La conspiración de los cocodrilos (4)

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas 'La conspiración de los cocodrilos' de Germán Fonteseca

 ILUSTRACIÓN: DORA TORRALVO
ILUSTRACIÓN: DORA TORRALVO

Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

Colin Byrne denuncia ante la policía que ha sido seguido por unos desconocidos y que cree que el atentado perpetrado cerca de su domicilio iba dirigido contra él, pero la policía aparenta no creerle porque los periódicos llevan días desacreditándole, acusándole de mente fantasiosa.

En Roma, responsables de La Entidad, el servicio secreto que tiene encomendado acabar con él, se lamentan del error cometido en el atentado y deciden cambiar de planes ralentizando toda la operación.

Odette se siente seguida y Colin descubre al llegar a su casa que alguien ha entrado para registrarla haciéndose pasar por operarios municipales.

 

9

Colin bajó la bicicleta por la escalera convencido de que los supuestos operarios municipales eran quienes habían entrado en su vivienda. No le dijo nada a la señora Brigitte. ¿Para qué? La pobre mujer actuó de buena fe y revelarle que aquellas personas no eran del Ayuntamiento sino delincuentes, solo conseguiría infundirle un temor que ya era innecesario.

Además, si repetían la incursión, solo Dios sabe cómo reaccionaría la abuela, incapaz de imaginar que semejantes individuos, viéndose descubiertos, podrían silenciarla para siempre.

Una vez en la calle, pedaleó con rapidez para llegar lo antes posible a donde le esperaba su mujer.

Colin pasó al lado de un camioncito de reparto de color blanco rotulado con las letras Post Express escritas encima de tres bandas con los colores azul, blanco y rojo, en cuyo interior, en varios pequeños monitores instalados sobre un panel que ocupaba una de las paredes laterales, eran visibles otras tantas habitaciones de su piso.

Un hombre, vestido con mono blanco, con el mismo logotipo que lucía el camión, esperó a verlo alejarse antes de coger un radioteléfono y avisar a dos compañeros que tomaban un café en un bar cercano.

A través de los monitores los vio entrar en el piso. Esta vez lo hicieron por la puerta. Haber tenido en su mano la llave original de la cerradura les permitió elegir, de entre los juegos de llaves maestras de que disponían, la adecuada para ese modelo.

El sujeto del camión, atento también a dos cámaras situadas en el frontal y trasera de su vehículo, ocultas en las luces de gálibo, mediante las cuales veía la calle y quién se acercaba o alejaba de su posición, les llevó hasta el dormitorio de la niña y, ya en él, les indicó qué pata de la mesa de escritorio era en la que tenían que mirar, por si hubiera algo más escondido en ella.

 

Colin encontró a Odette en el interior del café. Su mujer, tras acabar la breve conversación telefónica, dejó el edifico escolar caminando despacio por la calle Chabrol, simulando consultar algo en su móvil. Rebasó el aparcamiento para motos, constatando que la Peugeot Metrópolis negra seguía en su sitio, y se dispuso a entrar en el establecimiento en el que había estado media hora antes.

En esta segunda ocasión pensó sentarse lo más cerca posible del motorista que supuestamente le había seguido. Pero cuando atravesó la puerta, comprobó sorprendida que el sujeto no estaba, optando por ocupar una de las mesitas pegadas a la cristalera. Desde ella tenía una buena visión de la calle.

Colin llegó poco después y se sentó a su lado sin cruzar una palabra; con un gesto le preguntó cuál, de los clientes que había en ese momento en el café, era el sujeto que la había seguido, y Odette negó con la cabeza.

—¿Hablamos aquí o lo hacemos caminando?

—Mejor aquí —respondió ella— el frío que pasé antes en la terraza se me ha metido en los huesos. Aún no he conseguido entrar en calor.

—Nos han entrado en casa —dijo él sin más preámbulos.

Odette lo miró alarmada y esperó algún detalle más.

—Creo que hay que adelantar vuestra marcha. Nuestra casa no es segura. Sinceramente no sé qué hacer, me siento desbordado por esta situación.

—¿Se han llevado algo? —preguntó Odette.

