Infantes terribles

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Domingo soleado y primaveral. Cómo huelen nuestras calles a incienso y a azahar. Qué temperatura tan ideal. Ya, si vuesas mercedes gustan, el rico bombón helado, polo de limón y mentolados... Marco incomparable para disfrutar el absurdo de haber venido al mundo. Dizque nos van a solucionar nuestros problemas los políticos. Pero eso, fiel lector, será harina de otro costal. Ya habrá tiempo de aquí para el 23 de junio (o así) para tratar la rabiosa actualidad. Mientras tanto, hablemos del amor, que, como bien dijo nuestro célebre paisano Manuel Alejandro en aquella composición suya inolvidable, es toda la verdad. Hoy, 13 de marzo del 2016, pega marcarse una jornada al aire libre, respirando, tomando el sol. Mañana lunes purgaremos (todo al contado) lo que nos hemos rumbado.

Bien, como les decía, vengo a hablarles del amor. Del amor y de la verdad. Los pocos sabios que en el mundo han sido perjuran que la única verdad es la verdad y que sólo nos enamoramos una vez en la vida. El resto, variaciones sobre un mismo tema. Así pues, ¿trataré tan espinosos sustantivos abstractos? ¡Qué va! Quiero compartir con cada uno de vosotros un par de obritas e invitaros a disfrutarlas. Pongamos que soy vuestro hilo de Ariadna.

Dejemos a un lado la rabiosa actualidad (fea, caótica y poco sentimental) y centrémonos en lo que verdaderamente nos importa: el amor y la verdad. Y, ¿qué decir sobre la verdad? Recurro a Pío Baroja: "La verdad no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, muchos".  ¡Qué lío! Sigamos con Antonio Machado: "¿Tu verdad? No, la Verdad,/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela." Este proverbio nos invita a un acto de contrición, de profunda humildad, de rendirle pleitesía a la diosa razón. Machado era un poeta de sabiduría oriental (en el mejor sentido de las palabras) y hondura popular. Tal vez, la versión oficial tiende a suavizar la egregia voluntad del sevillano. Pero, ¿qué se puede esperar de las versiones oficiales? Pensamos que gracias a los cantautores y a la fiebre hegemónica (y no me refiero a los exégetas de Gramsci) toda cultura mayoritaria es accesible. ¡Craso error! Ese delirio lleva a abaratar el oficio y a insultar a la inteligencia del receptor. Por eso el 21% de IVA y por eso las salas están vacías. No es de extrañar la querencia juanramoniana por la inmensa minoría. ¿Acaso la minoría no es siempre silenciosa? Concretemos y conversemos de tú a tú. A partir de ahora me dirigiré al lector más singular. Es decir, todo aquel que me lea.

A buen seguro, querido lector, usted ya leyó aquella magnífica obra de teatro de Priestley llamada 'Ha llegado un inspector'. Todos la hemos disfrutado alguna vez. Ya sea leyéndola o representándola. En 2011, bajo la dirección de José María Pou, tuve la fortuna de verla por última vez en el Teatro La Latina.

El dramaturgo británico busca hacer una crítica furibunda a la hipócrita sociedad acomodada  y lo consigue. Tanto es así que en nuestros días ésta y otras tantas obras suyas gozan del beneplácito de crítica y público.

Otra obra donde el espectador asiste a un ritual catártico similar (planteamiento, nudo y desenlace) es 'Celebración' de Thomas Vinterberg. En esta película danesa de 1998 va a aflorar un secreto turbio de manera traumática y al espectador más corrosivo se le hará la boca agua.

Como el sagaz aficionado sabrá, Vitenberg forma parte del movimiento cinematográfico Dogma 95. Junto al peculiar Lars Von Trier, en 1995, impulsó esta suerte de declaración fundacional para dar alas a un nuevo cine vanguardista. Como todo ideario se vició pero, aún hoy, podríamos otorgarle ciertas esencias inmaculadas. Véase 'Querida Wendy' (2005) como la última gran cruzada del binomio danés.

Si Santa Rita y el dios Pan nos dan salud, de aquí a la semana que viene, volveremos a profundizar en la idea planteada: amor y verdad hacia un ideal. Contaremos con un invitado de fuste. Sabemos desde la (actualmente denostada) Edad Media que toda obra es colectiva. Pues eso. 

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