Ramos Sucre.
Ramos Sucre.

En la oscuridad de la biblioteca, sellados a la luz sus ventanales, me esperaba emboscada su mirada. La llama negra de sus ojos. Trajo la vieja mulata que servía la casa un quinqué con fulgores trémulos. La penumbra suficiente para reconocernos. Seguía manteniendo aquella expresión entre altiva y desencajada, el pelo crespo, la tez pálida de la clausura. Las manos finas y pulcras recorrían insistentes el orden absoluto del escritorio. Un esbozo de sonrisa precedió al abrazo.

Apenas nos dirigimos más que algunas frases de cortesía. Mientras recorría yo con la mirada los rostros adustos de sus antepasados, lienzos oscurecidos por el tiempo, de mujeres elegantes, clérigos severos y generales con aparatosas condecoraciones. Llegaron las graves campanadas de una iglesia cercana y tras estas, como un eco ligero, las del reloj que pendulaba su pesado bronce en un rincón. Se colaron también hasta aquella estancia oscura, los graznidos de fugaces pájaros que anunciaban el ocaso. Apuramos las copas de vino afrutado, recogió el sombrero negro, se ajusto la corbata también enlutada y salimos de la casa. La noche que ya había caído, dejó solitarias las calles coloniales. Nuestras sombras se alargaban al pasar bajo las farolas de gas. Solo algún perro vagabundo  nos cruzamos en nuestro camino. De la humilde Iglesia de Santa Inés, pasando por la pintoresca calle del Alacrán, hasta llegar a las ruinas blancas de la plaza Bolívar. Allí nos sentamos bajo unos matapalos frondosos, frente a unos cañones oxidados.

Su tristeza, la tristeza del suicida, no encontraba ya reposo en la belleza exuberante de las noches tropicales. Mientras yo me embriagaba con los perfumes que arrancaba el aire entre las matas y los rumores distantes del mar que desembocaban por las encaladas esquinas, el poeta más que hablarme, monologaba: “Esperé a cumplir los cuarenta años, pero la sobredosis de veronal tardó en detener mi sangre. Lo sé porque cuando regresé leí la necrológica en el diario y decía que fallecí el 13 de junio de 1930, agonicé durante cuatro días.

Sentí cómo me abría los ojos el forense suizo para certificar mi muerte, la sábana que cubría mi rostro, el depósito frío y mi cuerpo en soledad. No tardaron en llegar hasta ese abismo memorias confusas, mi padrino sermoneándome con sus latines, un cónsul francés que me leía a Bossuet, unos mulatos con máscaras de carnaval… Me di cuenta de que era incapaz de diferenciar los recuerdos de los delirios, los límites entre la vida y la muerte se habían borrado, eso era todo lo que había logrado. No sé si esto es la muerte o al fin sueño, quizás esto era soñar y ya me había olvidado después de tanto tiempo sin hacerlo, pero si es así, dentro de mis sueños vuelve a atormentarme el insomnio y mis nervios exhaustos me devuelven las nítidas imágenes del hospital de Ginebra, la boca amarga por la sobredosis de somníferos, de nuevo el aliento del forense y la sábana áspera sobre el rostro, la luz fría del depósito… una y otra vez… con tanta insistencia como intento... descansar para siempre. No hallé el descanso. Entre esas sombras vaporosas que toman forma en mis delirios está este encuentro, casi un siglo después de mi muerte, con usted.

Comenzó cuando abrió usted mi libro y uno de mis versos se enroscó a su corazón como una sierpeEl horror del sepulcro es ya menos grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto… Le he visto pasear solitario por los parques desolados en invierno recordándolo… El horror del sepulcro es ya menos grave que el hastío de la vida lenta y sin objeto… Este sueño quizás suyo, quizás mío, quizás de quien nos lea, nos reúne hoy en la madrugada tórrida de Cumaná, frente a estas ruinas coloniales, como conviene a los fantasmas”. Regresamos en silencio ("nos volveremos a ver pronto"), fueron las últimas palabras antes de cerrarse aquel portón a cal y canto, con eco hondo sus goznes renegridos de panteón retumbaron en la quietud de la madrugada.

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