegaron con un niño de solo cuatro años, nacido en la pequeña población de Rossens en la margen izquierda del río Sarine que divide en dos el cantón suizo de Friburgo.

Todos los emigrantes suizos procedían de esta zona rural de habla francesa y religión católica. Y la mayoría llegaron casados y con críos. Los franceses también se fueron con esposas y niños pequeños, no así los demás que, en mayor número, eran solteros.

En la memoria de los Ferrière, apellido originario de los antepasados de Odette, que ella había recuperado, tras un largo y complicado proceso, estaba que aquellos inicios en el país andino fueron durísimos. Tan fuerte fue el choque con el territorio después de tres larguísimos meses de viaje que, pese a que su destino era la ciudad de Punta Arenas, al poco de llegar los trasladaron a la Bahía de Agua Fresca, ubicada a unos treinta kilómetros al sur, donde el paisaje era menos desolador.

Los Ferrière siguieron apellidándose así hasta los años veinte del siglo pasado, cuando el abuelo de Odette decidió españolizar su patronímico cambiándolo a Ferrer, con el que su padre, tras el golpe de Pinochet, llegó a Suiza. En Iquique, en Punta Arenas, en Puerto Aysen y en Coyhaique, quedaron seis hermanos de sus padres y algunos primos de estos que, por diferentes motivos, decidieron no huir de la dictadura militar.

Dafnèe llevaba la sangre crítica y rebelde de su abuelo materno y cursando solo Segundo Grado de Elemental (CE 2º) en la École Élémentaire Chabrol, ya gozaba, para su edad, de un más que aceptable nivel de comprensión de la realidad en la que vivía, pero a veces, como aquella noche, se le escapaban detalles.

—Mamá, no he entendido muy bien qué ha querido contar papá en su libro. ¿Dice que hay gente mala gobernándonos porque tienen mucho dinero? ¿Eso es lo que quiere decir?

—Sí, exactamente eso, Dafnèe.

—¿Y por qué les vota la gente entonces? ¿Es que no lo saben?

—No. A esa gente no les ha votado nadie. Ellos no se presentan a las elecciones hija.

—Entonces, ¿cómo nos pueden gobernar, si no se presentan?

—Pues porque son los que les dicen a nuestros políticos, al alcalde, al presidente, a los miembros de la Asamblea Nacional, lo que tienen que hacer.

—Pero eso no debería ser legal, ¿no?

—No, no debería.

—Y entonces, ¿por qué está pasando?

—Porque los tienen comprados...

—¿A todos?

—A todos no, pero sí a muchos.

—¿Y qué podemos hacer para cambiarlo?

—Muy poco Dafnèe, muy poco.

—Pues a mí no me gusta. ¿Y por qué no se puede hacer nada?

—A mí tampoco me gusta, pero ¿sabes por qué no se puede hacer casi nada? Pues porque la inmensa mayoría de la gente no lo sabe. En vez de estar informados, como nosotros, en vez de enseñar a sus hijos a ser críticos, como nosotros hacemos contigo, prefieren programas basura en la televisión y no leen libros, ni periódicos, ni revistas.

Dafnèe fue a decir algo más, pero en ese instante, la cabecera del programa 19 Horas volvió a la pantalla del televisor y ambas, madre e hija, prestaron atención a la presentadora que volvió a tomar la palabra.

—Buenas noches, soy Malika Mansour y esto es 19 Horas, hoy con Colin Byrne, autor del libro Dystopie Économique y con Denis Aillar, profesor de la Escuela de Estudios Superiores de Comercio de París; Jacques Bievelet, Colaborador de la revista L’ Elarguissement; y Henri Treguir, director del semanario Avoir des Critères. Buenas noches a todos.

—Buenas noches —respondieron a coro.

—Bien, es vuestro turno... ¿quién pregunta primero?... o hace algún comentario, lo que queráis.

