groenlandia1.jpg
groenlandia1.jpg

El fin de las utopías, ese tema tan estimulante como manido. Confieso mi afición por las causas perdidas. Igual, admirados lectores, no hay nada más cansado que la pasión. Este verano mi padre leía El marqués y la esvástica de Rosa Sala Rose y Plácid García-Planas. El libro editado por Anagrama puede verse como un reportaje de fondo novelado. Ya saben, ese género ambiguo tan practicado por los disidentes de la literatura llamado novela de no ficción. Explora la figura del periodista César González-Ruano y los judíos en el París ocupado. Vamos, la canallesca. Arroja luces y, sobre todo, sombras sobre la persona y, cómo no, el personaje. Entonces, sirva de precedente, ya podríamos hablar de fin de las utopías. Miguel de Unamuno sin ir más lejos: "Venceréis, pero no convenceréis."

La Europa de entreguerras es caldo de cultivo para el pensamiento débil. Como respuesta a la barbarie, estado de bienestar en el cuarto de estar. ¿Y por qué Brassens y por qué Umberto Eco? En 1948, y con Berlín aún humeante, el director neorrealista Roberto Rossellini estrenó Alemania, año cero. Espeluznante. Aún me sobrecoge pensar en ese final abrupto.

Las sociedades dormitan pero el mal nunca lo hace. En 2011, Enrique Urbizu concibió su gran obra maestra hasta la fecha, No habrá paz para los malvados. A través del inspector de policía Santos Trinidad, José Coronado, y a la razón inspiradora de novela negra como telón de fondo, Urbizu nos transporta al Madrid de los bajos fondos poniendo de relieve todas nuestras miserias como nación.

En la fecha de su estreno aún no se hablaba abiertamente de la crisis aunque Sabina cerraba todos sus conciertos con un rock áspero y urgente sobre la misma. Sostiene el preclaro José Luis Garci que la gran película española por hacer es sobre el 11-M. No vamos a entrar en detalles. Únicamente añadir que solo el valiente e insobornable Enrique Urbizu tendría la suficiente potestad y legitimidad para rodarla.

Algunos autores se enfrentan a la bestia con arrojo circense. Bob Dylan dijo: "Acepto el caos, pero no sé muy bien si él me acepta a mí".  Ya por entonces parecía que Dylan tenía mil años y que había traicionado a su público. Ya le habían tachado de Judas. Cada equis tiempo se vaticina el ocaso del bardo de Minnesota.  Es un lugar común vilipendiar al judío errante. Tan manido como mancillar el nombre del Real Madrid. No hay afición mayor que el antimadridismo. Con Dylan, igual. Bob Dylan es un género en sí mismo. Él y Albert Einstein cambiaron todo en su medio: uno la física y el otro el rock. Además, por si no fuera poco, Dylan fundó un patriarcado musical y estético de profundas raíces. Dios le bendiga.

Para los mediocres y envidiosos la convivencia con lo egregio es bien complicada. El talento despierta envidia. La inmortalidad ya ni les digo. El cantautor politizado Phil Ochs odiaba con todas sus vísceras a Bob Dylan. No soportaba su existencia. Él era más bien limitado y hacía gala de esa podredumbre. Su cancionero estaba poblado de panfletos izquierdistas. Sacarlo de ahí era imposible. Musicalmente daba lástima. Para él (y para otros ilustres sacamantecas) el folk debía ser una herramienta al servicio de la demagogia. Era uno de esos cantautores que confunden el escenario con el púlpito. Tal vez, lo que más exasperaba a Ochs era la total indiferencia que Dylan le brindaba. Él estaba a otras cosas. Tras luchar infructuosamente contra la Guerra de Vietnam, Phil Ochs enloqueció y murió. 

Kurt Cobain admiraba al novelista beat William S. Burroughs. Me contaba mi amigo Carlos Domínguez que pocos meses antes de su muerte, Cobain conoció a su ídolo. Ante la noticia de la muerte del mártir grunge, Burroughs comentó: “Lo que recuerdo de Cobain es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”.

A buen seguro que Cobain danzará sus movidas de Seattle. La posteridad no está mal. La ausencia, tampoco. Yo mismo me perdería hasta fin de año en algún trópico.

Cantaba Bernardo Bonezzi:

"Todas las secuencias
han llegado a su conclusión,
el tiempo no puede esperar.

Atravesaré el mundo
y volando llegaré
hasta el espacio exterior."

El mundo es injusto, chavales. Si me buscáis, estaré en Groenlandia rasgando mi guitarra con Kurt Cobain.

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído