La conspiración de los cocodrilos (3)

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas 'La conspiración de los cocodrilos' de Germán Fonteseca

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Sinopsis

Un economista francés, que ha trabajado para la gran banca de inversión, publica un libro en el que cuenta cómo los que él denomina “los amos del mundo” han planificado las últimas crisis económicas globales con la intención de recortar derechos sociales y laborales. El objetivo último de este poder en la sombra no es otro que socavar la capacidad de decisión de los gobiernos democráticos, hasta convertirlos en meros títeres al servicio de las grandes corporaciones. El éxito mediático del libro y el anuncio de una segunda parte, en la que desvelará qué pasos darán estas familias, en los próximos años, provoca que adopten la decisión de acabar con él solicitando la intervención de los servicios secretos de la institución más poderosa de la tierra.

En la entrega anterior…

En un viejo edificio de Roma el padre Bernardino, secretario del cardenal responsable de La Entidad, conoce el encargo de poner fin a las actividades de Colin Byrne, el economista francés que amenaza los intereses de la familia Rutchildren y sus amigos. Paralelamente, Byrne comprueba que empiezan a vetar su presencia en los platós de televisión, a la vez que personas desconocidas siguen sus movimientos. Su miedo a las consecuencias por lo desvelado en su libro se disparó cuando vio un accidente, que interpretó como un atentado, y que consideró dirigido contra su familia.

6

La Comisaría de la Policía Nacional del Distrito X de París es un edificio de tres plantas de grandes cristaleras separadas por columnas formadas por planchas de hierro con remaches, ubicado en el número 29 de la rue Louis Blanc. Su entrada está ligeramente por encima del nivel del suelo, distancia que se salva mediante media docena de escalones, vigilados por un funcionario dentro de una garita de cristales blindados. En la calle, generalmente, hay un dispositivo montado con vallas que impide acceder directamente desde la acera, siendo necesario dar un pequeño rodeo que permite al agente de guardia ver perfectamente quién entra y quién sale.

Colin Byrne explicó al funcionario que les atendió que quería denunciar que la noche anterior le habían seguido unos desconocidos, y que pensaba que, quizás, el extraño accidente que había ocurrido en la esquina —el edificio policial estaba a apenas cien metros de la intersección donde se produjo— tuviese alguna relación con ese seguimiento.

El policía, al oír eso último, avisó inmediatamente a su superior.

Un brigadier, hombre ya con cierta edad, se acercó con tranquilidad, observándolo desde el otro extremo del pasillo, y les pidió a él y a Odette que les acompañasen a su despacho, donde escuchó con atención el relato que Colin hizo de sus últimas horas, incluida la tarde anterior, y cómo pensaba que aquel incendio, que él consideraba provocado, tenía como objetivo su coche y a su persona.

Cuando acabó, el suboficial descolgó el teléfono y pidió a un guardia que se acercara al despacho, ordenándole que acompañara a los presentes mientras él hacía unas gestiones.

Al cabo de cinco interminables minutos, regresó, dio las gracias a su subordinado y les pidió a Colin y a Odette que le acompañasen a otro despacho que estaba en una planta superior.

Dentro del mismo se encontraban dos funcionarios, un hombre y una mujer, vestidos de paisano. Ella, sentada detrás de la mesa de trabajo, y él de pie, junto a la ventana que daba al patio trasero del edificio.

El brigadier les presentó al matrimonio e hizo ademán de marcharse, pero la funcionaria le pidió que se quedase, e invitó a Colin y Odette a tomar asiento delante de ella.

Finalmente, tras anunciarse como la capitán Voinchet y presentar a su compañero, el teniente Foissard, le pidió a Colin que repitiera su historia.

 

—Bien, señor Byrne, lo que nos cuenta no pasa de ser una mera suposición. Sinceramente, que el coche sea del mismo modelo y color que el suyo no es indicio de nada. ¿Sabe usted cuántos Peugeot 308 azules hay en París? Y, créame, tampoco puedo tener en consideración que piense que es el que anoche estaba aparcado al lado del de usted porque recuerde las dos letras finales de la matrícula, ya que se parecían a la suya. La sensación de sentirse seguido, que asegura que tuvo ayer, probablemente ha disparado su imaginación al ver el tremendo suceso que ha tenido lugar esta mañana. Eso es lo que pienso.

—Perdone capitán, pero debo corregirle. No es “sensación de sentirme seguido”, como usted ha dicho. Me siguieron. Lo hicieron con una motocicleta y una furgoneta. De eso no tengo la menor duda.

—Bien, bien. Si así lo cree, si está convencido de ello, ahora acompañará al brigadier y podrá efectuar su denuncia.

