Gloria a Don Miguel Poveda, 'embajador del flamenco de Jerez'

"Me volví adicto a esta tierra", ha rememorado el cantaor catalán, emocionado, tras recibir un reconocimiento en Jerez, una de las cunas del arte jondo de las que más ha bebido y que más ha llevado por bandera en su fulgurante carrera artística

Miguel Poveda, durante su discurso tras ser reconocido como 'Embajador del Flamenco de Jerez', este viernes, en presencia de la alcaldesa Mamen Sánchez.
Miguel Poveda, durante su discurso tras ser reconocido como 'Embajador del Flamenco de Jerez', este viernes, en presencia de la alcaldesa Mamen Sánchez. ANA PALMA

Recuerdo que hace diez años titulé Gloria a Don Miguel una reseña de su inolvidable paso por el Teatro Villamarta, dentro del XV Festival de Jerez. Aquel espectáculo de cante que presentó en una muestra esencialmente de baile, Historias de viva voz, era un compendio —ideado también por las sabias cabezas de Rafa Estévez y Valeriano Paños— de su enciclopédica sabiduría cantaora y contenía un número en el que el camaleónico artista era capaz de transfigurarse en algunos de los más grandes cantaores de la historia en cuestión de segundos. Solo jugando con un perchero y algunos elementos de atrezo característicos de esos cantaores.

En el juego, lo más impresionante era su voz, la facilidad para cambiar de registro y entonación. Aquello dejaba a las claras su insólita versatilidad y también que su capacidad de imitación y absorción era ilimitada. No voy a entrar en detalle de la que me cayó con ese titular entre los puristas locales —casi como si fuera una ofensa absoluta al único Don que puede haber en el cante, según pensarían ellos—, ni tampoco profundizaré en cómo acabó la madrugada en el antiguo Colmao de Carlos Grilo, pero sí diré que fue una de aquellas fiestas inolvidables de trasnoche en el Festival —y fueron muchas—, como tantas otras a las que por aquel entonces sí podía asistir Miguel Poveda (Badalona, 1973) sin temor a que le robaran fotos y vídeos sin autorización o, simplemente, sin que le acosaran a selfies. Es lo que tiene, como cara negativa, lo mediático y la fama.

Dos años antes de aquel espectáculo de consagración flamenca, ya escribía de lo que llamaba el fenómeno Poveda, o la povedamanía, sin percatarme de que aquello en realidad no había hecho más que empezar y sus fronteras iban a sobresalir ampliamente del perímetro de lo flamenco. Pero siempre volviendo al género, rebuscándose y dignificándolo. Recuerdo en la asociación cultural Fernando Terremoto a aficionados gitanísimos escuchando un recital de Miguel desde las ventanas, o directamente viéndolo por la tele colgada en la antesala de la sala de actuaciones de la peña. Recuerdo que el bueno del Chele me abrió paso entre el mogollón para escucharlo más cerca y poder medio cumplir con la crónica encomendada. Un payo catalán poniendo bocabajo un centro cultural en la Baja Andalucía dedicado a la memoria de uno de los gitanos más grandes de la historia del flamenco. Y resulta que con su hijo, el llorado Fernandito Terremoto, Poveda llegó a tener una amistad inquebrantable.

Como también la tuvo con tantísimos otros flamencos en la ciudad, aunque al principio muchos le mirasen —y hasta le sigan mirando, gitanos y no gitanos— con no poco recelo, que a veces es la más pura expresión de la envidia. La relación de Miguel Poveda con Jerez arranca algo más tarde del arranque de su carrera artística y ha acabado hasta teniendo aquí un ahijado y unos vínculos férreos con una tierra que siempre tiene presente, como ha reconocido este viernes al ser reconocido con ese título de Embajador del Flamenco de Jerez, entre lágrimas de emoción sincera. Puede que el acto solo haya sido para la foto política, pero seguro que para el cantaor badalonés, el niño de La teta y la luna, el coplero adicto a la radio de su madre, el divo que ha traspasado fronteras y ha buceado mucho más allá del flamenco, llenando grandes auditorios con un melisma de Chacón por delante, ha sido como un alfiler de colores que llevará por siempre en su solapa.

Poveda, que ya en 1993 tenía la Lámpara Minera de las Minas de La Unión (con solo 20 añitos) y era devoto de Pencho Cros, empezó pronto a beber de otros buenos manantiales, continuando su estudio del cante más al sur, fijándose y absorbiendo lo mejor de una tierra cantaora, cuna del flamenco, desde peñas como Los Juncales, viendo a El Mono o a Juana la del Pipa. O como dice la letra, qué borrachera —“en Jerez me emborrachaba metafórica y literalmente”, escuchando a Luis el Zambo en la calle Nueva… Empapándose del soniquete de ese y de otros muchos gitanos desde el Arco hasta la Plazuela. Apreciando el arte de las señoras de Santiago, “solo ellas ya son patrimonio de la humanidad” —ha dicho este viernes—, o compartiendo amistad, risas y reflexiones espontáneas con otros grandes como Moraíto o Diego Carrasco. “La gran virtud de Jerez es su naturalidad, tanta verdad”, ha señalado.

Jerez ha dado este mayo de 2021 las gracias a Miguel Poveda como Miguel Poveda lleva mucho sin ocultar su profundo agradecimiento a Jerez. Sin olvidar nunca que parte de lo que es como artista —él dice que también como persona— se lo debe a Jerez. “Me volví adicto a esta tierra”, ha confesado el nuevo embajador, que en realidad, salvo la foto y el pin, ya lo era desde hace más de 25 años, casi los mismos que lleva en la cima. Firme defensor del flamenco por el mundo y, dentro de este género universal, gran legatario, pese a los 1.000 kilómetros de distancia con su tierra biológica, de los tesoros de una de las cunas del arte jondo. Gloria a Don Miguel, titulé hace una década. Gloria a Don Miguel Poveda, titulamos hoy. Y el que pueda, que empate.

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