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Un indígena descalzo, casi un niño, camina por la sierra buscando trabajo en las minas de oro que explota una compañía inglesa. Un fotógrafo realiza un documento  gráfico del yacimiento. La caja de trípode, los fogonazos de magnesio y las placas, le deben parecer brujería. Este encuentro y su curiosidad cambiaron su vida. Su inquietud, aprendidos los rudimentos de la técnica, le llevan de aprendiz hasta un estudio de Arequipa. Será allí dónde desarrolle el oficio de retratista.

Con apenas dieciocho años se traslada a Cuzco donde abre estudio propio. El progreso de principios del siglo XX, le favorece: el exótico interés que comienzan a despertar en los extranjeros las redescubiertas ruinas de Machu Picchu, los avances técnicos que van llegando hasta la remota zona, como automóviles, trenes o aeroplanos y la impresión de fotografías en los diarios, incipiente periodismo gráfico en que trabajó Chambí.

Retratista en su estudio de la pudiente sociedad cuzqueña, no desatendió a los indígenas desheredados, componiendo con sus miles de placas y negativos un intenso testimonio social de su pueblo. Su interés por la antropología le llevó en una motocicleta a recorrer la región capturando imágenes de ruinas, de fiestas indígenas, de paisajes andinos.

Todo esto se señala en cualquier biografía, pero en aquella época ya en su propia y floreciente ciudad de Cuzco, existían una veintena de fotógrafos, algunos técnicamente tan brillantes como él. ¿Qué hace de Chambi un creador perdurable, un artista? Su modo de contemplar, su poética, que va mucho más allá de donde llegan las reglas y medidas del oficio. Él supo ver en la imagen, más que el reflejo de su época, algo que la trascendía. Los personajes que aparecen en sus fotografías, sean blancos de la clase  adinerada o como él, indígenas quechuas, quedaron con la mirada intacta, como clausurados en su propio reciento de difunto, dónde todo se deja tal como quedó. El corazón preso de su último latido, el alma como las alas de una mariposa entre las páginas de un libro. Se les  siente el  aliento marchito de masticar flores secas.

Fotografías que parecen extraviadas en el fondo de un cajón, como las de familiares de los que ya nadie recuerda el nombre. Todos permanecen quietos pero sin reposo. Solitarios por más que aparezcan en grupos. Embalsamadas sus pasiones y deseos. Guardan el secreto del más allá  en sus gargantas, como un grito que se conservara en formol. Son resucitados a la muerte, a sus infinitas fronteras de silencio. Inmortalidad sin cielo ni infierno. Habitantes de un mal sueño.

Martín Chambi Jiménez nació en noviembre de 1891, en Perú, al norte del lago Titicaca de una  familia campesina ,y falleció en su estudio de Cuzco, un trece de septiembre de 1973.

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