—Buenas noches señor Colin —dijo Denis Aillard, un hombre entrado en los sesenta, de pelo abundante, cuidado, algo canoso.

Colin Byrne sonrió e hizo un gesto afirmativo.

—Verá usted. He leído su libro con gran interés y he de decirle que me ha sorprendido su audacia, no su contenido. Me explico. Escribiendo lo que ha escrito demuestra usted agallas, porque hay que tenerlas para meterse en la boca del lobo y decirles a los ciudadanos, a los inversores, a los ahorradores, que este sistema se va a la mierda. Eso me ha sorprendido porque viniendo de donde viene y pensando como piensa, va a tener usted muy difícil volver a trabajar en una gran corporación. Bien. A pesar de que estoy parcialmente de acuerdo con usted en su análisis he de hacerle una pregunta impertinente.

—Puede hacerla sin problema —le interrumpió Colin.

—¿Es usted un traidor señor Colin?

—¿Un traidor?,  ¿a quién?

—A  Morgan Stanley, a UBS, a Ruthchildren Investissements...

—Podría serlo. Pero, ¿cómo califica usted a aquel que traiciona, yo diría mejor delata, a un delincuente...?

—Se lo he preguntado porque la información que usted ha manejado en los últimos años ha sido privilegiada. Ha trabajado usted en la banca de inversión, esa a la que ahora acusa de querer sembrar el caos con no sé muy bien qué objetivos...

—No solo acuso a la banca de inversión señor Aillard. Acuso a algunas personas y empresas que son, entre otras cosas, propietarios de bancas de inversión, pero que tienen decenas de negocios. ¿Y los objetivos? ¿No sabe muy bien cuáles son? Pues lo digo muy clarito en el libro: provocar un colapso económico global.

—No se enfade señor  Byrne —respondió Denis Aillard— porque comparto con usted su idea de que hay poderes económicos que están buscando una nueva crisis para aplicar más recortes a este estado del bienestar que ha sido orgullo de Francia y de la Europa Comunitaria en general, pero considero que usted, quizás en un intento de llamar la atención, algo que ha logrado plenamente, se ha excedido en sus consecuencias.

—Yo creo que me he quedado corto...

—Buenas noches señor Colin —dijo entonces Henri Treguier— permítame que le felicite por su libro. Yo no solo no creo que se haya excedido, sino que comparto su opinión de que está en juego nuestra maltrecha democracia, víctima, como usted dice en su libro, de las revueltas que se avecinan. Es más, yo no diría que se avecinan, sino que ya están aquí y aparecen esporádicamente. Todos recordaremos los disturbios de 2005 en esta ciudad que, entre octubre y noviembre, dejaron más de mil doscientos coches quemados, dos adolescentes muertos y decenas de heridos entre la “escoria” manifestante, como la definió el entonces ministro del Interior Nicolás Sarkozy.

—Eso fue un caso de violencia racial, no económica    —interrumpió Jacques Bievelet.

—Efectivamente —corroboró Treguier— pero no olvidemos que quienes se sublevaron fueron las clases más desfavorecidas, los parias de esta tierra. De todas formas, aquello fue un aviso de que las revueltas populares pueden surgir en cualquier momento. Por ejemplo, los recientes disturbios provocados por los chalecos amarillos... y el señor Colin Byrne avanza que van a repetirse, especificando los motivos que los provocarán.

—Señor Byrne... —dijo la presentadora dándole paso.

—Bueno, de forma resumida, la tesis que defiendo en el libro es que el colapso económico que se avecina, planificado por un reducido grupo de banqueros a los que yo llamo los amos del mundo, tiene como objetivo dejar, vamos a decirlo coloquialmente, los supermercados vacíos, y el dinero falto de valor real con la intención de generar pobreza. Y, alcanzada esa situación, hacer saltar la chispa de la violencia, provocar revueltas generalizadas, con el fin de que, en el plano político, se desintegren las instituciones que nos gobiernan actualmente; y en el económico, los ahorradores se queden sin dinero. También intentarán colapsar la red energética y hacerlo en muy poco tiempo. Paralelamente, habrán procurado crear un gran banco, un banco único, global, cuyos dirigentes apostarán por la implantación de un estado militarizado, una dictadura única mundial, en definitiva, un gran ente que tenga el poder económico, el político y que someta a la sociedad mediante el control de los medios de comunicación y las redes sociales.

