Los fantasmas del Hostal San Nicolás de El Puerto

Sobre el papel era un hostal, pero se lo recuerda también como sala de fiestas y casa de citas. En los años cincuenta empezó a ser frecuentado por los marines estadounidenses apostados en Rota

19 de abril de 2026 a las 09:18h
El grupo Kako de El Puerto.
El grupo Kako de El Puerto.

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Con estas contundentes palabras arranca El manifiesto comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, que conoció la primera de sus miles de ediciones en Londres en 1848. Un fantasma que, con esa vitalidad propia de las ideas, irá saltando por Europa, más que recorriéndola, brincando de lugar en lugar, de descontento en descontento. En algunas ciudades y campos se apareció en 1848, en otros en 1900 o en 1920. En España hubo muchos avistamientos en los años treinta, pero cuando se cumplía un siglo de aquel manifiesto, en 1948, había pasado a ser cosa de leyenda. 

Magistral elección de palabras, la de Marx y Engels: el comunismo ha sido, por lo general, un fantasma. En las dictaduras militares de Europa o Latinoamérica, y en más de una democracia burguesa, su existencia era fantasmal: se lo creía muerto, pero de repente daba alguna señal, algún presagio, y volvía a desaparecer. En Indonesia experimentó un rápido crecimiento, pareció dar un golpe de Estado y fue exorcizado para siempre en un baño de sangre. En los países del este de Europa todos hablaban de él y nadie lo veía. “Nadie sabe qué cosa es el comunismo”, cantaba Silvio Rodríguez a los cuarenta años de la Revolución cubana…

En la provincia de Cádiz de mediados de los sesenta el silencio era sepulcral. Tras el asesinato en Jerez de Manuel Moreno Barranco (y en Madrid el de Julián Grimau y otros), los comunistas vivían en la clandestinidad más absoluta. Nadie se podía permitir dar un cuarto al pregonero en aquel entonces. Completo secretismo que sólo interrumpía la discreta llegada, dos o tres veces al año, del informante José Benítez Rufo –de pseudónimo Jesús—, que venía desde Dos Hermanas con el fin de crear consignas y recabar información para la Pirenaica.

En esa calma forzosa, esa falsa tranquilidad bajo la que hormigueaban intrigas soterradas, destacó, si tal es la palabra, el Hostal San Nicolás de El Puerto de Santa María (calle San Bartolomé). Al menos, según nuestras informaciones, que son muy limitadas y casi cuchicheadas.

Sobre el papel era un hostal, pero se lo recuerda también como sala de fiestas y casa de citas. En los años cincuenta empezó a ser frecuentado por los marines estadounidenses apostados en Rota. La dueña era conocida como “Doña Irene”. Su marido, capitán, estuvo destinado en Marruecos y en Córdoba, donde residía su familia (joyeros). Pasaba por El Puerto apenas para ver a sus hijas. Ello podría explicar el que la dueña derivara su negocio hacia la noche oscura. Catalana de nacimiento, hacia 1980 Doña Irene aparece viuda y residirá sus últimos años en Barcelona, donde aún recibía regalos de antiguos admiradores portuenses, como el pintor Juan Lara, que la retrató sobre un fondo de la peña de Arcos.

Marines, bailes, bebidas, habitaciones por horas… La normalidad de provincias en la pachorra de aquellos años tardofranquistas. Es difícil ubicar la misteriosa actividad política del “hostal”, el secreto dentro del secreto. Barajamos fechas entre 1965 y 1967. El punto de encuentro sería la cafetería del establecimiento, imaginamos que con nocturnidad. ¿Reuniones del Partido Comunista? ¿Tertulias donde había un poco más de manga ancha en la expresión? Un cierto comisario Vidal estaba siempre detrás de algunos de los asistentes, pero estos eran más inteligentes. Tenía fichados a amigos y familia, aunque parece que nunca los molestó. Varios asistentes eran de Jerez, lo que explicaría la elección de El Puerto para las reuniones, especialmente cuando uno de ellos (muy joven pero con antecedentes político-sociales) disponía a su antojo del hostal por su ligazón con la dueña. 

“Doña Irene” murió en torno al año 2000; su fallecimiento apareció en la prensa barcelonesa debido a la pinacoteca por la que había ido canjeando la colección de joyas de su marido. Nadie parece saber hoy nada sobre aquellas reuniones en el hostal.

Con la Transición democrática de la década siguiente, diríase que el espectro del comunismo se hizo carne. No fue así. El comunismo español se transformó en eurocomunismo, pactó, aceptó el sistema democrático, mientras que el edificio del extinto hostal de Doña Irene acogía a una empresa de anuncios con el nombre de Nueva Televisión Española y, a principios de los ochenta, una discoteca. 

La discoteca Galaxia se encontraba en los bajos del local y era frecuentada por militares, como antes lo fuera el hostal. Los testimonios de fenómenos paranormales son numerosos: camareros que salen corriendo lívidos a la calle, tumultos en el piso de arriba a altas horas de la noche, ceniceros bailando sobre las mesas… Los empleados, al parecer, vivían con “mucho miedo”. Uno de ellos, Antonio López ‘El Gorri’, relataba la siguiente escena al escritor José Manuel García Bautista (Cádiz misteriosa): 

Un grupo de baile procedente de la capital gaditana se afanaba en sus vestimentas y preparativos para llevar a cabo una representación en la discoteca. De repente, el Gorri, que estaba ejerciendo sus funciones de portero, escucha unos llantos y gritos, sorprendido y con miedo “cogí una ‘tranca’ y me adentré en la discoteca, me di cuenta de que los sofocos procedían de la planta superior. Cuando llegué hasta el origen de los mismos la estampa era desoladora. Chicos y chicas de entre dieciocho y veintitrés años se encontraban arrinconados contra la pared, con la mirada fija en algo que no podía ver, el espectro de un hombre”.

Cuando el Gorri hizo acto de presencia en la habitación, el fantasma atravesó literalmente el cuerpo de este, lo que hizo enloquecer aún más a los jóvenes.

Es evidente que la naturaleza de los espectros que hacían “enloquecer a los jóvenes” había cambiado bastante, desde aquellas reuniones clandestinas en el viejo hostal donde se invocaba al comunismo hasta los numeritos discotequeros de los primeros ochenta. Sabido es que los fantasmas de los edificios se transforman con los tiempos, ensayando nuevas estrategias y disfraces para continuar siendo el surco que deja la humanidad a su paso.

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Óscar Carrera

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