—Entonces, ¿no van a hacer nada? —intervino Odette que había permanecido en silencio hasta ese momento.

—Estamos trabajando señora. Ahora mismo hay técnicos investigando el incendio y todas las hipótesis están abiertas. Les vamos a tomar la filiación a ambos y añadiré lo que me han contado a la documentación que se está elaborando en este momento. Eso es lo que podemos hacer por ahora.

—No me cree, ¿verdad? —dijo entonces Colin.

—No es que no le crea. No es una cuestión de creer o no creer en su palabra. Es más simple. Intento racionalizar con mi visión de policía lo que me acaba de contar y, sigo insistiendo, no hay ningún indicio en ello que me lleve a pensar que corra usted un peligro inminente. Comprendo que con todo lo que está viviendo, por lo que está pasando en este momento, tenga los nervios alterados, pero...

—¿Cómo dice? ¿Por todo lo que estoy viviendo en este momento? No sé a qué se refiere —soltó de sopetón, interrumpiéndole, Colin.

—¿No ha visto la prensa esta mañana señor Byrne? —dijo detrás de él el teniente Foissard.

—No, no la he visto. Con la rutina alterada por lo que les acabo de contar del seguimiento y tener que ir a recoger el coche a Aubervilliers... y después, con el incendio. No he visto nada.

El teniente Foissard cogió un ejemplar del diario Le Figaro y otro de L´Independence y los dejó caer encima de la mesa de la capitán Voinchet, delante de los ojos de Colin y Odette.

—Y todos los demás llevan esa noticia en la portada, unos de forma más destacada, como ese —dijo refiriéndose a L´Independence— y otros algo menos, pero todos, todos los diarios de hoy: Le Parisien, 20 Minutes...

Colin dio un salto en la silla. Una foto suya hecha durante la presentación de su libro Dystopie Économique aparecía en las portadas acompañada de un titular que lo tachaba de falso gurú de la economía, de embustero y de estafador, calificándolo en el subtítulo de iluminado que recurría a la extorsión como método para obtener documentos confidenciales que, interpretados por su mente fantasiosa, le llevaban a inventar teorías conspirativas.

—Es difícil separar eso que dice la prensa de su “mente fantasiosa” de lo que nos acaba de contar, señor Byrne —dijo el teniente.

—Lo siento mucho, pero no podemos hacer nada más. Vamos a investigar la terrible muerte de esa pobre gente y no le quepa duda de que si observáramos la más mínima relación con usted o su familia se lo comunicaremos de inmediato, entre otras cosas para facilitarle la protección que fuese necesaria, pero, tal y como están las cosas en este momento, eso es todo —dijo la capitán.

Odette, que se había tapado la cara con las manos al ver los periódicos, no pudo contener las lágrimas.

La capitán Voinchet abrió un cajón y sacó un paquete de pañuelos que le pasó amablemente.

—La prensa, muchas veces, es muy cruel exagerando las cosas, intentando vender ejemplares a costa de la honorabilidad de las personas. Por lo que a nosotros respecta, ustedes son ciudadanos como cualquiera, y ni debemos, ni podemos juzgarles por lo que digan estos periódicos —dijo mirando a su compañero— Lo siento de veras, pero, insisto, lo que usted nos ha contado, sin ponerlo en duda, no es suficiente para hacer nada más que lo que ya le he dicho.

—¿Va a presentar denuncia por las sospechas de seguimiento? —intervino el teniente.

—Sí. Lo voy a hacer —respondió Colin sin dejar de mirar el diario que tenía en sus manos.

—El brigadier les acompañará ahora a la oficina correspondiente —dijo la capitán dirigiéndose a ellos. Después, mirando a su subordinado, que acababa de levantarse de una silla que ocupaba una esquina, junto a un armario metálico, le pidió que si finalmente no presentaban la denuncia, les tomara la filiación completa para adjuntarla a la diligencia que iba a redactar referida a su comparecencia ante ella.

El brigadier, Colin y Odette abandonaron el despacho tras estrechar la pareja las manos de los dos funcionarios de policía que quedaron dentro.

Cuando se habían alejado lo suficiente como para que no pudieran oírles, el teniente se sentó en el mismo sitio en el que había estado Colin.

—Cuesta creer que lo sucedido hoy sea un acto premeditado contra ellos y que el autor se haya equivocado de coche, por mucho que los muertos vivieran en la avenida donde este hombre dice que aparcó el suyo ayer noche antes de coger el metro.

—Encárgate tú de hacer una diligencia de comparecencia y se la pasas a los de Información Interior, para que hagan con ella lo que consideren oportuno. No sé por qué demonios no han querido atenderlos ellos.

—De acuerdo, me pongo con esto ahora si te parece...