—No, no, nada. Al menos no han tocado tu joyero, ni el cajoncito del dinero. Solo han trasteado en el ordenador. Tu portátil está en el estudio, ¿verdad? El mío lo dejé ayer en él.

—Sí está allí. ¿Y qué han visto?

—No podemos saberlo. Han manipulado el programa, lo han eliminado, mejor dicho, y no ha quedado constancia de lo que han hecho. De ese ordenador tenemos que olvidarnos. Seguramente lo han hackeado y podrán ver todo lo que hagamos a partir de ahora.

—¡Esto es espantoso! Me siento mancillada. Me repugna que hayan entrado en mi casa, que hayan violado nuestra intimidad ¡No lo soporto!

—¿Has hablado con Isabelle?

—Sí, claro.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que me vaya hoy mismo. Que no espere ni un minuto.

—¿Qué le has contado?

—No mucho. No hacía falta. Había visto la televisión y los periódicos... bueno, como todo el mundo. Ha sido mencionarle que la niña lo estaba pasando muy mal y no ha hecho falta añadir nada más, ha sido ella misma la que me ha dicho que tenía que sacarla de París. En cuanto le sugerí que habíamos pensado que Dafnèe y yo nos fuésemos unos días a su casa se ha mostrado encantada de que lo hagamos, asegurándome que no me preocupe de nada y que haga planes para permanecer allí el tiempo que sea necesario.

—Pues hay que disponerlo todo para que os vayáis esta misma tarde. En cuanto lleguemos a casa prepara una maleta con lo necesario para un par de días, y yo os llevo el resto mañana mismo o pasado.

—Colin, si nos están siguiendo... ¿Cómo hacemos para que no sepan dónde nos vamos?

—No lo sé. Necesito tiempo para pensar y con todo lo que nos está pasando no me concentro, soy incapaz de poner en orden cuatro ideas.

La pareja abandonó el local unos minutos después y, antes de ir a por sus bicicletas, caminaron unos metros en sentido contrario para volver a pasar por el aparcamiento de motos. Esta vez la Peugeot Metrópoli no estaba.

El sujeto que la había seguido a primera hora de la mañana se debió marchar sin que lo vieran.

 

10

 

El número 56 de la rue Parmentier, en el distrito XI de París, es un edificio de dos alturas y techo a dos aguas, levantado en ladrillo rojo, destinado a la impresión de libros y revistas. En su planta inferior, un par de modernas máquinas offset comparten espacio con otras tantas digitales y alguna de corte y encuadernación. Y en la superior, se encuentra la sala de diseño, maquetación y preimpresión, las oficinas de administración, y el despacho de Jean Luc Berbizier, su dueño.

La empresa, que empezó en Châteadum, pequeña ciudad situada a 140 kilómetros al SO de la capital, con apenas cuatro empleados, logró despegar cuando su Ayuntamiento decidió relanzar turísticamente su famoso castillo, declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000, encargándole a su vecino Jean Luc la confección de todo el material publicitario impreso, así como la edición de un libro conmemorativo, folletos y cartelería, que se distribuyeron por toda la red de municipios que integran la asociación Castillos del Loira.

Desde entonces Berbizier SARL, fue la firma responsable de confeccionar y elaborar el material impreso que ha necesitado esta comuna y otras vecinas, así como una guía de los castillos del Loira, otra guía de campings y una más de establecimientos hoteleros.

En 2012 sus instalaciones en Châteadum se quedaron pequeñas y sus objetivos grandes para una localidad de quince mil habitantes, decidiendo su dueño probar suerte en la capital del país, lo que resultó un acierto.

El cambio de domicilio no fue el único que se produjo en aquella época, puesto que con el traslado a París, Jean Luc Berbizier decidió ampliar el negocio creando una firma editora de libros independiente, en principio exclusivamente de carácter técnico, pero que en los últimos dos años se había atrevido con obras de ficción.

Jean Luc, cada vez mejor posicionado en el ayuntamiento de su distrito parisino, tuvo la osadía de ser el editor que dio el visto bueno a la publicación de Dystopie Économique, el libro de Colin Byrne que le había lanzado a la fama, sin menospreciar que le estaba facilitando unos suculentos beneficios.

