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Reseña de la película 'Un doctor en la campiña'.

UN DOCTOR EN LA CAMPIÑA (Médecin de campagne, Francia, 2016) (100 minutos); Dirección: Thomas Lilti; Guión: Tomas Lilti, Baya Kasmi; Fotografía: Nicolas Gaurin; Música: Alexandre Lier; Intérpretes: François Cluzet, Marianne Denicourt, Patrick Descamps, Isabelle Sadoyan.

En 1948 el fotógrafo de la agencia Magnum, W. Eugene Smith, publicó en la revista Life su desde entonces clásico portfolio Country Doctor, dedicado al Dr. Ceriani, médico rural que, desdeñando la más lucrativa práctica médica en Chicago, se estableció en un pueblo de Colorado y dedicó su vida a curar a sus vecinos: un único doctor para un área de más de 1.000 kilómetros cuadrados. En el texto que acompañaba las fotos, el artista escribió: "… dos mil almas enfermando diariamente, recuperándose o muriendo, niños que vienen al mundo, otros que son coceados por caballos o se cortan con botellas… y una sola persona para cuidar de ellos".

Estas palabras resumen la vida diaria del médico rural. En palabras del protagonista de la película de Thomas Lilti, Un doctor en la campiña, "una lucha sin tregua contra la barbarie de la naturaleza". Como el Dr. Ceriani en el medio oeste americano, el doctor Jean Pierre Werner (François Cluzet) no solo cura los achaques de sus convecinos en el norte agrícola de Francia, les sirve de apoyo afectivo y, hasta donde puede, se preocupa de que conserven la dignidad hasta su último día. 

Un doctor en la campiña (la traducción del título original, Médecin de campagne, resulta un tanto absurda, ¿no sería más lógico traducirlo por Médico rural?) es un claro homenaje a una profesión que, como los propios agricultores, las aldeas, las bestias de carga o el olor a paja nos parecen algo anacrónico, resto de un pasado casi enterrado. El protagonista de esta película no quiere cortar ese lazo con sus raíces, sus vecinos de siempre. Jean Pierre ha hecho de su trabajo un sacerdocio que conlleva renuncias familiares y una soledad agravada por su propia enfermedad, pero esto no le hace caer en el nihilismo de descuidar sus obligaciones para con sus pacientes. Este es el mensaje profundamente humanista de Un doctor en la campiña.

Lilti, que ya había abordado la temática médica en Hypócrates (2010), se acerca a lo documental en los distintos episodios que muestran la rutina del trabajo de Jean Pierre y su ayudante, la doctora Nathalie Delezia (Marianne Denicourt). Es lo más emotivo de la película, lo que le concede autenticidad, el cara a cara con los enfermos, cada uno con su propia idiosincrasia. El afán de realismo se nota en los encuadres centrados en los rostros de los personajes, principales o secundarios, el desdén por la fotografía paisajista o una música que las resalte. No hay subrayados en los momentos teóricamente más dramáticos ni empalago en los más íntimos. En ese sentido la película es pura contención y rechazo de la artificiosidad. Si hubiera que poner alguna pega, sería la autocomplaciente resolución del drama íntimo de Jean Pierre y el papel que aparentemente juega en él la presencia de su ayudante, la bella Nathalie. El toque romántico no estorba pero rebaja un poco los grados de realidad. 

Gran parte de la sensación de veracidad de Un doctor en la campiña hay que atribuirla a sus actores. François Cluzet ha protagonizado muchísimas comedias, habitualmente estimulantes (Intocables, 2011), Una semana en Córcega (2015) o Pequeñas mentiras sin importancia (2010), y siempre demuestra la mayor solvencia en el terreno ambiguo entra el drama costumbrista y la comedia sentimental. Igualmente fiable resulta Marianne Denicourt, así como el resto del reparto.

Un doctor en la campiña es un drama con tintes de comedia muy agradable y emotivo sobre una profesión que hace brotar lo mejor del ser humano, su empatía por el otro, su capacidad de escucha: un buen médico es a parte iguales chamán y confesor.

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