—Sí, sí. Resuelve el asunto cuanto antes que tenemos trabajo pendiente.

Nada más salir el teniente Foissard del despacho, la capitán Voinchet cogió el teléfono que había en su mesa y marcó una extensión interior.

—Comisario Dronne, buenos días de nuevo. El señor Byrne acaba de estar en mi despacho (...) Sí, sí. Yo le he restado importancia y le he dicho que no hay indicio alguno que le relacione (...) Bueno, muy convencidos no se han ido (...) Su mujer, señor, ha venido acompañado de ella (...) Muy bien, quedo a sus órdenes para lo que sea (...) Gracias. Que tenga un buen día.

7

Los Pactos de Letrán, firmados en 1929 por el entonces Primer Ministro de Italia, Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel, y el cardenal Pietro Gasparri, en representación del Papa Pío XI, además de marcar el inicio de la independencia política de la Santa Sede de Italia, llevaron a que determinadas zonas y edificios enclavados en suelo de este país resultaran inmunes a sus leyes, quedando bajo la legislación del Vaticano; algo así como sucede con las delegaciones diplomáticas en cualquier país del mundo, respecto del Gobierno soberano del territorio en el que se encuentran.

La Universidad Pontificia Gregoriana, cuya sede está en la Piazza della Pilota, en pleno corazón del Quirinale romano, es uno de esos edificios que goza de la inmunidad que le otorga el derecho internacional.

Construida en la década de los años veinte del pasado siglo, consta en la actualidad de varios edificios anexos: el Palacio de los Lucchesi, a la izquierda de la puerta principal; el Frascara, en el flanco izquierdo de la referida plaza; y la Traspontina, justo a la espalda de la propia universidad.

Este edificio, el principal, tiene un magnífico patio interior, porticado, con techumbre de cristal en el centro y las esquinas, de uso polivalente, que lo convierten en sala de conciertos y conferencias, lugar de recepción de autoridades e, incluso, en espacio de trabajo o lectura de los casi cuatro mil estudiantes que alberga a lo largo de todos los meses del año.

A través de uno de sus extremos se accede a una moderna cafetería inaugurada a primeros de octubre de 2012, cuyo diseño vanguardista contrasta fuertemente con el resto del inmueble que, por su aspecto, bien pudiera tomarse por un edifico del siglo XVII.

Al padre Jesús Yajures no le gustaba en absoluto esa cafetería. Se sentía incómodo sentado en sus sillas de metacrilato de color caramelo, y deslumbrado por una iluminación de luz blanca, cuya frialdad incrementaban la pintura de las paredes y las losetas del suelo.

Yajures no frecuentaba la Universidad. No era ese edificio destino habitual de sus salidas del palacete de Borgo Santo Espirito, pero lamentaba que las pocas veces que tuvo que visitarlo, acabaran con un Caffe machiato que, según todo el mundo, preparaban estupendamente los camareros del Greg Café, nombre del establecimiento.

Por eso, aquella mañana, cuando el rector del Pontificio Instituto Bíblico, una de las instituciones que forman parte de la estructura académica de dicha universidad, le sugirió tomar un espresso antes de despedirse, aceptó sin mucho entusiasmo.

Yajures, el rector, y parte del claustro de profesores de dicho instituto, acababan de terminar una reunión en la que se trató la puesta en marcha el próximo año académico de un curso basado en las últimas excavaciones hechas en edificios de Jerusalén, propiedad de la Iglesia Católica, llevados a cabo por la sede anexa del instituto en dicha ciudad.

Atravesaban el patio porticado despacio, para que el ruido de sus pisadas no molestase al reducido grupo de personas, muchos de ellos religiosos, que trabajaban en las amplias mesas esparcidas estratégicamente alrededor de las columnas, cuando una persona, vestida con traje y alzacuello se acercó a ambos.

—Perdone padre Jesús. Señor rector, buenos días —dijo hablando muy bajito el recién llegado.

—Buenos días Bernardino —respondió el padre Jesús.

—Necesitaría hablar con usted un asunto que no puede esperar. Será solo un minuto —añadió mirando al rector.

—No hay problema, tomaremos ese café otro día —dijo entonces el rector.

—Es solo un momento. No se vaya por favor... —pidió el padre Bernardino.

—No, no. Ustedes tienen mucho trabajo y yo iba a entretener al padre Jesús. No importa. Tomaremos ese café otro día, ¿verdad padre? —dijo el rector dirigiéndose a su acompañante.

—Siento de veras haberles interrumpido, pero... —insistió Bernardino.

—No se preocupen ninguno de los dos. Ya les dejo       —añadió el rector a la vez que estrechaba con afecto las manos del padre Jesús y, sin dilación, se retiraba camino de su despacho.