Jean Luc se volvió loco de contento cuando vio que su apuesta por un desconocido economista resultaba un éxito rotundo de ventas, y siguió con entusiasmo desbordado las apariciones de su escritor de moda en prensa y televisión.

E incluso en esos días, en los que quienes antes habían alabado las opiniones de Colin Byrne se dedicaban a tirarlas por tierra, el editor se frotaba las manos convencido de que el aumento de la popularidad del economista, buena o mala, incluso aunque se tornase pésima, sería algo decisivo en el lanzamiento de su segundo libro, del que ya había recibido un esbozo general y los tres primeros capítulos, y por el que había solicitado un crédito millonario para lanzarlo a todo trapo en tres idiomas: francés, inglés y español, los mismos a los que se había traducido el primero.

Jean Luc estaba esa mañana colgado al teléfono, dedicado a hacer gestiones para garantizarse el diseño y la tirada de miles de ejemplares del catálogo de Renault Selection, destinado a promocionar en el mercado interior los vehículos seminuevos de esta marca, cuando su secretaria le llamó por la línea interior.

—Buenos días Jean Luc. El señor Laffitte está a la espera, ¿se lo paso?

—¡Claro! Siempre estoy para monsieur Laffite, Joséphine.

Jean Luc se puso cómodo en la silla. Seguramente sería una conversación larga y agradable. Monsieur Laffitte era el director de su banco Crédit du Paris, con el que llevaba trabajando más de una década y con el que acababa de firmar una línea de crédito de quinientos mil euros para, entre otras cosas, lanzar el segundo libro de Byrne.

—Bon Jour mon ami —le dijo en cuanto lo tuvo en línea.

—Buenos días Jean Luc. Tenemos un problema.

—La vida está llena de problemas, amigo. Y ya sabes lo que pienso. Todos se solucionan menos uno. Dime, cuéntame de qué se trata.

—Te tengo que retirar la línea de crédito que te he dado. No puedo financiarte ni un solo día el segundo libro de ese economista amigo tuyo.

—¡Pero qué me dices! ¿Y eso? ¿Os ha entrado el miedo por las tonterías que dice la prensa? Si toda esa polémica es magnífica. Cuanta más mierda digan esos periodistas, más fama para mi autor y mejor para mí, más garantía de que su libro arrasará...

—Puede que su libro llegue a ser un best seller... pero yo no puedo financiártelo, ni creo que nadie lo haga Jean Luc.

—No te entiendo Édouard. ¿Qué me quieres decir con eso de que no crees que nadie me preste el dinero...?

—Que ese libro no tiene que salir a la luz. Que no lo puedes editar.

—Bueno, ¡hasta ahí podíamos llegar...! ¿Qué yo no puedo publicar lo que me dé la gana? Esto es Francia Édouard, no África. Esto es un país libre. ¿Quién dice que no lo puedo hacer? ¿Quién te ha ordenado que me retires esa línea de crédito? Por cierto, ¿eso es legal? ¿Eso lo podéis hacer? Porque si no...

—¡Escúchame Jean Luc! No seas borrico. No hay orden de cortarte el grifo. Sigues teniendo toda nuestra confianza. Esta es otra historia. No te vamos a dar ni un euro para que publiques ese libro. Eso es todo. No puedes publicarlo con nuestro dinero. Yo diría más. No puedes publicarlo, simplemente.  Y si lo haces, te traerá consecuencias. A ver cómo te lo digo. Si no lo publicas, todo sigue igual entre nosotros. Si lo haces, con fondos de otro, o incluso con los tuyos... entonces se acabó. No tendrás nunca más un euro de nosotros. Y no me refiero a Crédit du Paris, sino a todo el grupo, ¿comprendes?

—¡Me toca los cojones toda esta historia! ¿Lo entiendes? ¿Entiendes tú eso Édouard? ¡Que yo no pueda hacer en mi empresa lo que me dé la gana! ¡Esto es la hostia! ¿Qué te parece si este veto lo denuncio en la prensa? ¿Qué le parecería a tus jefes algo así, eh?

