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Segunda crónica del viaje a Francia de la compañía de María del Mar Moreno.

Me ha tocado el camerino que tiene como nombre a Massenet, el genial compositor francés y me juro -y perjuro- que esa misma noche me obligaré a escuchar algo de él si al wifi del hotel, de una vez por todas, le da por escalar hasta la sexta planta y plantarse en mi habitación 613.

Aquel cuarto de la sala Ravel es un camerino como otro cualquiera, con sus bombillas enmarcando los espejos que cubren casi toda la habitación y ese extraño olor a lejía que borra el paso del artista anterior limitándolo a un póster firmado y colgado en el pasillo donde se cruzan nerviosos representantes, técnicos, guardias de seguridad y, como no, los propios artistas.

Pero hoy, en esta primera noche de espectáculo en París, ocurre algo inusual y no me avergüenzo de ello: como una rata en una caja de madera busco una salida, un posible escondite y hasta meto varias chucherías en el bolsillo de mi pantalón por si a éstos del terror y la sangre les da por aparecer en mitad de la actuación. Es una vaga idea que viene y va, que se nubla hasta casi desaparecer cuando mi hermana me dice que la prueba de sonido comenzará en quince minutos, cuando Malena me pregunta cómo fue el viaje o en aquel mismo instante en el que su hijo Antonio me pidió una lima para ajustarse las uñas. Es una extraña -no absurda- sensación de pérdida que no consigo arrancarme de la cabeza.

Pero ya son las ocho y veinte y quedan diez minutos para salir al escenario. No hay lugar para paranoias ni cavilaciones. Mi hermana ya se encuentra amarrada a un yugo y atada por cuatro hombres; nosotros -los dos guitarristas- estamos clavados a la oscuridad en una tarima apartada del mundo donde en minutos luchará la Mujer para hacerse un hueco en el mundo de los Hombres. Somos dos espesos testigos del combate que se resolverá a base de cantes, escobillas, y desplantes y que se decidirá en el último quejío con un cuchillo invisible en el aire.

Mientras tanto ya se ha abierto el telón, dejando entrar el aliento de la opinión para ahogarnos sobre el escenario, pero de reojo escruto las salidas de emergencia que parecen esconderse entre el público que abarrota el teatro. Sólo yo parece tener miedo.

Pero el arte, entre los sinceros, siempre acaba abriéndose camino. Los aplausos al final de cada remate son paladas de tierra que entierran el pánico con el que llegué a la ciudad de las revoluciones. Se escucha un "ole" familiar al fondo, como si viniera del Sena, pero sé que es uno de los forjados en noches de vino y abrazo. Percibo entre los rostros de platea y palco -algunos conocidos, otros por conocer- que saben que don José, por más que quiera y pueda, no podrá ya acabar con nuestra Carmen porque ella, en aquel justo segundo del frágil noviembre, se ha percatado que es invencible y así se entrega a un público que también se sabe, por primera vez, imbatible.

Unas lágrimas nunca vistas me asaltan sobre las tablas del teatro. La carne celebra la victoria. En mi silla, junto a una de mis cejillas y un caramelo a medio comer, se pudre mi miedo. Hoy podría venir el fin del mundo, pero el fin -lo sé hoy- nunca llegará.

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