En cuanto se marchó, el padre Jesús miró con cara de alivio a su amigo.

—Te lo agradezco. No me apetecía nada acabar mi visita en esa cafetería tan, tan... —repitió sin encontrar una palabra que no le resultase malsonante.

—No traigo buenas noticias —soltó de sopetón Bernardino.

—Nunca lo suelen ser.

—Sí pero ésta no es mala, es pésima, y llega de París.

—¡Dios Bendito! ¿Qué ha hecho tu gente? ¿Ya han actuado? ¿Tan pronto?

—Parece ser que sí. Y han cometido un error imperdonable —añadió el padre Bernardino en un susurro al oído del padre Jesús.

Ambos permanecían de pie, junto a una de las columnas del patio.

—Salgamos de este edificio, caminemos un rato y me lo cuentas —dijo el padre Jesús.

Nada más bajar los escasos escalones que separaban la entrada del imponente edificio del adoquinado de la calle, el padre Jesús fue a iniciar la conversación, pero se contuvo ante un gesto que le pedía paciencia del padre Bernardino.

En esos primeros metros de la Via dei Lucchesi caminaban algunos sacerdotes, unos dirigiéndose a la Piazza della Pilota y otros alejándose de la misma.

Ellos se encaminaron a la Fontana di Trevi, distante apenas doscientos metros, con la intención de mezclarse con las decenas de turistas que a esa hora pululaban alrededor.

Cuando la alcanzaron, el padre Jesús le miró.

—¿Qué ha pasado?

—Que se han precipitado y han cometido un error grave.

—¿Muy grave?

—Mucho.

—¿Irreparable?

—Efectivamente.

—¡Dios mío! Rezaré por esa persona...

—¡Esas personas, padre! Son dos.

—¿Cómo que dos?

—Un matrimonio.

—¡Santo Dios Bendito! ¿Pero cómo...? ¿No los habrán detenido, verdad? No quiero ni pensar que este asunto provoque más víctimas...

—No, no. Ni siquiera sospechan que sea un hecho deliberado. Nuestra gente en París ha hablado con el comisario Gaston Dronne, el que lleva la investigación y les ha dicho que la hipótesis de un desgraciado accidente es la que él ha defendido desde el primer momento, y que había calado por completo entre sus hombres que, incluso, habían cedido la investigación a los bomberos.

—Hablas en pasado. ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo?

—Lamentable e incomprensiblemente, el señor Byrne se presentó en la Comisaría y dijo que él se consideraba el objetivo del incendio.

—¿Pero cómo demonios han podido fallar? ¡Un asunto tan sencillo!

—Un cúmulo de circunstancias. Casualidades que se dan en la vida que son increíbles. Al parecer, nuestro objetivo dejó el coche aparcado en un lugar que no es el habitual, y lo hizo justo al lado de otro vehículo del mismo modelo y color. Hasta la matrícula era parecida.

—No me cuentes más, ya me imagino el resto.

—No, no. Espera, que hay más detalles que explican mejor cómo se cometió el error. Pues bien, como te digo, dejó el coche de noche aparcado al lado de otro igual... y por la mañana lo recogió antes. Nuestra gente tuvo que llegar unos instantes después, pasaron por el sitio y vieron un solo coche como el que buscaban. La calle estaba vacía, y decidieron aprovechar la oportunidad. ¿Para qué iban a esperar?

—Pero la matrícula...

—No la comprobaron. Les habían dicho una marca, modelo y color; y un lugar exacto: Aubervilliers, avenida de Jean Jaurès, delante de la carnicería hallal. ¿Y qué vieron allí? Pues el coche que estaban buscando y nadie alrededor. Se situaron a su lado, se bajó Altobelli y colocó el dispositivo incendiario bajo el motor, lo siguieron de cerca durante el tiempo necesario hasta dar con la frecuencia del mando a distancia y cuando la tuvieron bloquearon las puertas, y ya sabes el resto.

—¡Qué tragedia! Pobre gente. ¿Habéis tomado ya alguna decisión?

—Sí, claro. Seguir adelante. He ordenado, en nombre del Cardenal Facchetti, por supuesto, que se tomen las cosas con más calma, mucha calma, toda la que sea necesaria; que provoquen que «el objetivo» salga de París y acabar con él evitando daños colaterales, siempre que sea posible, claro.

—¿Cómo has venido hasta la Universidad? —preguntó entonces el padre Jesús.

—Tengo transporte, no te preocupes.

—Pues yo me vuelvo, que mi coche me espera enfrente. Mantenme informado, por si me preguntan los ingleses...

—Descuida.