—No digas tonterías. No vas a denunciar nada porque nadie te va a hacer caso Jean Luc. A ver si te enteras de una puñetera vez. ¡Qué tu escritor está acabado! ¡C'est fini! Como escritor, como economista, y como... Y salvo que tú quieras ir detrás de él... ¡Olvídate de ese libro! Céntrate en lo de Renault y pasa de ese tipo y habrá más Renault, y Peugeot, y Airbus si es necesario... pero anula todo lo que tengas con ese Byrne.

—¿Qué sabes tú de mis tratos con Renault?

—Yo nada. Pero mis jefes lo saben todo de todos. Pasa de ese tío y lo de Renault es tuyo. Apuesta por este tío y te quedas sin negocio en seis meses. ¡Ea!, ya te lo he dicho. ¡Coño, que necesitas las cosas mascaditas!

 

Cuando Jean Luc colgó el teléfono, aún se sentía enrabietado con la conversación, pero su pragmatismo no tardó en imponerse con paso firme. Quizás Édouard Laffitte tuviera razón. Era mejor seguir dentro del sistema que fuera. Ya había arriesgado demasiado apostando por aquel economista desconocido. Los beneficios habían sido notables y ahora, sus amigos de siempre, le pedían un favor: que se olvidase de aquel tipo. Y, a cambio, le garantizaban el contrato que tanto deseaba en ese momento. ¡Al carajo con Byrne! Le llamaría inmediatamente para romper el contrato... ¿el motivo? Ya se le ocurriría durante la conversación.

 

11

Odette pidió a Colin que fuera a por su coche y lo trajese a la puerta de casa. Mientras él se ausentase, ella prepararía una maleta con su ropa y la de la niña, cosas de aseo y poco más; tal y como habían hablado sería solo lo suficiente para un par de días; Colin les llevaría más tarde todo lo necesario para una estancia más larga; y Colin salió del dormitorio para dirigirse a la entrada de la vivienda con intención de coger las llaves que solían estar en una bandejita, en una de las dos repisas que, paralelas, estaban encima del paragüero.

Apenas había atravesado la puerta cuando sonó, en el interior de su bolso de piel, el teléfono móvil. Se detuvo en seco y miró a Odette dudando dejarlo sonar hasta que la comunicación se cortase.

Últimamente esas llamadas solían ser de impertinentes periodistas que se interesaban por conocer su opinión sobre lo último que se acaba de publicar de él, o peor aún, para pedírsela respecto de una mentira aún mayor que iban a publicar al día siguiente.

Aquella gentuza eran unas ratas que parecían disfrutar enumerándole las supuestas últimas averiguaciones que habían hecho sobre su pasado. Alimañas que no escuchaban nada de lo que les decía para desmentir aquellas patrañas. Y que, por supuesto, de llegar a reproducir algo de lo que les contestaba, generalmente era convenientemente cercenado y moldeado a sus intereses.

—¡Cógelo! —sugirió Odette— y si es uno de esos hijos de puta lo mandas a la mierda.

—Es Jean Luc —dijo él con una sonrisa que se fue transformando en expresión de incredulidad a medida que, tras el saludo inicial, pasaron los segundos.

Odette que mantuvo la vista fija en él, esperando alguna señal que le diese a entender de qué iba la conversación, también fue torciendo el gesto a medida que vio el cambio de expresión de su marido.

—¿Qué pasa? —preguntó cuando ya no pudo aguantar más su curiosidad.

Colin le indicó con la mano que esperara.

 

—No me puedo creer que hayas dado pábulo a esa sarta de mentiras Jean Luc (...) ¡No!, ¡No!, ¡espera tú! ¡No puedes decir que rompes el contrato unilateralmente por ese motivo! (...) ¡No es una ruptura, es un incumplimiento! (...) ¡Te demandaré por ello! ¿Devolverte el adelanto a cuenta de las regalías? ¡Y una mierda! (...) ¡Claro que nos vamos a ver las caras en los tribunales! Eres un cerdo Jean Luc. Me da igual que te hayan presionado, no sé qué tipo de presiones habrás sufrido. ¡Tienes un contrato firmado conmigo! ¡Tienes un compromiso! (...) ¡Eres un cobarde! (...) ¿Cómo? ¿Qué tampoco me vas a pagar lo que me adeudas de las últimas ventas?

Odette escuchaba sin poder creerse lo que estaba oyendo.

