La fotografía es de Miguel Ángel Castaño MAC.
La fotografía es de Miguel Ángel Castaño MAC.

Se cumplen nueve largos años desde el adiós del guitarrista de Santiago. Si hay un personaje flamenco que ha dejado una profunda huella en todos nosotros, ese ha sido Manuel Moreno Junquera Moraíto. Mas no sólo por su arte; también por su persona, adornada siempre por esa chispa de duende y de humildad.

Puedo contar mil anécdotas; pues tuve la inmensa fortuna de convivir con Manuel muy de cerca. De ahí que, desde nuestros Caminos del cante, hago patente nuestro homenaje los 365 días del año al comenzar siempre con la sintonía Rocayisa. Hay muchos momentos, cien años que pasaran, que la nostalgia trae aromas de Viña AB y me gustaría salir corriendo al bar de Agustín en el Arco de Santiago a estar con él aunque fueran diez minutos.“Ay, si pudiera tirar para atrás / como quien baja una escalera”, escribí no hace mucho por soleá.

Ya sabíamos de su grandeza en todo orden. Pero con el tiempo es emocionante comprobar como su huella, lejos de ir menguando, crece sin parar. Basta señalar como el barrio de Santiago se apagó como una vela sin su presencia o como su toque está tan vivo en las nuevas generaciones de guitarristas. Pero su legado va mucho más allá. Fijaos. Un día estaba en Mont de Marsan en Francia realizando una de nuestras sesiones de Flamenco & Sherry cuando en una diapositiva salió Moraíto con su amontillado. A más de mil kilómetros de distancia, el centenar de personas que allí estaban dejaron sus catavinos en la mesa, se pusieron de pie y le dedicaron una sonora por sentida ovación de varios minutos. Sin contar a algunas personas que estaban literalmente llorando.

Es sólo una pequeña muestra del alcance de su recuerdo. Ese que inevitablemente tiñe de Morao este día, 10 de agosto, así como todos los que le sucedan en el tiempo. Seguiremos, mientras nos dejen, rindiendo homenaje a la figura de Moraíto en cada programa, acaso porque cada una de sus falsetas nos iluminan el camino. Nueve años después, cada día, aún se nos escapa una lágrima de pena que a veces se disfraza de la felicidad que produce el recuerdo y lo vivido.

¡Siempre en nuestros corazones, Manuel!

Este artículo se publicó originalmente en Los Caminos del Cante

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