8

Odette Ferrière se levantó el lunes muy nerviosa. Cinco días después del desgraciado suceso que tuvo lugar en la esquina de su calle, los periódicos seguían destrozándoles la vida con espacios en sus portadas, más o menos destacados, dedicados a desmentir los argumentos del libro de su marido.

Además, esa mañana, en la versión digital, que consultó mientras desayunaba, habían dado un paso más para descalificarle como economista, atribuyéndole un pésimo papel como asesor financiero de Plus Money Société Inversée en la gestión de EFT (Exchange Trade Fund, término anglosajón equivalente a Fondos Cotizados).

Odette, ni siquiera sabía qué era aquello de EFT, por lo que tuvo que consultarlo en internet, descubriendo que se trataba de una cesta de valores que cotiza en un mercado concreto, cuya rentabilidad está en función de cada uno de los valores que forman la misma. Al parecer, era un producto financiero sencillo de operar, que se asemeja a una acción, aunque englobe a muchas empresas, y que, además, permite comprar o vender durante toda la jornada de cotización, sin estar obligado al cierre de la sesión.

Según algunos diarios —parecía que se hubiesen puesto de acuerdo, o más bien, que hubieran recibido todos ellos la misma información de un tercero— Colin Byrne había manejado mal la información económica disponible, y aconsejado aún peor a un gran número de inversores que vieron mermar sus ahorros en pocos meses, motivo por el cual, entre otros, fue despedido de Plus Money SI.

Odette estalló en cólera cuando leyó eso último, pues sabía de sobra que su marido dejó aquella empresa por temor a que su trabajo tuviera consecuencias penales, dado los dudosos procedimientos empleados por la misma en operaciones hechas fuera de Francia, especialmente en España, en el Latibex, mercado bursátil para valores latinoamericanos radicado en Madrid.

Se levantó con tanta furia de la mesita de despacho, ubicada en un extremo del salón, que ésta se sacudió con violencia y la pantalla del ordenador de sobremesa que estaba consultando se fue al suelo junto a un lapicero con un par de bolígrafos.

—¡Enculé de merde!, ¡va te faire foutre! ¡Connard!, ¡nique ta mère! (¡Maricón de mierda!, ¡que te den por culo! ¡Cabrón!, ¡fóllate a tu madre! —gritó dirigiéndose imaginariamente al autor del último artículo que acababa de leer, al que conocía personalmente porque, años atrás, cuando él empezó en el periodismo, hizo un reportaje sobre los negocios que había en la Isla de San - Louis, donde ella tenía el estudio de dibujo y pintura.

Inmediatamente, muy alterada aún, puso la pantalla en su sitio, comprobó que no había sufrido daño alguno y apagó el ordenador, desenchufándolo incluso de la corriente. En el suelo, olvidado, quedó el lapicero.

 

Mientras pedaleaba en su bicicleta camino del colegio de su hija intentó serenarse. Iba a hablar con la tutora para comunicarle que la niña se ausentaría de clase durante unos días, tal vez una semana o más. La pequeña estaba encajando muy mal aquella situación, especialmente dura por los cuchicheos de sus compañeras de clase el jueves y el viernes de la semana anterior, que habían dejado en papel mojado la decisión de no ver ningún informativo de televisión, ni subir ningún periódico a la casa.

Odette y Colin, tras ver que el acoso mediático no cesaba, habían acordado el fin de semana, que ella y Dafnèe se fuesen unos días a Rambouillet, pequeña ciudad situada a unos sesenta kilómetros al SO de París, donde vivía una amiga de Odette, separada, que tenía una hija de la misma edad de la suya.

La niña aún no conocía la decisión. No se la comunicaron para que no pudiera, con un comentario imprudente, adelantarse a la conversación que su madre mantendría a media mañana con su tutora. Quienes sí fueron oportunamente avisados de la suspensión temporal de las clases fueron sus alumnos de dibujo y pintura, que lo lamentaron profundamente, aunque comprendieron lo decidido.

Colin y Odette llevaban, desde que tomaron la decisión de alejar a la niña de París, debatiendo qué hacer con su futuro, dudando entre esperar a que la tormenta mediática acabase y se olvidasen de ellos, o aventurarse con un cambio de domicilio.

En el piso de la calle Fabourg Saint - Martin llevaban viviendo seis años. El inmueble, propiedad de los padres de ella, se lo adquirieron a su madre y hermana cuando su padre falleció, por lo que la niña no recordaba otra casa.

En ese período, Colin estuvo fuera un año, el que pasó trabajando en Londres para la banca Ruthchildren, tiempo que Odette pudo manejarse bien con Dafnèe, que entonces contaba seis años, puesto que su madre, ya viuda, vivía con ellos.