Mientras se desarrollaba la conversación se había acercado a su marido, dejando caer su mano izquierda sobre el hombro derecho de él, a la vez que había pegado su cara al teléfono para poder oír las palabras del editor.

Jean Luc cortó la conversación.

—¿Lo has oído? ¿Lo has oído? —dijo Colin— ¡qué no me va a pagar las últimas regalías porque va a retirar todos mis libros de las librerías de Francia y eso cuesta un dinero! ¿Y quién le ha dicho que retire unos libros que se están vendiendo como rosquillas? ¡Maldito cochon! (cerdo). Hablamos de que algo así podía pasar. ¡Se lo advertí! Y me dijo que nadie presionaba a Jean Luc Berbezier... ¡idiota!

—No te preocupes, cariño. Quizás Jean Luc sea el menor problema al que nos enfrentamos. Antes está nuestra seguridad y la de la niña. Esto hace ya tiempo que se nos ha ido de las manos y hay que ponerle freno antes de que perdamos cualquier posibilidad de controlar nuestras vidas. Serénate, olvídate, de momento, del editor y vamos a seguir el plan previsto. Yo no quiero seguir ni un minuto más en esta casa. Anda ve a por el coche y de camino al estudio seguimos hablando.

Colin, sin decir nada, salió del dormitorio y se dirigió a la entrada.

—¡C’est impossible! ¡Mon Dieu! —exclamó— ¿Tienes tú mi copia de las llaves del estudio?

—Yo no. ¿Por qué? ¿No están en su sitio?

—No. ¡Putain! (¡Joder!) ¡Estaban aquí!

—¿Estás seguro?

—Por supuesto.

—¿Entonces? ¿No habrá pasado lo que estoy pensando, verdad?

—¡Hijos de puta!

—¿Tú tienes tu copia?

—¡Claro!

—Pues me voy. Y date prisa con eso. Hay que ir al estudio cuanto antes a ver qué nos encontramos... ¡Cabrones!

—Cariño, ve con la ventanilla abierta... por si pasa algo... para que puedas salir —le dijo Odette antes de que sus ojos se inundaran de lágrimas.

 

Diez minutos después oyó el claxon de su coche, cogió la maleta, su bolso y un peluche de la cama de la niña y salió rápidamente del piso.

—Tengo una idea, un plan para que no puedan seguirnos; bueno, o ponérselo muy difícil, cuando os saque de París —dijo Colin en cuanto ella se hubo sentado en el Mini.

Odette bajó su ventanilla, se subió el cuello de la chaqueta y le miró esperando oírlo.

—Por cierto, voy a subir contigo al estudio. No quiero que entres sola en él...

—No seas machista. No me va a pasar nada. Habrán entrado, habrán mirado lo que les haya dado la gana y se habrán ido. Nadie va a estar dentro cuando lleguemos.

—De todas formas quiero subir y echar un vistazo. Allí no hay nada de interés, salvo mi portátil que bien pensado no vale nada. Si se lo han llevado, un favor que me han hecho.

—¿Y ese plan? ¿Qué has pensado?

 

Tal y como sospechaban, alguien había entrado en el estudio usando sus llaves. Quien lo hubiese hecho, al igual que en el piso, procuró que lo supiesen. Dejó las llaves puestas por dentro, la puerta entreabierta y la luz encendida, un calco de lo hecho horas antes en su casa.

Tampoco tocó el dinero que había en la mesa del despacho de Colin, que correspondía al pago de las clases que algunos de los alumnos solían hacer en mano, en vez de domiciliarlo en la cuenta corriente de Odette.

Y, tal y como imaginó Colin, lo único sustraído fue su ordenador portátil, un clónico con casi diez años de antigüedad donde conservaba documentos, fotos y textos suyos, publicados antes que el libro en periódicos locales. Nada de lo guardado en él se había perdido, puede que quizás algunas fotos, las últimas hechas con el móvil a Odette y Dafnèe una semana antes, durante una merienda en Les Deux Magots, una cafetería del barrio Latino, en la plaza de Saint  - Germain - des - Prés, que se convirtió a finales del XIX en el café de escritores y filósofos, entre ellos Jean - Paul Sartre. Solo eso. Lo demás estaba copiado y a buen recaudo en un par de discos duros portátiles conservados en un cajón del mueble del salón, por los que, curiosamente, no se habían interesado los intrusos.