—El apocalipsis de esta sociedad... —dijo la señora Mansour.

—No, ni siquiera eso. El apocalipsis significaría a mi juicio la destrucción total. Esto, señora Mansour, queridos contertulios, no será una destrucción total. Será, si no se les va de las manos, el fin de la democracia, el nacimiento de instituciones de gobierno postdemocráticas y, por supuesto, el dominio de una pequeña casta, de un reducido grupo de familias interconectadas entre ellas, un grupo mucho más pequeño que el que hoy existe.

—No quisiera vivirlo —insistió la presentadora.

—Bueno, el señor Byrne ha cargado un poco, o un mucho, las tintas, pero en el fondo tiene razón. Si nada lo  impide, caminamos hacia esa sociedad. En la actualidad son los bancos los que nos gobiernan colocando a sus hombres en instituciones que cada vez tienen más poder frente a los gobiernos nacionales y, dado los sistemas de elección de sus miembros, menos control por parte de los ciudadanos.

—Y el dinero cada vez menos valor —sentenció Bievelet.

—No olviden señores que yo pronostico que en pocos años el dinero será virtual y emitido por esos estados-bancos que nos terminarán gobernando. De hecho, ya estamos en esa cultura y desde hace muchos años. Cada vez es menor la cifra que se puede pagar en efectivo, cada día nos bombardean para que usemos más la tarjeta y, de un tiempo a esta parte, ya ni siquiera el plástico. Hoy podemos pagar hasta la máquina expendedora del tiquet de aparcamiento con el teléfono móvil. Todo es virtual, todo son anotaciones contables informáticas... de ahí a la moneda virtual, sin soporte físico, hay solo un paso —añadió Colin Byrne.

—¿Y qué cree usted que opinan los políticos que nos gobiernan actualmente? —intervino el profesor Aillard.

—Muchos de nuestros gobernantes no son conscientes de lo que se avecina. Consciencia plena de hacia dónde camina el mundo solo la tienen unos pocos, los que están al servicio de esa élite económica. El resto se conforma con satisfacer las exigencias de los bancos que le prestan el dinero para poder gestionar sus territorios con el fin de tener garantizada su jubilación. El que más y el que menos aspira a poder ocupar un puesto en el consejo de administración de cualquiera de las sociedades que gestionan esas grandes corporaciones, sillón que muchas veces ni ocupan, pero por el que cobran grandes sumas como contraprestación a los servicios prestados en el pasado.

Odette advirtió que su hija se había quedado dormida. La despertó con suavidad y le pidió que la acompañase al dormitorio. Ambas mujeres caminaron abrazadas por el pasillo mientras en la televisión los contertulios seguían debatiendo.

En el dormitorio, tras arropar a Dafnèe, su madre recogió y puso en orden los libros que la niña había dejado mal puestos para atender su llamada y ver a su padre.

Después, apagó la luz, le besó en la mejilla y entornó la puerta.

De nuevo en el salón vio en la televisión cómo su marido anunciaba para dentro de unos meses un segundo libro con los movimientos y reuniones de algunos de esos «amos del mundo»; con la reseña de lo tratado en esos encuentros y con documentos que probarían ese plan que estaba denunciando.

—Te espero en la cama cariño, no puedo más, estoy agotada —le dijo a la imagen de su marido que en ese momento ocupaba la práctica totalidad de la pantalla, y apagó el aparato.

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas 'La conspiración de los cocodrilos' de Germán Fonteseca

 

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