Abandonar París era lanzarse a una aventura de resultados inciertos. Ambos tenían actividades que podían desarrollar en casi cualquier lugar. Odette podría instalar una academia de dibujo y pintura sin mayores problemas, y él ofrecer sus servicios de contabilidad desde una pequeña oficina, instalada incluso en su domicilio, si fuese necesario para empezar. Ahorros tenían para soportar los duros meses que conllevan el inicio de una nueva vida. Pero, ¿dónde?

La hermana de Odette vivía en Rossens, en la margen izquierda del río Sarine, en el condado de Friburgo, en Suiza, lejos de París, a unos seiscientos kilómetros. Y Colin, sin hermanos y con sus padres fallecidos, solo tenía familia en Bangor, ciudad integrada en el área metropolitana de Belfast, condado de Down, en Irlanda del Norte.

A Colin jamás se le pasó por la cabeza la idea de regresar a la patria de sus padres, porque estos no quisieron, en vida, volver nunca a su tierra, de la que se marcharon por culpa de la violencia desatada en los años setenta por las posturas enfrentadas entre los protestantes, unionistas, y los republicanos, católicos e independentistas.

Sus padres renunciaron definitivamente al regreso cuando solicitaron la nacionalidad francesa, después de residir más de veinte años en tierra gala.

Colin, además, jamás se planteó abandonar Francia, porque sus cuerpos estaban enterrados en el vecino cementerio Saint - Vincent.

La duda, la incertidumbre y el miedo, se instalaron en sus vidas en muy pocas jornadas, creando las condiciones adecuadas para que tuviesen roces personales impensables solo días atrás, de modo que la opción de separarse físicamente, de manera temporal, unas decenas de kilómetros, era algo más que apartar a la niña de aquella situación.

Ninguno quiso plantearlo así, pero ambos lo tuvieron claro en su fuero interno.

¿Cuándo volvería la normalidad a sus vidas? Probablemente nunca. Los dos eran conscientes de ello.

 

—No quiero que esto sea el inicio de una ruptura  —dijo Colin tras el largo silencio que siguió a la propuesta de alejamiento físico que él mismo había dejado en el aire.

—Ni yo tampoco. No tiene por qué serlo —añadió Odette.

—Pues que no lo sea —insistió él.

—¡Putain! (¡Joder!) Pues no lo digas de esa manera.

—¿Qué no lo diga cómo? —insistió Colin elevando la voz.

—¡Como lo has dicho!

—¿Y cómo lo he dicho? —repitió aún más enfadado.

—¡Como una orden!, como si yo fuera a... Mira, mejor me callo, porque como diga a qué me ha sonado vamos a tener otra bronca y ya estoy cansada de discutir.

—No se puede hablar contigo. A todo le ves un doble sentido. Es imposible mantener una conversación sin que te parezca que estoy resultando grosero, o machista o... sabe Dios qué.

—Sabes qué te digo, que el que se está comportando insoportable eres tú. Desde que nos has metido en este lío estás de un humor de perros y no se puede hablar nada contigo.

—¿Qué yo os he metido en este lío? ¿Qué he sido yo? ¡Vamos, no me jodas! La publicación del libro fue algo pactado. ¿O ya no te acuerdas? Lo hablamos, te lo advertí. Te dije que sería complicado, que esa gente es poderosa y que no iba a reaccionar bien... ¿Te lo dije o no te lo dije?

—Nunca fuiste explícito.

—¿Explícito? ¿Qué quieres decir con explícito? ¿Que nunca te dije que me criticarían? ¿Que nunca te dije que me echarían a los periodistas encima? ¿Eso quieres decir?

—Eso y que atentarían contra nuestra vida...

—¡Por favor Odette!

—Mira vamos a dejar esta conversación antes de que sea tarde...

—¿Antes de que sea tarde para qué?

—Ves. Estoy intentando rebajar la tensión y tú erre que erre... Pues mira, antes de que diga algo de lo que tenga que arrepentirme, o lo digas tú y entonces esa estancia en Rambouillet se conviertan en meses... o para siempre».

 

Odette fue recordando aquella disputa mientras se acercaba al colegio de su hija. Sus ánimos, en vez de serenarse, se encresparon aún más, y así no podía hablar con la profesora. Por eso, un centenar de metros antes del centro escolar decidió dejar la bici amarrada a las barras de un aparcamiento para bicicletas, ubicado en el ensanche de la acera de la misma calle Chabrol, a la altura del Mercado de Saint - Quentin y tomarse una infusión en el café bar L´Aubra.