 

 

En el estudio estuvieron poco tiempo, el imprescindible para que Odette se llevase algunos pinceles, sus favoritos; vaios tubos de óleo; un par de tablitas que usaba a modo de paletas y poco más. Todo lo guardó en un viejo y colorido maletín de madera que metió a su vez en una bolsa de plástico, para que nadie pudiese saber qué era.

Tras coger el dinero de las clases y una agenda con los teléfonos de sus alumnos y anotaciones personales, se marcharon con rapidez. Faltaban pocos minutos para que Dafnèe saliese de clase, la distancia era grande y el tráfico, a esa hora, era muy intenso. Tenían el tiempo justo.

El plan de Colin que habían ido mejorando sobre la marcha, mientras se desplazaban hasta el estudio, tenía como primer paso, tras salir de la Isla de la Saint - Louis, recoger a Dafnèe en el colegio de la rue  Chabrol y,  con ella,  dirigirse al centro comercial Italie 2, el más grande de todos los centros comerciales de París; al menos el mayor ubicado dentro de los límites del Boulevard Périphérique, la vía de circunvalación de la ciudad.

Las avenidas por las que deberían circular no eran  propicias para saber si estaban siendo seguidos, dado que su elevadísimo tráfico hacía imposible estar atento a la presencia de un mismo vehículo cerca, pero, al menos, un camino de ida y vuelta como era el que iban a seguir, complicaría el trabajo a sus perseguidores.

 

Dafnèe se mostró encantada al saber que iban a comer en una de las hamburgueserías del centro comercial, y que los próximos días cambiaría las clases por unas cortas vacaciones en Rambouillet, en casa de su amiga Fanny.

Sin embargo, no le agradó saber que se irían después de comer, sin pasar por su casa, porque a ella le hubiera gustado llevarse algunas cosas que, a juzgar por lo que su madre le había dicho, no figuraban en la maleta. Le reprochó que se llevase el maletín de pintura que tenía a su lado en el suelo, y que no hubiese pensado en que a ella le hubiera gustado hacer lo mismo con sus juegos. Aceptó, no obstante,  hacer una lista con todo lo que quería llevarse y que su padre se lo acercase al día siguiente.

—Mira Dafnèe, ahora vamos a hacer un juego en el que tú tienes que participar. Un juego que hacemos a veces las personas mayores para evitar encontrarnos con gente que no queremos ver, como vosotras hacéis cuando vais a celebrar una fiesta y lo guardáis en secreto entre unas pocas para que no se entere esa amiga que no os gusta porque es muy pesada, o muy cotilla... ¿me entiendes? —le dijo Colin a su hija.

—Sí papá.

—Bueno, pues verás. Tu madre y tú os vais a quedar tomando un chocolate mientras yo me voy. Dentro de unos minutos, os marcharéis en un taxi. Y yo os recogeré después.

—¿Y por qué hay que hacer eso? ¿Dónde nos vas a recoger? Si nos vamos en un taxi no sabrás dónde estamos...

—Hay que hacerlo porque me está siguiendo un periodista al que no le caigo bien y está escribiendo cosas de mí que no son verdad, ¿me entiendes?

—Sí papá, pero, ¿por qué no nos vamos todos juntos en el taxi?

—Porque es mejor que nos separemos. Así lo despistamos con más facilidad.

Dafnèe puso cara de circunstancias. A su edad, aquella explicación no terminó de convencerla, pero tampoco encontraba argumentos para rebatirla.

—Bueno, vale. Sí, quiero jugar —dijo tras pensarlo un momento, como si no hacerlo fuera una opción.

Colin le dio un beso en la mejilla y, a su mujer, otro en los labios.

—Te doy un toque al teléfono cuando te envíe el taxi. Salid por la puerta lateral, lo voy a mandar a la parada del autobús de la avenida de Italia.

—De acuerdo cariño. Ten cuidado.

—Hasta luego papá.

