El 'Amayavirus' y una conexión interestelar

Olga Pericet trae al 24 Festival de Jerez 'Un cuerpo infinito', un acercamiento a la vida y obra de la contagiosa Carmen Amaya, pero para seguir su propia senda bailaora

Pericet, en 'Un cuerpo infinito', anoche en Villamarta. FOTO: MANU GARCÍA

"Es el granizo sobre los cristales, un grito de golondrina, el cigarro que fuma una mujer soñadora", asegura Juan Marsé que declaró Jean Cocteau después de verla bailar en París. Con ese amargor mediterráneo que es una continua tragicomedia, con un cuerpo que desafiaba las leyes de la física, con una fuerza innata que la poseía y con un coro de voces internas que la jaleaban en una fiesta en la que lo único que no estaba permitido era dejar de bailar. Todo eso está en Un cuerpo infinito, el nuevo trabajo que ha presentado Olga Pericet, Premio Nacional de Danza, en el Festival de Jerez, y que cuenta con el sustento teatral de Roberto Fratini y Carlota Ferrer.

Pero en la obra también está esa Carmen doliente, esa ruina interior que la consumía. La tres veces Capitana (por el público, por la marina y por la policía de NYC) tuvo siempre serios problemas renales. Sus riñones de niña solo eliminaban ciertas toxinas gracias a su baile, lo que en la práctica significaba que el baile la mantenía con vida. Su alimento vital y existencial. La enjuta artista se fue consumiendo, comprimida por tanto trote, aleteando en busca de un último aliento. "No sabía hacer otra cosa que bailar y cuando salía a escena se convertía en otra persona". Eso también se refleja en el espectáculo.

El 'Amayavirus' y una conexión interestelar
FOTO: MANU GARCÍA
FOTO: MANU GARCÍA

Hace casi treinta años, el grupo de trabajo para la nomenclatura del sistema planetario de los Estados Unidos bautizó a uno de los cráteres de Venus con el nombre de Carmen Amaya, la única mujer española desde el siglo XVIII que ha recibido esta distinción. El espectáculo, que muestra todo eso con solo sugerirlo —y ahí radica su ingenio y su acierto—, arranca en una nebulosa espacial, con unos astronautas con bata de cola o con unos epidemiólogos con linternas tratando de hallar a la paciente cero infectada con el Amayavirus, una virulenta explosión del baile flamenco, una indómita y genuina expresión del arte que se contagia por manos, brazos, pies, miradas… pero que es inimitable. Por eso Olga Pericet, que es la inteligencia hecha danza flamenca, no trata de imitarla en fondo (solo, y en parte, en las formas). Solo la busca, la subraya, se inspira.

Pericet, con bata de cola blanca, por soleá. FOTO: MANU GARCÍA

Llegó a decir Morente que uno no aprende a cantar hasta que controla la inspiración, y esta no viene si no hay estímulo. La inspiración aquí es Carmen Amaya, el estímulo es el propio yo. No va con prisas Pericet porque hacia el lugar al que quiere llegar es a ella misma. Eso se ve en un apunte por farruca que acaba en un garrotín flamenco rematado a coro casi esquizofrénico (demasiadas preguntas) y en la burla corporal; en los tangos de Triana (con el sol me peleara, canta rajado Miguel Lavi al astro Pericet); en el mítico taranto… A veces la bailaora no baila, juega. Otras juega zapateando como si se le fuera la vida en ello. La biografía bestial de Carmen Amaya le sirve de inspiración y vehículo para viajar al centro de su baile y de sí misma, no para emular a nadie o para exhibir eso que en Hollywood llaman un biopic al uso.

El 'Amayavirus' y una conexión interestelar
FOTO: MANU GARCÍA
FOTO: MANU GARCÍA

Convenientemente rodado tras su estreno el año pasado en los Teatros del Canal, en Madrid, sorprende, en cambio, que este montaje no haya tenido tijera para ser aligerado y ganar en ritmo y redondez. Hay pasajes que se extienden sin razón aparente, los gags del diálogo corporal-vocal pierden gracia y capacidad de sorpresa conforme se alargan, el número musical de Broadway deja poco espacio y protagonismo a la propia bailaora; Todo tiene su fin (de los Módulos a Medina Azahara en una versión muy flamenca de Lavi e Inma La Carbonera) tampoco tiene un peso decisivo que lo justifique.

Aun así, Pericet, bien respaldada por un elenco donde sobresale la guitarra por rondeña de Antonia Jiménez, indaga en sus constantes vitales coreográficas exhibiendo su clásica versatilidad (robótica, plástica, infinita), profundiza en el gesto, y por qué no, baila por soleá como siempre y como nunca, rompiendo las olas en la costa de Begur con una cola blanca como la de la Capitana cuando se rompía por seguiriyas. Cayendo del cielo como la Molina, otra gran creadora de nuestro tiempo. Como una sardina, ese pez tan pequeño y sabroso como Amaya, de abdomen plateado y capaz de emitir señales iridiscentes, destellos que las hacen inalcanzables para sus depredadores. Como una onda electromagnética. Como un virus de arte frente al del miedo y la intolerancia. Y se produce el eclipse entre el legado inmortal de una y la propia identidad y arrolladora personalidad escénica de la otra. En ese encuentro final, lejos de todo artificio y efectismo, hay verdad. Hay contagio y una conexión interestelar.


Un cuerpo infinito. Dirección artística, coreografía y baile: Olga Pericet. Dirección escénica: Carlota Ferrer. Asesor de dramaturgia: Roberto Fratini. Coreógrafos invitados: Marco Flores, Rafael Estévez y Valeriano Paños. Dirección musical: Olga Pericet, Marco Flores. Guitarra: Antonia Jiménez. Cante: Inma La Carbonera y Miguel Lavi. Trompeta: Jorge Vistel. Percusión: Paco Vega. Cuarteto Coral: Elvia Sánchez, Cristina Teijeiro, Jesús Lara y Pablo Monteagudo. Dirección y arreglos corales: Nuria Fernández. Diseño luminación: Gloria Montesinos. Diseño escenografía: Silvia de Marta. Día: 26 de febrero de 2020. Lugar: Teatro Villamarta. Aforo: Lleno.