Mientras candaba la bici, una motocicleta de tres ruedas pasó despacio, rebasó el Hotel Parisiana y se detuvo en el aparcamiento reservado para motos ubicado solo unos metros más adelante. Era una de las habituales Peugeot Metrópolis de color negro, con manta cubrepiernas, tan frecuentes en las calles de su ciudad, pero algo le llamó la atención y le hizo volverse. Fue un impulso, como el que en ocasiones nos obliga a mirar hacia atrás para descubrir la vista de alguien fija en nosotros.

¿Dónde había visto una moto igual? ¿Acaso no era la misma que vio desde la ventana de su casa la noche que su marido le dijo que le habían seguido?

El motorista vestía una chaqueta impermeable de color marrón y llevaba puesto un casco tipo Jet con la visera oscura. Aquellos cascos eran más propios del verano, por ser más frescos y más cómodos para la temporada de calor.

Intrigada y preocupada a la vez, decidió, pese a que la temperatura no sobrepasaría los siete u ocho grados, sentarse en las mesas de la terraza para observar, con disimulo, el comportamiento de aquel sujeto, y lo que vio le inquietó aún más.

El joven, quizás no llegase a los treinta años, tras bajarse de la moto, se situó de espaldas a ella, se quitó el casco dejando ver una respetable cabellera de un castaño muy claro, casi rubio, y del portaequipajes extrajo una gorra con visera. Tras ajustárselo y colocarse unas gafas de sol, se dirigió hacia el mismo café. Pasó junto a ella mirando al lado contrario y entró en su interior sentándose en un taburete de la barra.

Odette presintió que la estaba siguiendo, llamó al camarero, le pagó la consumición, dio un sorbo a su infusión, sacó su teléfono móvil, y se marchó con rapidez hacia el colegio.

Mientras se acercaba hacia el aparcamiento de motocicletas, preparó la cámara del teléfono y al pasar junto a la que conducía aquel hombre, disparó un par de fotos.

Antes de entrar al centro escolar, abrió Facebook Messenger y le envió a su marido una de ellas.

«Creo que esta moto me ha seguido hasta el colegio. Ahora mismo acabo de entrar y no podré hablar en media hora más o menos. ¿Es la que te siguió a ti el otro día?» Y acabó el texto con el emoticono del beso.

 

Colin recibió el mensaje mientras subía por las escaleras de su casa.

Se detuvo. Contempló la foto y se preocupó al instante. Aquella imagen coincidía con el recuerdo que tenía de la motocicleta que le había seguido días atrás.

Decidió cambiar de planes sobre la marcha.

En cuanto entrase en casa, guardaría en la caja fuerte la importante cantidad de dinero que acababa de sacar de la cuenta que tenían en común en el banco, cogería su bicicleta e iría al encuentro con Odette.

A su mente vino de inmediato una nefasta idea. Su mujer era un blanco fácil circulando en una bicicleta, un leve golpe con un coche podría hacerle mucho daño, una patada al pasar a su lado con una moto podría lanzarla contra otro vehículo, un camión por ejemplo, y el autor huir con extrema rapidez sin que nadie lograse detenerlo.

Subió los escalones que le faltaban de dos en dos, sujetando con una mano la pequeña mochila en la que llevaba los diez mil euros que había conseguido sacar en ventanilla, después de haberlo solicitado el viernes, mientras con la otra buscaba en su bolsillo exterior las llaves del piso, dispuesto a no perder ni un minuto.

Pero al llegar al rellano se detuvo en seco.

En la penumbra de la escalera vio, sorprendido, la claridad que salía por la puerta de su casa, abierta un palmo.

—Quién coño... —No terminó la frase. Se colocó bien la mochilita en la espalda y se acercó despacio. Empujó la puerta con suavidad y cogió un paraguas del paragüero de la entrada, empuñándolo con firmeza, como si de una espada se tratase.

Con él por delante recorrió la casa sin observar desorden ninguno. ¿Era posible que Odette, que abandonó la vivienda después que él, se hubiese dejado la puerta abierta? Había salido con su bicicleta, que guardaban en una de las habitaciones que usaban a modo de trastero... eso pudo impedirle cerrar adecuadamente.

Concluyó que no. Su mujer era extremadamente cuidadosa con esas cosas. Obsesiva incluso a veces con repasar, antes de salir, que ningún objeto quedase encima de la placa eléctrica de la cocina, que los cargadores de los móviles estuviesen desenchufados, que ningún aparato quedase encendido... ¿Entonces?

Volvió sobre sus pasos y comprobó la cerradura observando con absoluta sorpresa que el juego de llaves sobrante, el que llamaban de reserva, que tenían en una repisa, en la entrada, estaba puesto en el bombín, por dentro. ¡Habían abierto desde dentro!