 

Colin bajó al garaje del centro comercial, sacó del coche la maleta con la ropa que su esposa y su hija se llevarían para esos días y subió de nuevo a la planta baja, dejando el Mini en el aparcamiento. Desde la entrada principal, en la Plaza de    Italia, llamó por teléfono a un taxi.

Al conductor le dijo que se dirigiera a la rue Chaudron, calle perpendicular a la de su domicilio, donde tenía aparcado su Peugeot, advirtiéndole que, tras bajarse él debería hacer otro servicio.

Tras llegar y abonarle el recorrido, le pidió que se dirigiese de nuevo al centro comercial, pero esta vez al lateral que da a la calle Italia, a la altura de la parada del autobús, donde le estaría esperando su mujer y su hija, quienes le dirían dónde debía llevarlas.

El taxista se mostró encantado con que el servicio que acababa de prestar se convirtiese en doble, y más aún cuando Colin fue generoso en la cantidad que dejó de propina.

Una vez en su coche, marcó el número del teléfono móvil de Odette, lo dejó sonar tres veces, según lo acordado entre ambos, y se dispuso a conducir hasta la puerta principal del Hospital Ambroise Paré, ubicado en la avenida Charles de Gaulle, en la comuna Boulogne - Billancourt, limítrofe con París y en la ruta que deberían seguir para dirigirse a Rambuillet.

Tras recoger a su esposa en la puerta del hospital, los tres se dirigieron a la vecina localidad, distante poco más de cincuenta kilómetros, un recorrido que discurre sucediéndose comunas próximas a la capital, profusamente habitadas con tierras de cultivo y zonas boscosas.

Colin condujo de manera muy irregular, alternando tramos en los que fue a la velocidad máxima permitida por la vía, con otros en los que lo hizo muy por debajo de ésta, siendo rebasado por la inmensa mayoría de vehículos que circulaban en su mismo sentido. Incluso tras dejar atrás el Bosque de Meudon, muy cerca aún de París, tomó la salida tres, en dirección a esa localidad para detenerse unos instantes junto al imponente edificio sede del proveedor de telefonía móvil Bouygues.

En este lugar fue donde, de común acuerdo, apagaron sus móviles y les extrajeron las baterías. Durante el tiempo que estuvieron detenidos, ninguno de los vehículos que pasaron a su lado atrajo su atención o la de Odette.

El resto del viaje ni él, ni su mujer —que miraba con tanta frecuencia hacia atrás,  que su hija le preguntó por qué estaba pendiente de ella— advirtieron nada fuera de lo común, deduciendo ambos que nadie los estaba siguiendo.

 

 

 

Isabelle Tatou, la amiga de Odette, y Fanny, las recibieron encantadas. Colin no lo vio. Apenas se detuvo el tiempo para que su esposa y su hija se bajaran, sacaran del maletero sus cosas y se despidieran. Dafnèe, al darle un par de sonoros besos a su padre, le entregó una hoja de bloc con una enorme lista de cosas que quería que le llevase cuando regresase.

—Mañana por la tarde, o pasado por la mañana, depende de cómo transcurra el día, te acerco otra maleta con las cosas que me has sugerido.

—No te preocupes, hazlo cuando puedas. Lo que sí debes hacer mañana a primera hora es comprar ese móvil de prepago del que hemos hablado y llamarme al teléfono de Isabelle.

—No te preocupes. Eso será lo primero.

—Ten mucho cuidado cariño.

—Y tú también.

—Cuando vengas tenemos que hablar de qué vamos a hacer. Esta situación no es soportable mucho más tiempo. Hay que darle una solución, la que sea, pero hay que hacerlo ya.

—En estos días podremos ver si la cosa se calma y recuperamos nuestra vida, o si no lo hace. Si así fuera, habrá que pensar en tomarnos unas vacaciones. Lo único que me preocupa es la niña. Las clases que va a perder...

—No pasa nada, yo me encargo de que no pierda el hábito de estudio estos días. Ten en cuenta que estaremos solas toda la mañana...

—Me voy ya. Mañana, en cuanto compre el móvil prepago te llamo al número de Isabelle. Te quiero.

—Y yo. Te echaré de menos.

—Y yo también —dijo Colin con un nudo en la garganta antes de subirse al coche y, sin querer mirar atrás, alejarse de su familia.

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