Hasta que la muerte nos separe... o no

El joven talento andaluz de la escena Rafael Rodríguez Villalobos dirige y estrena este fin de semana en el Teatro Villamarta 'Orfeo y Eurídice', una adaptación de la ópera de Gluck entre el existencialismo de Sartre y el amor después del amor de Haneke. El tenor José Luis Sola y la soprano Nicola Beller Carbone encabezan un elenco que cuenta con la Filarmónica de Málaga

Prueba de luces, con la orquesta en el foso, de 'Orfeo y Eurídice', estrenada en enero pasado en el Teatro Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.
Prueba de luces, con la orquesta en el foso, de 'Orfeo y Eurídice', estrenada en enero pasado en el Teatro Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.

En A puerta cerrada los protagonistas que esperan al verdugo que no llega acaban siendo sus propios verdugos, germen de la sartriana sentencia lapidaria “el infierno son los otros”. En el mito de Orfeo y Eurídice, adaptada en 1762 a la ópera por el compositor alemán C. W. Gluck con libreto de Calzabigi —traducido más tarde al francés por Moline para su estreno parisino—, el trovador busca a su amada más allá de la muerte y, cuando está a un paso de devolverla a la vida tras descender a los infiernos, la pierde para siempre por mirar atrás. En Amor (Amour) el cineasta austríaco Michael Haneke precisamente exige al anciano matrimonio protagonista que eche la vista atrás, contemple el camino recorrido y acepte acompañarse, cuando ya muerde la enfermedad, en la recta final de sus vidas. ¿Será el final? ¿O el comienzo de todo? ¿Puede el amor superar la devastación, la pérdida? ¿Puede la muerte ser no-existencia liberadora?

Entre Sartre y Haneke, con la música de Gluck y la versión francesa del texto como punto de partida, el joven talento sevillano de la escena Rafael Rodríguez Villalobos —Premio Europeo de Dirección Operística en 2013 dentro de un concurso internacional de los teatros líricos más importantes del mundo— ha afrontado una relectura del mito enfocándolo en la viudez, "como enemiga de los enamorados y doblemente injusta, pues no solo obliga a separarnos, sino que, además, implica que solo uno pueda acompañar al otro en el tránsito total de dicho camino”. Haciendo trizas el mito —si en la Grecia clásica a Orfeo y Eurídice les sacudía la tragedia en el minuto uno después de contraer matrimonio, aquí celebran sus bodas de oro—, el director teatral andaluz, con apenas treinta años y licenciado en Escenografía por la Resad madrileña, reflexiona sobre el amor después del amor y sobre el amor más allá de la muerte.

Ensayo de 'Orfeo y Eurídice' en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.

El estreno de esta singular revisión de la ópera de Gluck, una producción propia del Teatro Villamarta y su Centro Lírico del Sur, podrá verse este próximo fin de semana en el reconocido espacio escénico jerezano con un montaje en tres actos cuyo elenco incluye, junto a la Orquesta Filarmónica de Málaga dirigida por el maestro Carlos Aragón, al tenor navarro José Luis Sola (Orfeo), a la soprano alemana Nicola Beller Carbone (Eurídice) y a la joven soprano sevillana Leonor Bonilla (Amor). Para esta inauguración de la temporada lírica de 2019, Villamarta ha confiado en Rodríguez Villalobos, que hace solo un par de meses debutó con El dictador en el Teatro de La Maestranza, el escenario donde decidió de niño, después de salir maravillado de Turandot, que quería dedicarse a montar óperas. Sensaciones similares a las que vivirá en el escenario jerezano, un escenario que también frecuentaba en su infancia.

Como aseguraba en una reciente entrevista con la revista Platea, "aunque es un teatro mediano dentro del panorama lírico nacional, tiene sin embargo una trayectoria muy importante. También es un teatro que frecuentaba mucho de niño, primero con mi tío y más tarde con mis amigos, así que es junto al Maestranza el otro teatro donde forjé mi vocación. Aunque en los últimos años he acometido debuts muy importantes, caso del Teatro Real o el Massimo de Palermo, realmente trabajar en el teatro de tu casa es algo muy especial, aunque también supone una presión añadida". 