Recorrió de nuevo las habitaciones y al llegar a la que usaban como trastero se dio cuenta de algo que en la inspección anterior le pasó completamente desapercibido. Hacía frío en ese cuarto. La temperatura era muy inferior a la del resto de la casa.

Y entonces lo vio.

La ventana, que daba al patio de luces, estaba entreabierta y en el alféizar de la misma eran visibles las huellas de unas zapatillas de deporte, tal vez unas botas.

Inmediatamente se fue al dormitorio y abrió la cómoda y de ella extrajo el joyero de Odette. Aparentemente no faltaba ninguna pieza. Miró en otro cajón, donde solían guardar una cajita con dinero. También estaba allí, nadie había tocado los billetes de su interior.

Colin volvió a recorrer el piso, deteniéndose junto a la pequeña mesa de despacho que ocupaba uno de los extremos del salón. En el suelo, encima de la alfombra de pelo largo que tenían bajo ella, había un lapicero tumbado y un par de bolígrafos esparcidos a su lado.

Se agachó para cogerlo, depositó los bolígrafos dentro y rodeó la mesa para dejar el lapicero en su sitio. Al hacerlo vio que el ordenador estaba encendido. Tocó el teclado para sacarlo de su estado de reposo y el escritorio se mostró como siempre.

Se quitó la mochila de la espalda, la dejó en el suelo, se sentó, y tecleó para hacer visible el icono de Golden Eye, un programa que instalaron en su día para tener cierto control sobre lo que su hija hacía y veía en internet (y en el ordenador en general), y descubrió con sorpresa que el software espía que monitoreaba aquel PC estaba inutilizado.

Alguien había anulado el programa para poder entrar en sus carpetas, sus archivos, su historial de Google, sin que las imágenes que este programa graba para mostrar qué se ha hecho, y a qué hora, estuviesen en ningún lado.

Quien entró en la casa no estaba interesado en robar nada. Lo había hecho para introducirse en su ordenador y buscar algo... seguramente los documentos que él tenía a buen recaudo, que habían sido la base de su primer libro, y que serían el argumento del segundo y más escandaloso.

Rápidamente, se dirigió al dormitorio de la niña, retiró los libros y otros objetos que había sobre la mesa de escritorio, la puso de costado en el suelo y extrajo del tubo metálico de una de las patas el tapón que regulaba su altura, sacando de su interior un pendrive de color negro y una tarjeta SD de memoria, adheridos con un trocito de cinta americana gris a la pared interior del tubo.

Se sentó en la cama y pensó unos instantes qué hacer con ellos.

Se incorporó, y guardó ambos en un monedero que sacó de su pantalón, dejando la habitación tal y como la había encontrado.

Antes de salir del dormitorio puso derecha una pantalla de televisión sujeta a la pared por un soporte regulable que estaba algo torcida.

En el salón recogió la mochila, sacó su contenido y lo guardó en la caja fuerte oculta en el zocalillo de uno de los muebles de la cocina.

Consultó la hora. Cogió el móvil y llamó a Odette

—¿Has terminado? ¿Sí? (...) Pues no vengas. Quédate en el colegio que voy a buscarte con la bicicleta (...) ¿Dónde dices que vas? ¿Cómo se llama el café? (...) Espérame en él. No quiero que vengas sola en la bici y, además, tengo que contarte una cosa.

 

Colin cogió su bicicleta y con ella salió al descansillo de la escalera apoyándola contra la barandilla para cerrar con llave el piso. Mientras lo hacía, se abrió la puerta de enfrente y la vecina, una mujer mayor, se asomó.

—Buenos días señor Colin. Esta mañana han estado los del Ayuntamiento para ver si instalan un día de estos un palomar anticonceptivo en nuestro tejado. Yo no sabía qué era eso y me lo han explicado. Han sido muy amables.

—¿Quién dice usted que ha estado?

—Los operarios municipales de Medio Ambiente. Han venido para ver si nuestro tejado era adecuado para instalar uno de esos palomares que impiden que salgan los polluelos de los huevos. Y como no había nadie en el edificio les he tenido que abrir yo.

—Perdone, ¿dice usted que han subido al tejado unos operarios del Ayuntamiento?

—Sí, sí. Y han estado trasteando por el patio de luces, subiendo y bajando por unas cuerdas para ver las paredes. Yo me asomé por la ventana para verlos, pero me dijeron que tuviera cuidado, que mejor me metiera dentro, porque podían hacer caer sin querer alguna teja. Que era peligroso que estuviera asomada.

—¿Y eso cuándo ha sido?

—Hace un rato. Creo que se han ido justo después de que usted llegara a su casa.

lavozdelsur.es presenta la novela por entregas ‘La conspiración de los cocodrilos’ de Germán Fonteseca

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