#CarteleraSur La reseña de 'La leyenda de Tarzán'

La leyenda de Tarzán (The Legend of Tarzan, Estados Unidos, 2016) (109 min.); director: David Yates; guión: Stuart Beattie, Craig Brewer, John Collee, Adam Cozad (basado en las novelas de Edgar Rice Burroughs); música: Rupert Gregson-Williams; fotografía: Henry Braham; reparto: Alexander Skarsgard, Margot Robbie, Christof Waltz, Samuel L. Jackson, Djimon Hounsou, Jim Broadbent, John Hurt. 

Edgar Rice Burroughs publicó su primera novela sobre Tarzán, Tarzán, el hombre mono, en 1912, después vendrían más de 20 aventuras de su personaje más popular a lo largo de la primera mitad del siglo XX  que gozarían de enorme éxito y dieron origen  a infinidad de publicaciones, tiras cómicas, películas y series de televisión. Las aventuras del hombre mono formaban parte de una corriente de literatura popular que en las últimas décadas del XIX conjugaba la admiración por los escenarios exóticos (Salgari, Kipling, Verne), en particular el continente africano, con la fascinación que despertaban unos personajes en los límites entre lo animal y lo humano (la literatura fantástica de Bram Stoker, Stevenson o Poe).

No pueden considerarse joyas de la literatura, pero sus versiones cinematográficas, literalmente cientos desde la primera en 1018,  han hecho de la historia de Lord Greystoke, el bebé huérfano criado por los gorilas en la selva  que conocía el lenguaje de las fieras, un icono popular a la altura del conde Drácula, el monstruo de Frankenstein o Sherlock Holmes. 

La Leyenda de Tarzán, dirigida por el británico David Yates (las cuatro últimas entregas de la serie Harry Potter), no añade nada nuevo al mito excepto la aplicación de los ya habituales efectos especiales a las acrobacias del héroe, pero nos ahorra toda su infancia y juventud y retoma la historia de John Clayton III, lord Greystoke, ya establecido en su mansión inglesa y felizmente casado con su amada Jane Porter.

El argumento parte de las historias escritas por Burroughs que los guionistas han intentado poner un poco al día suavizando algunos aspectos que podrían ser considerados políticamente incorrectos: el rampante espíritu colonialista de las novelas originales es objeto de crítica; los miembros de la acogedora tribu han dejado de ser meros porteadores y figurantes para ser dignificados como heroes-compañeros de Tarzán; nuestro héroe no se ve obligado a rematar a cuchilladas a ninguna fiera salvaje.

Sin embargo los personajes son simples y la historia es plana. Se subrayan las escenas románticas entre el anabolizado hombre mono y su bella Jane con un toque meloso y sin el carácter ingenuo de las protagonizadas por Maureen O´Sullivan y Weissmüller. Y sobre todo predomina el derroche de testosterona en todas las escenas: la historia se convierte en un reiterado rito de desafíos entre machos; Jane tiene poca iniciativa y repite el cliché de la damisela en apuros a la que hay que rescatar.

No ayuda mucho la poca expresividad de sus actores protagonistas Alexander Skarsgard y Margot Robbie. El primero no cambia el gesto durante todo el metraje y da una interpretación plana y más parecida al superhéroe de Marvel que al buen salvaje de Burroughs. Christoph Waltz, el más matizado del cuarteto protagonista, parece condenado a repetir estos papeles de villano de modales y expresiones ceremoniosas. Samuel L. Jackson aporta el gesto cómico pero no parece convencido de su personaje.

La pérdida de la condición edénica de un continente, en parte aún inexplorado y ya sobreexplotado por las potencias coloniales, el interés por cuestiones psicológicas como la identidad del hombre en aislamiento o el lado animal de la psique humana son temas que, aunque abordados superficialmente, vienen por defecto en estas historias. Sin embargo a los espectadores maduros que vieron con ojos inocentes las películas en blanco y negro, aun disfrutando sin duda de la acción y la aventura, de ese barco que penetra la virginidad de la jungla, de la maraña vegetal que oculta y protege sus tesoros … etc, quizá eso no les baste para empatizar con este último hombre mono.

Los más jóvenes, desconocedores de su pasado gancho popular, disfrutarán con la parafernalia digital y los escenarios pero pueden resistirse a ubicarlo en la misma vitrina donde idolizan al atormentado Lobezno y otras criaturas híbridas.

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