Otro momento de esta adaptación de la ópera de Gluck, en plenos ensayos en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA.

Performático e iconoclasta, Rodríguez Villalobos aporta una nueva dimensión al libreto parisino con dos protagonistas maduros, al final de sus vidas, donde el personaje de Amor, desdoblado en dos personajes —masculino y femenino, ambos jóvenes; y un desdoble que ya planteara Pina Bausch en la adaptación al ballet—, viene a representar la imagen de la pareja en el momento de sus nupcias, es decir, son los Orfeo y Eurídice del mito clásico. Esta proyección del pasado de la pareja será quien ayude al anciano Orfeo a enfrentarse a la enfermedad y la muerte de su esposa. Como le sucediera a George con Anna en Amor de Haneke.

"Toda puesta en escena —explica el responsable del montaje en la descripción de su propuesta— debe tener dos lecturas: una lectura profunda que invite al espectador a reflexionar sobre su existencia, y otra mucho más simple que complazca al público que acude al teatro con la voluntad de pasar una buena tarde. No debemos olvidar que la ópera es un ejercicio intelectual donde el hombre se reconoce a sí mismo, pero a la vez un espectáculo de entretenimiento donde se aúnan todas las artes. Es nuestra intención crear una lectura profunda, renovada, llena de referencias intelectuales, pero que a la vez sea comprensible para todos los tipos de públicos y les ofrezca una velada amena". El director escénico de la producción, que ya transformó sin complejos en superheroína a la Gretel de Gretel und Hänsel de Humperdinck, presenta una escenografía abstracta, una visión conceptual de la cotidianidad, y un enfoque intimista desde la mirada de Orfeo.

https://www.youtube.com/watch?v=vJeeYmxDshY&feature=youtu.be

"Con la propuesta escénica —explica—, queremos ofrecer una introspección al mundo interior de Orfeo, ofreciendo un punto de vista diferente al mito y analizando dónde se encuentran los límites de la aceptación de la enfermedad y la muerte. Orfeo no puede asumir la soledad que la muerte ha impuesto en su vida, independientemente de la liberación que ésta haya podido conceder a su mujer; y esto le llevará así un viaje iniciático a través del Hades guiado por la figura de Amor, que finalmente será el catalizador que consiga ayudar a Orfeo a asumir su nuevo estado". El lieto fine de la ópera se traduce aquí, como remarca el autor de la adaptación, en un final mucho más abierto y ambiguo, "donde la melancolía del músico deja paso a la aceptación de que, de algún modo, el nuevo estadio de la pareja es beneficioso para ambos".

Equipo de producción del montaje. FOTO: MANU GARCÍA.

"Es una producción conmovedora y sincera", precisaba en la presentación de la producción Carlos Aragón, director musical de la misma. El maestro enfatizó que, bajo su dirección, "la música está al servicio del drama", asegurando que todo el equipo artístico “trabaja desde la verdad, desde la sinceridad. Se trata un tema delicado, pero hay momentos de emotividad extrema por la intimidad y sinceridad de lo que pasa en el escenario". "No me gustan los cantantes, me gustan los intérpretes", defendió con rotundidad, puesto que, en su opinión, el drama debe vertebrar el canto. Esa doble función de "transmitir verdad" la cumplen a la perfección el elenco artístico, según sus palabras.

El escenógrafo y figurinista cordobés Jesús Ruiz ha ideado, junto a Rodríguez Villalobos, un espacio escénico a modo de "metáfora del alma de Orfeo", un alma que transita por un periodo que va desde la juventud del amor platónico hasta el final de la vida de un Orfeo al que da vida, dentro de un "papel endiablado", el tenor José Luis Sola. "No hay respiro ni vocal ni escénico", asegura junto a la soprano Beller Carbone, que sostiene que este nueve proyecto lírico va más allá del concepto de la ópera como entretenimiento, puesto que indaga sobre "lo que nos preocupa como seres humanos".

Las entradas pueden adquirirse en este enlace.

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