In memoriam: Luis Gil Pinedo, Los Solos y la educación sentimental

Nos resulta difícil aceptar la desaparición de los ídolos de la adolescencia: de Luis siempre recordaré su afabilidad, discreción y modestia

Luis Gil Pinedo, guitarra en ristre, en una imagen ya eterna.
Luis Gil Pinedo, guitarra en ristre, en una imagen ya eterna.

Afortunadamente, y aunque el adverbio resulte paradójico, la triste noticia del fallecimiento del guitarrista Luis Gil Pinedo no ha pasado desapercibida y ha trascendido incluso fuera de Jerez. A mí de hecho me llegó la mala nueva desde Texas: el amigo americano, Michael Skadden, con el que compartí tantas vivencias musicales adolescentes, me lo hizo saber junto sus personales recuerdos de Luis y de su grupo, Los Solos, con el que llegó a tocar en la plaza de toros. Pero, pese al (breve) espacio que le han dedicado los medios, en los días posteriores a su marcha se me quedaron retumbando en la cabeza algunos aspectos de su personalidad y del carácter del grupo que lideraba, que creo que no han sido suficientemente destacados.

Me estoy refiriendo al importantísimo rol que Luis —junto con su hermano Tito y Kiko Guerrero, esencialmente— desempeñaron en la educación musical y, lo que no es baladí, sentimental de toda una generación de jerezanos. Gracias a ellos, teníamos rock en vivo de manera asequible y, créanme, eso en aquella España tan grisácea todavía, constituyó todo un privilegio y una inmensa suerte. Porque, además, Los Solos no eran un grupo de rock cualquiera: ellos se distinguían por un gusto exquisito en la elección de su repertorio. Eran fundamentales en él una importante selección de temas de Los Beatles —desde A Hard Days’ Night a Revolver o al recién publicado por entonces Abbey Road— pero no solo.

Eso fue, sin embargo, en una primera etapa, puede que muy determinada por las actuaciones con que amenizaban los bailes de fin de semana que se celebraban en el Club Nazaret y que nosotros tanto celebrábamos. Piensen por un momento que, en aquellos años, en Jerez no existía discoteca alguna ni perspectiva de que la hubiera, de ahí que la música interpretada por Los Solos, asociada a las relaciones y amoríos propios de la edad, constituyese la banda sonora de lo que hemos denominado educación sentimental.

Con el tiempo, Los Solos protagonizaron una significativa evolución en su estilo y repertorio marcada por la influencia del pujante rock progresivo, una transformación que desarrolló el grupo ya en formato de potente trío. Gracias a él nos fueron llegando Jimi Hendrix, Cream, Traffic, y algunos más. Aquello supuso toda una apertura de oídos que se consolidó con la escucha de los correspondientes discos que nos llegaban vía Base de Rota. Perdí la pista al grupo cuando me marché a estudiar fuera de la ciudad, pero sé que siguió vivo y en constante progreso bastantes años más. También, a principios de este siglo, supe que se habían reagrupado para unos conciertos de los que tuve conocimiento con posterioridad.

De Luis siempre recordaré su afabilidad, discreción y modestia. Recuerdo que, en una ocasión, sabedor de que los seguíamos y de que conocíamos los temas originales, nos pidió nuestra opinión sobre sus versiones. Llevaba mucho tiempo sin verlo cuando, hace un año y pico, me lo encontré en la calle de la Merced. En lo que refiere a indumentaria y actitud, el tiempo no había pasado por él. En un redivivo ejemplo de que los viejos rockeros nunca mueren, allí estaba plantado, con un amplificador y su Stratocaster, esperando a alguien que tenía que venir a recogerlo para ir a tocar. Cariñosamente, no me dejaba marchar: que me están esperando, pues que esperen, para una vez que te veo… De nuevo, me sentí desbordado por su cercanía: yo que era un mico con acné cuando él era todo un icono para mí. Con Luis Gil Pinedo he vuelto a comprobar que, quizás porque nos parecen inmortales, nos resulta difícil aceptar la desaparición de los ídolos de la adolescencia.

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